sábado, 21 de enero de 2017

EL GATO DE RICARDO PIGLIA



Ricardo Piglia
recogió de la calle un gato. Lo cuenta en una página de sus Diarios. Salió de compras y se tropezó con una mujer que hablaba con un gatito. El animal se había sentado en lo alto de un árbol. La mujer trató en vano de hacerlo bajar. El escritor pasó de vuelta por el mismo sitio, conquistó al gato con comida y se lo llevó a su casa.

El gato se adaptó rápido a su nueva vida. Escribe Piglia: “Inmediatamente se instaló en el patio y se dedicó a observar a los pájaros que sobrevuelan la enredadera.” El animal miraba el aire con fijeza, abstraído, como si captara lo que nadie puede ver. A esa manera de proceder del felino, que guarda parecido con el modo de operar de los escritores, la llamó “Investigaciones de un gato”.

Lejos del mundanal ruido, encontró el felino su espacio propio en el patio. Un lugar que se asemeja al cuarto en el que viajan los escritores para dejarse engatusar por lo que a simple vista no se ve. Difícil no imaginarse al gato también de noche en el patio, deslizándose como un barco en alta mar. De ese barco, capaz de guiarse en la oscuridad con el ojo helado de su radar a fin de descubrir lo que se esconde más allá de lo visible, habla Piglia en uno de sus libros.

Hay, sin embargo, una diferencia insalvable entre el escritor y el gato. El primero necesita hacer uso del lenguaje para pescar lo que no es palabra. El gato pesca sin mediación lingüística alguna lo que ve. No resulta entonces extraño que las investigaciones de su gato despertaran la curiosidad del maestro Ricardo Piglia. Preocupado por la falsa y manida dicotomía del arte y la vida, concebía toda propuesta de arte como una hipótesis de vida. Pensaba que el arte es la vida más intensa que puede existir. Sin embargo, no sabemos, añadía, lo que es la vida real. Por tanto, ningún sujeto puede vanagloriarse de haber penetrado en ella.

 

FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

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