sábado, 3 de octubre de 2015

DE PADRES AUSENTES. POR JUAN-MANUEL GARCÍA RAMOS.






SOBRE DIME QUIÉN FUI, NOVELA DE ELISA RODRÍGUEZ COURT

DE PADRES AUSENTES


Juan-Manuel García Ramos *


           De padres ausentes acaba de hablar el escritor mexicano Héctor Aguilar Camín, de quien recordamos con fruición su novela La guerra de Galio. Aguilar Camín y sus cuatro hermanos sufrieron en 1959 la ausencia de su padre huido sin explicaciones de su domicilio de Ciudad de México y ahora nuestro autor recupera esas circunstancias familiares en una narración de título acaso excesivamente diáfano: Adiós a los padres.
La obra más significativa de la literatura mexicana también trata de asuntos parecidos. Todos tenemos en nuestra mente la búsqueda de ese Pedro Páramo que nunca se encuentra por sus descendientes. Recordemos ese comienzo: «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo».

Alegan los amigos de Aguilar Camín que «los mexicanos no buscan quién se las hizo, sino quién se las pague». Y muchas veces el hallazgo del progenitor va acompañado del deseo de un ajuste de cuentas. No fue el caso de Aguilar Camín, que después de 40 años de ausencia de su padre lo recogió y lo atendió como cualquier ser humano se merecería pese al mal causado.

La narrativa de nuestros días está llena de hijos en busca de su padre. El Premio Pulitzer, J. R. Moehringer, también indaga al respecto en su primera novela, El bar de las grandes esperanzas, después de haber sido reconocido como el autor encubierto de la exitosa biografía del tenista Andre Agassi.
            La literatura es un mar de fusiones, confusiones, y coincidencias, y lo sucedido a Héctor Aguilar Camín en su primera juventud también parece haber decidido la trama de la novela de Elisa Rodríguez Court: Dime quién fui.
33 años tarda Adolfo, el padre de Isa, la narradora y protagonista de Dime quién fui, en regresar a la ciudad familiar, quizá Las Palmas de Gran Canaria por algunas descripciones básicas y cómplices que se nos facilitan; su esposa ha muerto y sus tres hijos, la aludida Isa, Laura y Manuel, recelan en principio de esa vuelta del padre perdido. En el aire, el pensamiento generalizado: Quien la hizo debe pagarla ahora.

La voz de Isa formula esa duda habitual en un principio acertado de la obra: «Él es y no es mi padre». Por ahí van a transcurrir sus sentimientos, en contraste con los de su hermana Laura y su hermano Manuel, reticentes a la hora de aceptar lo que es capaz de aceptar Isa, quien ha dejado su plaza de azafata y se ha enrolado en el ejercicio de la literatura, lo que vuelve más verosímil la historia que nos cuenta sin perder la calma, con el tono preciso de quien cree que la vida se comprende mejor mediante las palabras sosegadas.

No solo a través de sus propias palabras, sino de las de sus autores leídos y preferidos, que encuentran acomodo en el texto como citas incrustadas periódicamente y alusivas a los asuntos familiares que la narradora va abordando poco a poco.

Un diálogo permanente de la prosa de la historia original de Isa, de su padre Adolfo, de sus hermanos y allegados,  con la literatura de todos los tiempos. Una literatura de la que no quiere deshacerse Rodríguez Court y a la que ya le rindió un lúcido y lucido homenaje en su obra anterior: Decir noche, donde Rodríguez Court nos demostró una vez más que la creación literaria es un ir y venir incesante, un espejo donde nos miramos para saber algo más de nosotros mismos mediante el artificio del lenguaje. Una aleación permanente de escritura y lectura, y viceversa. 



            Esa tentación teórica e intelectual de Decir noche baja aquí al terreno de lo biográfico, de lo experimentado en carne propia, tanto la ausencia del padre como las duras enfermedades de los seres queridos, con excepcional atención a  la sufrida por Pedro, el cuñado de Isa, nuestra narradora. La vida entra así en el artificio de las palabras, pero sin sufrir las cortapisas de lo escuetamente acontecido en la realidad, sino de lo reelaborado en la imaginación de la que quiere hacer arte, no testimonio a secas. Sepamos esto desde el principio.

Dime quién fui no es autoficción sin más, es literatura libre, descomplicada, una nueva pelea de Rodríguez Court con las palabras de la tribu, de toda la tribu, incluyendo de nuevo a los autores y a las autoras de las que no puede verse libre cada vez que ensaya una frase, un párrafo, de su propia cosecha, esos autores y esas autoras a las que les agradece la iluminación prestada para seguir entendiendo su personal transcurso de los años  tan difícil de descifrar.

En una conferencia impartida en 1939, donde hacía uso de abundantes referencias de otros autores, Thomas Mann advirtió a su auditorio: «¡No se rían de mi propensión a las citas!… Citar es también una manera de dar las gracias».

