sábado, 7 de enero de 2017

OBEDIENCIA CIEGA




Cuando cayó Jericó, llorar estaba permitido, escribe Elizabeth Smart en su novela Los pícaros y los canallas van al cielo. Y en Babilonia estaba de moda proferir memorables lamentos por las aguas separadas, añade. Hoy, sin embargo, la mayoría no expresa en público sus emociones. Priman la obediencia y la represión del desasosiego. Existe, en cierto modo, una relación directamente proporcional entre ambas. Cuanto menos desobedece la gente, más incapaz se vuelve de transmitir sus sentimientos de desazón.

En la actualidad toca no manifestar el descontento, pese a que sobran motivos para hacerlo. Escribe Elizabeth Smart: “Aquí debes ir a tu oficina, llena de vida, con una chispa en los ojos, aunque sea sintética. Porque quién se atreve a ponerse en pie y decir: ¡Qué cansados estamos! ¡Oh, Dios, qué cansados estamos!” En un fragmento tan breve de su libro consigue esta escritora de origen canadiense darle palabras al retraimiento emocional de los individuos hoy.

No es de extrañar, como consecuencia de esta inhibición, el desmesurado consumo de psicofármacos. Una manera, tal vez, de conjugar la convivencia en la normalidad y la insatisfacción interior. El problema se complica, sin embargo, cuando el malestar se agudiza ante la imposibilidad de transmitirlo a los demás. Como apunta David Foster Wallace en su relato “La persona deprimida”, cuya lectura asocié al fragmento de Elizabeth Smart, esa imposibilidad es en sí misma un componente del desasosiego, cuando no de la angustia, y un factor que contribuye a su horror esencial.

Cabe entonces preguntarse cuál es el volumen de ansiedad que podría soportar el ser humano. Mientras tanto, por qué no proponer una actuación de acuerdo con la propia conciencia. Flotan en el aire las palabras de Eduardo Galeano tras el derrumbe de las Torres Gemelas: “Los altavoces ordenaron a los trabajadores que se quedaran en sus puestos. Se salvaron los que desobedecieron.”


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


 

viernes, 16 de diciembre de 2016

MIEDO AL HOMBRE




En el paseo que a menudo realizo de noche con mis perros suelo atravesar un pasillo muy extraño. Debido a la desaparición momentánea de la acera, ocupada por la barriga cuadrada de un gran edificio, me veo obligada a desviarme del camino en línea recta. No llega ni tan siquiera a un minuto el tiempo que tardo en recorrer ese pasaje, flanqueado a un lado por la espalda del edificio y al otro por un largo muro. Sin embargo, durante esos interminables segundos me asalta un miedo terrible. 


El pasillo tiene algunos entrantes. Una persona podría ocultarse en uno de ellos para atacar de forma desprevenida a cualquiera. En verdad, es lo que mi imaginación inventa mientras lo atraviesa. Huele a meado, reina en él la suciedad y está desierto. Solo se ve a poca gente cruzándolo para alcanzar de nuevo la bulliciosa calle. ¿Por qué entonces esa inexplicable sensación de repentino miedo tan intenso?

Una amiga asoció el pasillo con la noche oscura y despoblada, en silencio. Pregúntale, dijo, a hombres y mujeres sobre su miedo cuando andan solos de madrugada por la calle y se tropiezan de pronto con un desconocido. ¿Piensas que responderán lo mismo? Los hombres, por lo general, podrán sentir miedo a un posible atraco o ataque violento. Las mujeres, sin embargo, temen antes sufrir una agresión sexual, una violación. Nosotras, que solemos buscar la ayuda de los hombres, le tenemos, paradójicamente, miedo a la figura masculina, al hombre. Es un miedo atávico, que debe de fraguarse desde muy temprano, en la infancia.

Eso pensé la última vez que recorrí el pasillo. Mientras avanzaba entre sus muros, mi mente me devolvía a un pasado común a muchísimas niñas: la vivencia antes de tiempo de la enmarañada naturaleza del soborno. En algún lugar, un hombre de sonrisa amable y cariñoso, nos regalaba chocolate o caramelos a cambio de meternos la mano debajo del vestido. Así comenzó todo, tal vez. Con el primer regalo de un depredador.


(Columna inspirada en la lectura de Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. Editorial Duomo.)



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


domingo, 27 de noviembre de 2016

LA MUJER DE LAVA




La mujer de lava nació de las entrañas del océano, de un quejido de mar. Tal vez nació para convertirse en refugio nuestro, de sus hijos. Llegábamos hace siglos, de noche, hambrientos, y ella nos esperaba. Dispuesta a guarecernos y a dormirnos en sus brazos. Durante nuestro sueño nos arrullaba, cantando bajito, mientras secaba nuestros sudores e iba curando las heridas después de tan largo viaje. Su nacimiento, las múltiples maneras de mostrase y nuestra travesía en ella son motivos de un poemario del excelente poeta José Miguel Junco.

Se titula La mujer de lava y está contenido en su libro de poemas, publicado por La Discreta, que lleva el mismo nombre. Supone un homenaje a la Isla, madre nuestra y de nuestros ancestros y hermanos. “En ti fuimos origen, // en ti interrogación, // en ti rumor de espuma, // en ti nos bifurcamos // asidos a tu vientre.”

Islas te llaman, dice un poema que alude en seguida a sus lindas ropas, a un pañuelo de nube y al mar que le persigue la cintura. Antes, sin embargo, trepó la lava vientre arriba y la mujer de lava se levantó del océano en erupción. “Todo el dolor del mundo // en un cuerpo que rompe.” El dolor de aquel sacudimiento permanece en su memoria y en la dicha diaria de existir.

