lunes, 20 de agosto de 2012

EL MERCADER, DE COIA VALLS


Es cierto que la novela de Coia Valls, El mercader, es una magnífica recreación de la Barcelona y su atmósfera del siglo XIV. Quienes transiten sus páginas se convertirán enseguida y sin detención posible en viajeros activos de las calles y estancias de esta ciudad cuyo pasado, no necesariamente visible, sigue latiendo como un corazón vivo en el presente. Porque, de igual modo que nosotros somos tiempo cuajado, en expresión de Claudio Magris, "cada lugar es tiempo cuajado, tiempo múltiple. Un lugar no es solo su presente, sino también ese laberinto de tiempos y épocas diferentes que se entrecruzan en un paisaje y lo constituyen; así como pliegues, arrugas, expresiones excavadas por la felicidad o la melancolía, no solo marcan un rostro sino que son el rostro de esa persona, que nunca tiene solo la edad o el estado de ánimo de aquel momento, sino el conjunto de todas las edades y todos los estados de ánimo de su vida." De ahí que El mercader sea, además de una recuperación creativa y magistralmente documentada de una época perdida en el tiempo, un retrato de los infinitos rostros de la condición humana.

Si me preguntaran de qué trata esta novela de Coia Valls, respondería, centrando en principio la atención en el mercader y los principales protagonistas, que es un viaje sin retorno posible de viajeros que regresan siempre a casa. Viaje en singular como símil de la vida que camina irremisiblemente en línea recta, hecho de múltiples viajes hacia lo insólito y lo desconocido. De estos vuelven cambiados los protagonistas cuando arriban a su punto de partida. Porque una vez que llegan, se sienten en casa pero también más allá. Por tanto, nadie ni nada vuelve al origen, este también ya transmutado. Como escribe Xulio Ricardo Trigo en una cita al final de esta novela:

Nada vuelve al origen,
pero es él quien nos ayuda,
anuncia el futuro y predice
todo lo que seremos...
                                    Quizá
.


Esos múltiples viajes con diversas finalidades pueden llevarse a cabo de una habitación a otra, de un barrio a otro, de una ciudad a otra ciudad y de esta a países remotos, tal y como acontece en El mercader, cuyas tramas entrecruzadas transcurren no solo en Barcelona sino en una gama amplia de lugares que incluyen a la remota Alejandría como destino. Da igual si se suceden en un espacio del microcosmos o si se traspasan las fronteras, pues lo que se pone en movimiento es la propia interioridad. Un mundo interior en el que habitan las incertidumbres, las contradicciones, el miedo que paraliza, el sufrimiento por las desazones del alma propia y ajena, los celos y prejuicios, la envidia y la ambición. También su reverso: el sentido de justicia y equidad, las pasiones y el amor, la piedad activa, la dignidad, el enaltecimiento de la dicha del instante y las ganas de vivir, la bondad...

En El mercader cada personaje digiere a su modo las propias historias, afrontando la vida en un contexto de hambruna, desolación, salvajismo y tropelías, esclavitud, traiciones, riadas, corrupción, epidemia y muerte. En el caso del mercader y su familia, tomando progresivamente conciencia de la necesidad de aprender a nadar en situaciones adversas. No con el anímo exclusivo de refugiarse, protegiéndolo, en su privativo mundo, cuya cara externa va de peor a mejor hasta alcanzar la bonanza, sino, sobre todo, como un modo de reconocerse y sentirse en su propia casa estando también más allá de ella. Por eso la novela de Coia Valls, escrita en una prosa precisa y limpia, rebosante de metáforas, es en cierta forma un descenso a los infiernos para entender la vida. Así lo expresa esta escritora en un pasaje memorable casi a mitad de la novela en el que dialoga el joven Narcís, uno de los hijos del mercader que ha decidido apostar por el arte de la pintura, con su maestro:

- Barcelona está triste, maestro. Ya nadie ríe por las calles, ni    siquiera los niños. La playa está vacía de juegos y todo el mundo se mira con recelo. ¡Tienen hambre! Se roban los unos a los otros, las peleas son constantes y la carestía de trigo ha endurecido las ordenanzas.

- ¡Bien que lo sé!

-  Pero vos pintáis paraísos más allá de...

- Has de sentir la vida, Narcís. Para pintar paraísos, como dices, has de poder entenderla, experimentar el sufrimiento de muy cerca para hacer una figuración del infierno.

El resto, que es toda la novela, les toca descubrirlo a los lectores. Y merece, sí que lo merece y mucho, sumergirse en esta odisea.  

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