Bien podría suscribir Elisa Rodríguez Court esa valoración del redactor de una de las novelas más admiradas por nosotros,  Los Buddenbrook. Decadencia de una familia, donde queda de manifiesto una vez más que la literatura es casi siempre una evaluación de la vida y  debe su origen al sufrimiento que producen en el individuo su propia existencia y el mundo en que vive inmerso, palabras con las que el sabio crítico y estudioso germano Marcel Reich-Ranicki, el mayor conocedor de la obra de Mann, definió la literatura del autor de Muerte en Venecia.

La historia de Isa, la hija comprensiva con su padre evadido, de Dime quién fui, está plagada, como ya advertimos, de citas que dialogan con el relato de la protagonista y con los diálogos del resto de los personajes, en un afán por demostrarnos que las palabras con las que enfrentamos nuestras circunstancias personales pudieron servir con anterioridad para ilustrar situaciones parecidas y emociones y pensamientos emanados de esas circunstancias y de esas situaciones previas.

No obstante su reverencial respeto por las palabras escritas por sus antecesores en el oficio de la ficción y de la literatura en general, Rodríguez Court ensaya aquí la disciplina de la narrativa que quiere crear personajes creíbles. Sabemos que una novela sin personajes no merece esa consideración de género literario. Y dentro de ese género, el trazado de los personajes se asemeja a la armonía entre las notas que debe poseer una estructura musical que se precie. O con el cometido que cumple cada instrumento en una sinfonía orquestal.

 Y ahí está esa Isa, desprendida y cariñosa con el progenitor recuperado, un Adolfo que ha empezado a perder el juicio; ahí están los hermanos de la narradora, las cuidadoras de ese centro geriátrico al que Isa acude cada día, los ancianos y sus silencios del atardecer, el tuteo hospitalario que es ejemplificado con una oportuna cita de Julian Barnes que no me resisto a reproducir por la cruel brillantez que desprende:



¿Sabes algo que temo? Ser un anciano en un hospital y que unas enfermeras a las que nunca he visto me llamen Anthony o aún peor: Tony. Déjame inyectarte esto en el brazo, Tony. Toma un poco más de gachas, Tony. ¿Has evacuado el vientre, Tony?



Dos años de visitas a su padre enfermo y recluido cambian la vida de Isa y de parte de sus emociones y pensamientos sobre la existencia en general. Ese reencuentro genera en ella una reeducación sentimental dictada por el azar del regreso paterno inesperado y, en principio, indeseado. Los sentimientos, ha dicho Salvador Pániker, son las emociones pasadas por el tamiz de la reflexión.

Como Héctor Aguilar Camín con su padre, Isa no se cobra nada de Adolfo, al que termina por mimar con esmero y al que intenta comprender en la inmensa complejidad que todo ser humano alberga y exhibe desde que nace hasta que muere sin memoria en una residencia donde los ojos de los internos y de las internas lloran cada anochecer antes de despedirse del mundo que les tocó vivir.

Explorando la vida de su padre, Isa recupera su propia vida; poco a poco va comprendiendo quién fue y quién podrá ser en adelante. Son los otros los que nos explican a nosotros, aunque se presenten muchos años después y su desvalimiento necesite nuestros cuidados y atenciones. Escribir es también descubrir. Y madurar. Isa lo comprueba cuando Adolfo muere casi en sus brazos:



No conseguía superar aquel sentimiento ilógico de pérdida. ¿Acaso recobré a mi padre? me preguntaba. Lo fui recuperando, mientras lo perdía. Esa era mi respuesta. En el fondo, lo sé, no echaba de menos su presencia. Me faltaba el padre que nunca fue para mí.



Quizá esta incursión en el género narrativo puro de Elisa Rodríguez Court con su  Dime quién fui  peque de algunas ingenuidades, como puede resultarnos el final algo sorprendente con el que se cierra la trama, pero esa licencia no opaca el esfuerzo por entregarnos fragmentos de vidas ejemplares a través de palabras selectas, ajenas y propias, en un tono medido, modulado con precisión, como el que quizá aprecian los melómanos en cada repetición de una obra a través del compás, el toque y el fraseo de su respectivo intérprete.

Desde mi punto de vista lector, esa es la cualidad más sobresaliente de la prosa y de la narración contenida de Dime quién fui. La cualidad que prevalece por encima de las otras destrezas narrativas puestas en práctica.

La penúltima cita del libro, extraída de una obra del novelista experimental estadounidense David Markson, sentencia esta conclusión nuestra: «¡Personaje! ¿Qué es el personaje? ¡Lo que importa es el tono!».


* Intervención durante el acto de presentación de Dime quién fui en el Ateneo de La Laguna, Tenerife. 


Dime quién fui
. Elisa Rodríguez Court. Editorial Verbum. Madrid, 2015.
Portada: Rafael Hierro.
Contraportada: Enrique Vila-Matas.

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