miércoles, 15 de junio de 2016

LA PACIENCIA DEL GRITO

                                                         Imagen de Pedro Guerra



Resulta inimaginable el momento en que los familiares y amigos de los refugiados reciben la noticia de un nuevo naufragio. Sus seres queridos, a veces una familia completa, se vieron  obligados a embarcarse. Ellos han quedado atrás, pero esperan que los huidos del hambre y de la guerra –de una muerte segura– todavía puedan salvarse.
 
Se enteran del hundimiento de un barco, otra vez un barco con seiscientos o setecientos refugiados, y es probable que intenten alejar de la mente la posibilidad de haber perdido a los suyos en el mar. Saben de la paciencia del grito antes de estallar, acostumbrados como están a mantenerse en vilo cuando se anuncia la zozobra de un nuevo barco. Sin embargo, la incertidumbre mata y el autoengaño parece funcionar solo como paliativo de un sufrimiento inevitable. ¿Acaso la espera en tales circunstancias no se vuelve desesperante?

Durante ese trecho que va de la noticia del naufragio al conocimiento de la verdad –si es que llegan a saberse todos los nombres de los muertos–, parece también probable que les asalte un único sentimiento, indefinible, en el que se confunden el pánico, la esperanza y el dolor.

En la lista de ahogados figuran de pronto los nombres de sus seres queridos y la nada se eleva del naufragio. A la perpleja incredulidad le sucede el grito de desgarro. Después, más pronto o más tarde, la ineludible aceptación de sus pérdidas. Con ella se divide entonces aquel único sentimiento. Ya no hay lugar para la esperanza y el pánico deja de tener sentido. Queda el dolor a secas y su mordida en un duelo muy largo, sufrido a título personal.

Mientras tanto, el mar seguirá trayendo relatos y leyendas fascinantes. Obras de arte, como un posible lienzo sobrecogedor inspirado en la tragedia de esos barcos. Expuesto el cuadro en la sala de algún célebre museo, será contemplado en detalle por miles de visitantes. Hombres y mujeres, indiferentes al calvario que viven los refugiados, que se emocionan con la inquietante belleza del arte.

FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.




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