domingo, 3 de mayo de 2015

DISIDENCIA







Dos niños, casi adolescentes, cenan en casa junto a sus padres. A uno de ellos, Gary, le encanta la comida. El otro, Chipper, detesta el hígado y la verdura que tiene delante. Mientras el primero repite una ración, a su hermano se le atraganta algún trozo que se ha llevado a la boca. Tiene atravesada en la garganta “una desolación tan obstructiva que tampoco habría podido tragar mucho, de todas maneras”, se lee en la novela donde se narra esta escena: Las correcciones, de Jonathan Franzen.
 
Chipper pide más leche, respirando con dificultad. Piensa que comer se vuelve menos insufrible, si toma líquido. Primero comes, luego bebes, dice su madre, y el hermano le invita a taparse la nariz. Sus ojos recorren una y otra vez el plato y en él solo encuentra horrores. Lo amenazan con privarle del postre que tanto le gusta, pero él sigue jugando con la comida. No puede acabar la cena. Tampoco alcanza a comerse el resto después de que el padre, en un momento de distracción de su mujer, picase unos trozos del plato.
La madre recoge y lava la loza de los tres. Una vez que todos, menos Chipper, han finalizado el postre, se ausentan, entregándose a sus asuntos. El muchacho se queda solo, clavado en su silla. No debe levantarse hasta que haya terminado.

Cuando ya es muy tarde, aparece el padre en el comedor y ve al chico derrumbado en medio de la oscuridad. Sobre la mesa, con la cara apoyada en el salvamanteles. Se quedó dormido y tiene el dibujo del salvamanteles impreso en una mejilla.
Chipper no aprovechó la ausencia de los padres para hacer desaparecer su hígado y sus hojas de remolacha. Tuvo la oportunidad de lanzar la comida por la ventana, o esconderla detrás de algún mueble. También disponía de suficiente tiempo para acercarse a la cocina y tirarla detrás de la nevera. Habría actuado, se supone, según la lógica aprendida de los adultos. Sin embargo, no hizo trampas. Su padre habría pensado que se había comido la cena y comérsela era exactamente lo que en aquel momento se estaba negando a hacer, se lee en la novela de Franzen. “La comida en el plato era indispensable como prueba de su negativa.” 

Publicado en: LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS: EL QUINQUÉ.


 

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