miércoles, 9 de enero de 2019

UNA CASA VACÍA




Parece difícil responder a la pregunta acerca de qué se puede meter o no en un texto literario. Fácil es contestar que cabe introducir todo lo que resulte congruente con la obra, porque en realidad no se está clarificando nada. Mario Levrero intentó aproximarse al asunto situándose en una etapa previa a la escritura, en el momento en que el escritor está sentado ante la pantalla. Cuando se da la página en blanco, escribió, no es por falta de temas, sino por exceso de temas que compiten entre sí. El problema que se le plantea al escritor no sería entonces qué escribir sino qué no escribir. Desde esa perspectiva imagino la escritura de ficción como una casa vacía que se va habilitando con el mejor estilo para vivir en ella.

La imagen de la casa vacía me trae a la memoria una carta de Coetzee a Paul Auster en el libro Aquí y ahora, que comprende la correspondencia entre los dos escritores desde 2008 a 2011. En un pasaje de la carta expresa Coetzee su modo de operar en la escritura. Dice: "La habitación en que se desarrolla mi acción ficticia es un sitio muy desnudo, un cubo vacío, de hecho; solo le incorporo un sofá si va a hacer falta (si alguien va a sentarse en él o mirarlo), y después el mueble con el cajón superior izquierdo donde están los cubiertos, sin el cual no podemos tener el cuchillo con el que la heroína ha de untar la tostada de mantequilla.”

En la misma dirección parece haber obrado Yasunari Kawabata. Escribió un sinfín de cuentos que cabían, como él afirmó, en la palma de una mano. En ellos incorporó con una medida cóncava lo esencial. Todavía más, tres meses antes de suicidarse redujo su célebre novela País de nieve a un relato breve. Realizó una miniaturización del libro, convirtiendo parte de su contenido en una sucesión de escenas, con ánimo de sustraerle los elementos accesorios. Procedió de igual manera en el instante anterior a la creación de una obra y a posteriori. No hizo otra cosa que entregarse de lleno, como hacen los verdaderos escritores, a su oficio. Se concentró en el material indispensable para descartar primero, y borrar luego, el material innecesario.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



domingo, 23 de diciembre de 2018

ACASO SÓLO UNA FRASE INCOMPLETA




Acaso sólo una frase incompleta
es el sugerente título del libro de Eugenio Padorno recién publicado por la editorial Mercurio. Una obra maestra de poesía reunida que abarca medio siglo, desde 1965 hasta 2015. El título parece insinuar una fatal distancia entre la luz –verdadera e inalcanzable– y las limitadas posibilidades del poeta para captarla en su oficio. Nada sabe la luz de los cantos de la luz, pero es “cruel que el hombre envejezca en la casa que un día levantó sin haber comprendido sus sombras”, escribe Eugenio Padorno. Él vive para pensar y escribir, no al revés. Ante el mundo como caos que otros poetas intentan acomodar a su voz con el fin de huir de lo inexplicable, su apuesta literaria radical se aleja de cualquier promesa consoladora.

No se puede alcanzar la totalidad, pero lo indecible, parece suscribir Padorno, le será dado al poeta en su quehacer –lugar de fusión del ser y de la sustancia de lo poético– a través de vagas aproximaciones. Eugenio Padorno habla de alternativas textuales posibles para aproximarse a la totalidad tan buscada como impenetrable. Su apuesta literaria pasa entonces por asumir de antemano una derrota y el exilio del poeta, requisitos para emprender la búsqueda de algo que precisa todavía de forma y que debe enfrentarse, como escribe Jorge Rodríguez Padrón en el excelente prólogo del libro, a la complejidad de lo anterior a ser dicho.

Eugenio Padorno se desvive por la verdad que la poesía debe ser. No es representación, ni redecir las cosas dichas, ni dar nuevas palabras a lo que se conoce. La poesía es posibilidad creadora, “lo que aun avizorado, carece de lugar y no existe como realidad verbalizada”. Y el poeta, parte del misterio que él se afana en descubrir y habitante del poema donde se deja la vida, es un indagador de lo inexplorado y desconocido. Porque Eugenio Padorno no se engaña, escribe: “No importa cuantas veces me diga //Que soy libre… Nunca podré escapar // De las preguntas de esta Luz.” 



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.  





sábado, 8 de diciembre de 2018

CONCURSOS LITERARIOS

                                                            Imagen de Pedro Guerra


No parece extraño que los escritores se pregunten si los concursos literarios son limpios. Cuando concurren con una obra a un premio piensan a menudo que el resultado del certamen podría haberse decidido previamente. No trato de generalizar. Hay premios literarios que se libran del amaño, pero la desconfianza y la incertidumbre que experimentan los escritores están, creo, del todo justificados.

