sábado, 4 de febrero de 2017

`MAC Y SU CONTRATIEMPO´


A los lectores de Enrique Vila-Matas se nos han puesto los dientes largos: su nueva novela verá la luz el próximo 14 de febrero. Se titula Mac y su contratiempo. Muy poco conocemos todavía de su contenido. Sin embargo, Vila-Matas tiene el don de incitarnos a investigar sobre sus libros también antes de que lleguen a las librerías. Una breve sinopsis de la novela, escrita por el autor en su web, nos reafirma en la idea de que Vila-Matas es padre de una obra inacabada y necesariamente inacabable.

Él considera que la literatura ha de dar cuenta de la infinitud del mundo, caótico y múltiple. Por consiguiente, concibe la obra literaria como espacio que da cabida al reino de las infinitas posibilidades. En este sentido no resulta tal vez casual que Mac, el protagonista de su nueva novela, sea alguien que se dedica a leer y modificar todo cuanto lee. ¿Acaso las posibles modificaciones de un texto no son ilimitadas?

Mac, según se dice en la sinopsis del autor, se vale de su diario de principiante para proponerse mejorar en secreto la novela que un famoso vecino publicó hace muchos años. Es otro dato más que apunta a la multiplicación, en potencia inagotable, de textos. O a la idea, leída en una entrevista reciente que le hicieron a Vila-Matas, de la reescritura como creación infinita. Incluso repetir los textos, si fuese el caso, no tiene por qué suponer el retorno de lo mismo. Una repetición abre la puerta al surgimiento de una diferencia.

Parece significativo que Mac tenga como vaga referencia al Perec de 53 días, la última novela, inacabada, de este escritor. También Mac busca dejar inconcluso su diario y así conseguir una falsa “obra incompleta y póstuma”. Sus pretensiones sintonizan con la definición que hace Perec de la novela: “La novela es posibilidad.” Una afirmación que coincide con la escritura que defiende y practica Vila-Matas. 




Imagen de Pedro Guerra.




FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS. 






sábado, 21 de enero de 2017

EL GATO DE RICARDO PIGLIA



Ricardo Piglia
recogió de la calle un gato. Lo cuenta en una página de sus Diarios. Salió de compras y se tropezó con una mujer que hablaba con un gatito. El animal se había sentado en lo alto de un árbol. La mujer trató en vano de hacerlo bajar. El escritor pasó de vuelta por el mismo sitio, conquistó al gato con comida y se lo llevó a su casa.

El gato se adaptó rápido a su nueva vida. Escribe Piglia: “Inmediatamente se instaló en el patio y se dedicó a observar a los pájaros que sobrevuelan la enredadera.” El animal miraba el aire con fijeza, abstraído, como si captara lo que nadie puede ver. A esa manera de proceder del felino, que guarda parecido con el modo de operar de los escritores, la llamó “Investigaciones de un gato”.

Lejos del mundanal ruido, encontró el felino su espacio propio en el patio. Un lugar que se asemeja al cuarto en el que viajan los escritores para dejarse engatusar por lo que a simple vista no se ve. Difícil no imaginarse al gato también de noche en el patio, deslizándose como un barco en alta mar. De ese barco, capaz de guiarse en la oscuridad con el ojo helado de su radar a fin de descubrir lo que se esconde más allá de lo visible, habla Piglia en uno de sus libros.

Hay, sin embargo, una diferencia insalvable entre el escritor y el gato. El primero necesita hacer uso del lenguaje para pescar lo que no es palabra. El gato pesca sin mediación lingüística alguna lo que ve. No resulta entonces extraño que las investigaciones de su gato despertaran la curiosidad del maestro Ricardo Piglia. Preocupado por la falsa y manida dicotomía del arte y la vida, concebía toda propuesta de arte como una hipótesis de vida. Pensaba que el arte es la vida más intensa que puede existir. Sin embargo, no sabemos, añadía, lo que es la vida real. Por tanto, ningún sujeto puede vanagloriarse de haber penetrado en ella.

 

FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

sábado, 7 de enero de 2017

OBEDIENCIA CIEGA




Cuando cayó Jericó, llorar estaba permitido, escribe Elizabeth Smart en su novela Los pícaros y los canallas van al cielo. Y en Babilonia estaba de moda proferir memorables lamentos por las aguas separadas, añade. Hoy, sin embargo, la mayoría no expresa en público sus emociones. Priman la obediencia y la represión del desasosiego. Existe, en cierto modo, una relación directamente proporcional entre ambas. Cuanto menos desobedece la gente, más incapaz se vuelve de transmitir sus sentimientos de desazón.

En la actualidad toca no manifestar el descontento, pese a que sobran motivos para hacerlo. Escribe Elizabeth Smart: “Aquí debes ir a tu oficina, llena de vida, con una chispa en los ojos, aunque sea sintética. Porque quién se atreve a ponerse en pie y decir: ¡Qué cansados estamos! ¡Oh, Dios, qué cansados estamos!” En un fragmento tan breve de su libro consigue esta escritora de origen canadiense darle palabras al retraimiento emocional de los individuos hoy.

No es de extrañar, como consecuencia de esta inhibición, el desmesurado consumo de psicofármacos. Una manera, tal vez, de conjugar la convivencia en la normalidad y la insatisfacción interior. El problema se complica, sin embargo, cuando el malestar se agudiza ante la imposibilidad de transmitirlo a los demás. Como apunta David Foster Wallace en su relato “La persona deprimida”, cuya lectura asocié al fragmento de Elizabeth Smart, esa imposibilidad es en sí misma un componente del desasosiego, cuando no de la angustia, y un factor que contribuye a su horror esencial.