En medio del mar hostil se supo de lava con más de siete destinos. “De lava para ser faro, // para ser abrevadero, // germen, surco, valle, todo.” Pero también “para dar paso a una historia // de espigas que se resisten, // de soles y de sequías, // de pura imaginación // al borde de un mar confuso.”

En el origen estaba ya señalado su sino en una danza loca de pétalos y lluvia. Su paciencia se nutre del recuerdo de la lava que la curte. Mientras tanto, los isleños cantan con su acento y “alrededor del fuego // los ancianos // refieren a los niños // cómo es que empezó todo.” Del misterio de la noche brota la imagen de la mujer que, en su regazo de lava, se está naciendo.




Diseño de la portada del libro: Marta Junco Parrilla.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


domingo, 13 de noviembre de 2016

UN PASAJE DE `LAS SIETE VIDAS DEL CANGREJO´. REBECA GARCÍA NIETO.




«Como habrán deducido, somos una familia creyente, al menos yo lo soy, mi marido es otro cantar... Él es más de Cortázar, dice cada vez que sale el tema. De hecho, todo este invento de la rayuela es cosa suya. Dice que `Rayuela´ es su Biblia, que es una metáfora de la vida. (...) La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.»

                                                     

                   Rebeca García Nieto.-


(en Las Siete Vidas del Cangrejo. Edit. Alegoría)



sábado, 12 de noviembre de 2016

MOVER MONTAÑAS



Adoro la expresión “autobiografía disfrazada de autobiografía”. La leí en La última posada, que Imre Kertész considera su diario de muerte. Me cautivó de inmediato por la ironía que encierra. También porque el resultado de su libro es una muestra de la falsa disyuntiva entre ficción y eso que se conoce con el burdo término de “no ficción” cuando se habla de literatura.

Me vino de nuevo a la mente la expresión de Kertész mientras leía Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. En esta novela, destructora de géneros literarios, lo ficticio y lo vivido se permean entre sí de manera constante. Su narradora tiene rasgos notorios de Elizabeth Hardwick. Ambas comparten el mismo lugar de nacimiento y múltiples amigos, trayectorias vitales y experiencias. Pero todo se manifiesta en su novela como atisbo. Lo que se cuenta parece ideado para ir desviando a los lectores del rastro y revelar. Se hace uso de la propia vida, pero de un modo oblicuo. El yo que habla son los otros. Noches insomnes es, por tanto, una prueba más del carácter ilusorio de la distinción en literatura entre ficción y no ficción. Los escritores cuentan inventando e inventan contando. En cualquier caso, ¿acaso vivir no es también crear una ficción? Ninguna necesidad, entonces, de ocultar un mundo bajo el disfraz de otro distinto. Lo que vale es la calidad literaria. El estilo, capaz de mover montañas.

La narrativa o mueve montañas o es aburrida, dijo David Foster Wallace. Sus palabras se las inspiró el señor Shulman, un anciano de una residencia de mayores donde el escritor pasó un largo verano como voluntario. Allí le leía la Divina Comedia al señor Shulman. Un día le preguntó de dónde era y él respondió: “De justo al este de aquí, de las Rocosas.” El escritor quiso corregirle: “Señor Shulman, las Rocosas están al oeste de aquí”. El anciano hizo un voilá con las manos y dijo: “Muevo montañas.” Foster Wallace se quedó con esa expresión y si se le preguntaba sobre el posible contenido autobiográfico de su obra, sabía la respuesta: “La narrativa o mueve montañas o se sienta sobre su propio culo.”

 


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

 

Imagen de Pedro Guerra.



 

lunes, 31 de octubre de 2016

ESCRITORES

Estar solos, recluidos en el propio cuarto, es el destino de los escritores. Así lo consideraba también August Strindberg. Pero en la soledad sentía a veces sobrecargarse su cabeza, amenazando con estallar. Los escritores deben por eso observarse, propuso en Solo, libro memorable donde aparece un pasaje sobre la tensión entre el ejercicio de la escritura y la lectura. Él procuraba, en cualquier caso, contrarrestar lo que salía y entraba en su mente.

“Tengo que hacer todos los días un esfuerzo de exteriorización, escribiendo; y una recepción de cosas nuevas, leyendo”, dijo. Cuando se pasaba el día entero sumergido en la escritura le acometía al atardecer un vacío indecible. Se quedaba agotado y con la impresión de no tener nada que decir. Y dedicar todo el tiempo a la lectura le hacía sentir tan lleno como si fuese a reventar.

El arduo intento de mantener un equilibrio entre lectura y creación literaria define, tal vez, el quehacer de los auténticos escritores. ¿Cómo considerar escritor a quien no lee y hace de la escritura un orinal de sus emociones?  “Soy un lector que escribe”, declaró en una entrevista Enrique Vila-Matas, prototipo del verdadero escritor. Parte del interés que despierta su obra, a juzgar por la recepción de sus libros, se atribuye a que invita al lector a participar en la búsqueda que este escritor emprendió en el momento de escribir. Escribe también, por tanto, para leer sobre lo que quiere hablar en la escritura.

Imagino a los escritores entregados a la creación de una nueva obra. Avanzan a tientas, pero firmes, de modo ininterrumpido. ¿No sufren, acaso, durante horas interminables por la llamada de otros libros que les reclaman desde la estantería ser leídos? Sufren, supongo, porque una vez dentro de la escritura, hasta el cuello. Mientras escriben su nuevo libro se ven obligados, es probable, a concentrarse en la exploración de un material que se relacione con su proyecto en marcha. ¿O tendrán la capacidad de suspender este para ajustarse a un horario previamente establecido?


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



Imagen de Pedro Guerra.