A veces se conforman con la posibilidad de quedar finalistas y así poder negociar –nunca mejor empleado este verbo– con alguna editorial la publicación de su obra en circunstancias menos desfavorables. De todos modos, cabe también preguntarse si la figura del finalista en concursos donde intervienen editoriales no es en muchos casos un invento con ánimo de lucro. Una maniobra dirigida a la promoción de la editorial y a la captación de nuevos escritores. Con la convocatoria de un certamen literario dan a conocer los editores su empresa y atraen a posibles candidatos que se someterán luego a condiciones despiadadas. Encima, los finalistas, emocionados por haber arañado el premio, podrían contactar con la editorial y conseguir la publicación de sus manuscritos. Quizá obtengan a cambio una pequeña rebaja económica.
  

Motivos sobran, sí, para que los escritores que presentan sus obras a concursos literarios desconfíen y se sientan defraudados. De entrada, no tienen la garantía de que el jurado lea sus manuscritos. Un comité invisible de expertos sin nombre se encargará de realizar la primera gran criba. Nadie sabrá, ni siquiera al final del proceso –nunca mejor empleado el sustantivo, gracias a Kafka–, quiénes son sus miembros y cómo han sido nombrados. Sobre un puñado de técnicos desconocidos recae la decisión más importante del certamen: la selección de obras que pasan al jurado encargado de valorarlas y de premiar una entre las finalistas. Atrás quedarán otras, la mayoría, que tal vez habrían obtenido una valoración alta del jurado. Eso, claro, en el supuesto caso de que no haya una confabulación para conceder el premio a un manuscrito antes de comenzar el concurso.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.




sábado, 1 de diciembre de 2018

UN EXTRAÑO RESPETO



"La oyó sollozar muy bajito, con un gemido largo y monocorde”. Así suena la angustia de Ora, protagonista de La vida entera. Quien la escucha es Abram, uno de los dos hombres a los que ama. En su adolescencia, durante la guerra de los seis días, los tres compartieron una experiencia extrema. Eso los dejó atados para siempre.

 Ahora la mujer recorre a pie todo Israel, medio enloquecida por una especie de sinvivir: el miedo a la muerte de un hijo, reclutado para una misión de alto riesgo. En su viaje se mezclan la determinación con el extravío, la irracionalidad con el afán de encontrar o denegar sentido a casi todo: a su propia vida, a la de sus hijos, al sobresalto de vivir como en suelo minado, sustrayendo lo mejor de sí misma al odio y a la muerte.
Abram se suma al viaje. Van como heridos los dos por un mismo rayo: zarandeados, enceguecidos, erráticos.

Él, oyéndola llorar, recuerda los días de su cautiverio. Pero no es el horror de la prisión egipcia lo que resurge, ni los salvajes suplicios que casi alcanzaron a convertirlo en un guiñapo, sino la figura enclenque de otro prisionero. Y sus gemidos nocturnos, que lograban exasperar a todo el mundo. 
Sentados hombro con hombro en el corredor de las torturas, Abram y el otro habían podido hablar. Aquel hombrecillo -nos revela el autor de la novela, David Grossman- “lloraba de celos porque presentía que su novia no le era fiel”.

Con sus gemidos sordos y sin fin, Ora y el soldado enclenque nos desvelan la inexpugnable intimidad del sinvivir. Frente a eso nada pueden los tanques, ni las picanas, porque el sinvivir comparte sitio con los sueños, las esperanzas y los fervores, acorazado allí donde la vida late con más fuerza. Por eso Abram, ensimismado en el daño inteligible y objetivo de la guerra, queda perplejo ante la pujanza de otras torturas que no entiende. Y sólo acierta a sentir, nos dice Grossmann, “un extraño respeto”.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.






jueves, 22 de noviembre de 2018

REALIDAD SOBREVALORADA


Albinus, protagonista de Risa en la oscuridad, novela de Nabokov, es crítico de arte y experto en pintura. A menudo, cuenta el narrador en el libro, se divierte atribuyendo a diferentes pintores los paisajes y rostros que descubre en la vida cotidiana. Desea convertir su existencia en una espléndida galería de arte. Pasea por la ciudad y ante sus ojos aparecen seres y se suceden escenas que imagina han pintado auténticos maestros.

Su mirada parece dotar a la creación artística de capacidad para construir hechos reales. Su visión se enfrenta, pensé mientras leía el libro, a la idea bastante extendida sobre el arte como copia de la realidad. Si acaso, contestaría tal vez Albinus a la mayoría de las opiniones, esa cosa llamada realidad no es sino un reflejo del arte, verdadero motor del mundo de lo real. Su posible observación, entendida ahora de manera simbólica en este texto que escribo, podría aplicarse también, creo, al ámbito de la creación literaria.

Cansa tanta charlatanería en torno a la literatura basada supuestamente en hechos reales. Se estima con frecuencia que las novelas son más valiosas y fiables cuando se fundamentan en acontecimientos que ocurrieron en algún espacio localizado en el tiempo y en el mapa. Además de la contradicción implícita en la expresión “novela realista”, porque la realidad es una cáscara vacía cuyo contenido se obtiene de lo que cada cual entiende por ella, ¿no está quizá sobrevalorada la realidad?