Cabe entonces preguntarse cuál es el volumen de ansiedad que podría soportar el ser humano. Mientras tanto, por qué no proponer una actuación de acuerdo con la propia conciencia. Flotan en el aire las palabras de Eduardo Galeano tras el derrumbe de las Torres Gemelas: “Los altavoces ordenaron a los trabajadores que se quedaran en sus puestos. Se salvaron los que desobedecieron.”


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


 

viernes, 16 de diciembre de 2016

MIEDO AL HOMBRE




En el paseo que a menudo realizo de noche con mis perros suelo atravesar un pasillo muy extraño. Debido a la desaparición momentánea de la acera, ocupada por la barriga cuadrada de un gran edificio, me veo obligada a desviarme del camino en línea recta. No llega ni tan siquiera a un minuto el tiempo que tardo en recorrer ese pasaje, flanqueado a un lado por la espalda del edificio y al otro por un largo muro. Sin embargo, durante esos interminables segundos me asalta un miedo terrible. 


El pasillo tiene algunos entrantes. Una persona podría ocultarse en uno de ellos para atacar de forma desprevenida a cualquiera. En verdad, es lo que mi imaginación inventa mientras lo atraviesa. Huele a meado, reina en él la suciedad y está desierto. Solo se ve a poca gente cruzándolo para alcanzar de nuevo la bulliciosa calle. ¿Por qué entonces esa inexplicable sensación de repentino miedo tan intenso?

Una amiga asoció el pasillo con la noche oscura y despoblada, en silencio. Pregúntale, dijo, a hombres y mujeres sobre su miedo cuando andan solos de madrugada por la calle y se tropiezan de pronto con un desconocido. ¿Piensas que responderán lo mismo? Los hombres, por lo general, podrán sentir miedo a un posible atraco o ataque violento. Las mujeres, sin embargo, temen antes sufrir una agresión sexual, una violación. Nosotras, que solemos buscar la ayuda de los hombres, le tenemos, paradójicamente, miedo a la figura masculina, al hombre. Es un miedo atávico, que debe de fraguarse desde muy temprano, en la infancia.

Eso pensé la última vez que recorrí el pasillo. Mientras avanzaba entre sus muros, mi mente me devolvía a un pasado común a muchísimas niñas: la vivencia antes de tiempo de la enmarañada naturaleza del soborno. En algún lugar, un hombre de sonrisa amable y cariñoso, nos regalaba chocolate o caramelos a cambio de meternos la mano debajo del vestido. Así comenzó todo, tal vez. Con el primer regalo de un depredador.


(Columna inspirada en la lectura de Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. Editorial Duomo.)



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


domingo, 27 de noviembre de 2016

LA MUJER DE LAVA




La mujer de lava nació de las entrañas del océano, de un quejido de mar. Tal vez nació para convertirse en refugio nuestro, de sus hijos. Llegábamos hace siglos, de noche, hambrientos, y ella nos esperaba. Dispuesta a guarecernos y a dormirnos en sus brazos. Durante nuestro sueño nos arrullaba, cantando bajito, mientras secaba nuestros sudores e iba curando las heridas después de tan largo viaje. Su nacimiento, las múltiples maneras de mostrase y nuestra travesía en ella son motivos de un poemario del excelente poeta José Miguel Junco.

Se titula La mujer de lava y está contenido en su libro de poemas, publicado por La Discreta, que lleva el mismo nombre. Supone un homenaje a la Isla, madre nuestra y de nuestros ancestros y hermanos. “En ti fuimos origen, // en ti interrogación, // en ti rumor de espuma, // en ti nos bifurcamos // asidos a tu vientre.”

Islas te llaman, dice un poema que alude en seguida a sus lindas ropas, a un pañuelo de nube y al mar que le persigue la cintura. Antes, sin embargo, trepó la lava vientre arriba y la mujer de lava se levantó del océano en erupción. “Todo el dolor del mundo // en un cuerpo que rompe.” El dolor de aquel sacudimiento permanece en su memoria y en la dicha diaria de existir.

En medio del mar hostil se supo de lava con más de siete destinos. “De lava para ser faro, // para ser abrevadero, // germen, surco, valle, todo.” Pero también “para dar paso a una historia // de espigas que se resisten, // de soles y de sequías, // de pura imaginación // al borde de un mar confuso.”

En el origen estaba ya señalado su sino en una danza loca de pétalos y lluvia. Su paciencia se nutre del recuerdo de la lava que la curte. Mientras tanto, los isleños cantan con su acento y “alrededor del fuego // los ancianos // refieren a los niños // cómo es que empezó todo.” Del misterio de la noche brota la imagen de la mujer que, en su regazo de lava, se está naciendo.




Diseño de la portada del libro: Marta Junco Parrilla.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


domingo, 13 de noviembre de 2016

UN PASAJE DE `LAS SIETE VIDAS DEL CANGREJO´. REBECA GARCÍA NIETO.




«Como habrán deducido, somos una familia creyente, al menos yo lo soy, mi marido es otro cantar... Él es más de Cortázar, dice cada vez que sale el tema. De hecho, todo este invento de la rayuela es cosa suya. Dice que `Rayuela´ es su Biblia, que es una metáfora de la vida. (...) La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.»

                                                     

                   Rebeca García Nieto.-


(en Las Siete Vidas del Cangrejo. Edit. Alegoría)