viernes, 22 de mayo de 2015

INFELICES






Escribió J.M. Coetzee  que se trasladó desde Ciudad del Cabo hasta la capital inglesa para conseguir ser escritor. Lo cuenta en Juventud, libro en el que evoca su etapa juvenil. Nada más llegar a Londres comparte la modesta habitación alquilada de su amigo Paul, a quien le paga dos libras por semana. Este duerme en la cama de verdad y él en un sofá desvencijado. Pasa frío, pero no le importa. Está en Londres, la ciudad soñada.

Dispone de pocos ahorros. Tiene que encontrar de inmediato un empleo. Se ha licenciado en inglés y matemáticas. Después de lanzarse a una larga búsqueda de trabajo, un anuncio en un periódico le lleva hasta Rothamsted, la explotación rural en las afueras de Londres. La entrevista va bien. El puesto al que aspira consiste en preparar cuadrículas para las plantaciones de ensayo, así como anotar y analizar datos de las producciones. No se manchará las manos. El trabajo agrícola lo realizan jardineros.

A los días recibe una carta. Ha sido aceptado para el puesto con un buen salario. No puede contener la alegría. Sin embargo, en seguida la alegría se hace añicos. Le obligan a residir en el pueblo, cerca de la explotación. No puede ir y venir de Londres a diario, le comunican, porque se le ofrece un trabajo de oficina con horario irregular. Algunas mañanas empezará muy temprano y otras veces tendrá que trabajar hasta tarde o en fin de semana. Se pregunta finalmente qué sentido tiene ir de Ciudad del Cabo hasta Londres para vivir en un pueblo y consagrar su vida a medir la altura de las judías. Quiere unirse al equipo de Rothamsted, quiere darle alguna utilidad a las matemáticas. Pero también quiere acudir a recitales de poesía, conocer a escritores y pintores, tener aventuras amorosas...

Decide declinar la oferta. Eran por aquel entonces, claro está, otros tiempos. En la actualidad emigran nuestros jóvenes al extranjero para ganarse el pan a cambio de un mísero salario y de sacrificar su vida. Acaban reventados tras la jornada laboral y su existencia en cualquier ciudad prometedora se reduce a una batalla por sobrevivir. Experimentan en la propia piel eso que escribió con tanta certeza David Foster Wallace en La broma infinita: “El odio que se siente por el trabajo al final del día no es más que una parte del trabajo.”



 

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