Del mismo modo que Albinus concibe un mundo al estilo de determinados maestros y plasmado con los matices que ellos mismos encontraron, cabe la posibilidad de emprender nosotros, individuos corrientes, una aventura similar. Sería fascinante asistir en la vida, por la calle, a situaciones recién salidas de un cuadro o una pieza musical, de las manos de un escultor o de una obra literaria. Sin embargo, solo con el propio soporte imaginario no se consigue apreciar esos momentos. Se requiere una interiorización del arte y para poder interiorizarlo parece imprescindible armarse de un conocimiento exhaustivo, en la actualidad tan devaluado.




FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

lunes, 29 de octubre de 2018

PARA QUÉ SER FELIZ





Uno siempre está solo, pero a veces está más solo, escribió la poeta Idea Vilariño. Sobran motivos para la desdicha. Sin embargo, la infelicidad, y con ella la tristeza, está hoy desacreditada. Se empeñan en vendernos la idea de la felicidad como principal objetivo en la vida. Nos bombardean a diario con recetas para ser felices. Con un planteamiento así se le da la espalda al dolor, un ingrediente insoslayable de la condición humana y una fuente de verdades. Se sitúa, además, la felicidad al alcance de la mano. Pero qué cosa se obtiene cuando se es feliz es lo que desea averiguar la niña que protagoniza una novela de Clarice Lispector.

La niña está en clase de lengua y, aparte de preguntarle a su profesora qué cosa se consigue cuando se es feliz, quiere saber qué pasa después de que se es feliz. ¿Qué ocurre después? insiste, ansiosa por conocer una respuesta. Puedo imaginarme la cara de sorpresa que pone la profesora en el momento en que su alumna formula mejor su acuciante consulta y pregunta a gritos para qué se es feliz. La sugerente escena del libro no solo cuestiona, o eso me parece a mí, el vacuo término felicidad, sino también discute la consideración de esta como objetivo.

La escritora Natalia Ginzburg, vuelvo a recordar ahora, no tuvo reparos en darle la razón a la gente que la creía infeliz. Más cierto para ella era, sin embargo, que no pretendía ser menos infeliz escribiendo. Procuraba, por el contrario, escribir a pesar de su infelicidad. Ni la escritura era su terapia, ni ella escribía para consolarse. Intentaba escribir, dijo, sin dejar que su infelicidad enturbiara e hiciera enfermar las cosas que escribía. Aunque “para llegar a ese punto”, matizó, “es necesario que la infelicidad no sea en nosotros una pregunta lacrimosa y llena de ansiedad, sino una conciencia absoluta, inexorable y mortal".

Son palabras que podría haber escuchado la niña del libro de Clarice Lispector si la profesora no le hubiese ocultado que también los patos pueden ser muy felices en su sucio charco cuando no conocen el mar.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



domingo, 14 de octubre de 2018

DEFENSA DE LA BREVEDAD


Pierre Michon tardó ocho años en entregar su obra La Grande Beune a la editorial. Precisó ese tiempo para darse cuenta de que a su texto le sobraban dos terceras partes. Necesitaba aligerarlo. Al final dio a publicar solo un tercio de las páginas que había escrito. Lo cuenta en Llega el rey cuando quiere, excelente libro que, editado en Wunderkammer y traducido por María Teresa Gallego Urrutia, recoge entrevistas realizadas a este escritor. Michon no se corta un pelo y se muestra autocrítico, divertido, ingenioso y provocador en sus respuestas, cuyo hilo conductor es tal vez su defensa de la brevedad en la escritura literaria. No en vano censura la novela concebida como cajón de sastre atestado de digresiones, peripecias, diálogos, sucesos y aventuras en detrimento de la voz y del enunciado que se ahoga, dice muy gráficamente, al ponerle demasiada agua al caldo.

Razón no le falta. ¿Acaso no se publican hoy, en nombre de la supuesta ductilidad de la novela, libros cortos de aliento y carentes de valor literario? 
Pierre Michon denuncia los libros gruesos, donde cabe todo, que tanto gustan al mercado y que, con un exceso de acción y acontecimientos relativos y arbitrarios, hacen que la novela pierda, por el camino, el potencial energético de la prosa.

Recurre a una metáfora farmacéutica para explicar el cajón de sastre en que se suele convertir la novela. Establece un símil entre un medicamento que contiene 0,5% de penicilina y 99,5 de excipiente y entre la novela tal y como se hace cada vez más en la actualidad: un excipiente enorme en que se ha perdido la penicilina. Contesta, además, con humor a los hipócritas que le suelen preguntar para cuándo esa gran novela suya: “Está muy claro, si un día puedo conservar intacto y sin manipulación mi potencial enunciativo durante trescientas páginas, no me negaré a ello; lo que pasa es que me da miedo estar ya con una transfusión de vena cuando llegue a la página trescientas.”
Considera que para escribir y perseverar en la escritura hay que querer perforar una pared y creer que las palabras le abrirán una brecha.




FUENTE: EL QUINQUÉ: LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.