viernes, 16 de diciembre de 2016

MIEDO AL HOMBRE




En el paseo que a menudo realizo de noche con mis perros suelo atravesar un pasillo muy extraño. Debido a la desaparición momentánea de la acera, ocupada por la barriga cuadrada de un gran edificio, me veo obligada a desviarme del camino en línea recta. No llega ni tan siquiera a un minuto el tiempo que tardo en recorrer ese pasaje, flanqueado a un lado por la espalda del edificio y al otro por un largo muro. Sin embargo, durante esos interminables segundos me asalta un miedo terrible. 


El pasillo tiene algunos entrantes. Una persona podría ocultarse en uno de ellos para atacar de forma desprevenida a cualquiera. En verdad, es lo que mi imaginación inventa mientras lo atraviesa. Huele a meado, reina en él la suciedad y está desierto. Solo se ve a poca gente cruzándolo para alcanzar de nuevo la bulliciosa calle. ¿Por qué entonces esa inexplicable sensación de repentino miedo tan intenso?

Una amiga asoció el pasillo con la noche oscura y despoblada, en silencio. Pregúntale, dijo, a hombres y mujeres sobre su miedo cuando andan solos de madrugada por la calle y se tropiezan de pronto con un desconocido. ¿Piensas que responderán lo mismo? Los hombres, por lo general, podrán sentir miedo a un posible atraco o ataque violento. Las mujeres, sin embargo, temen antes sufrir una agresión sexual, una violación. Nosotras, que solemos buscar la ayuda de los hombres, le tenemos, paradójicamente, miedo a la figura masculina, al hombre. Es un miedo atávico, que debe de fraguarse desde muy temprano, en la infancia.

Eso pensé la última vez que recorrí el pasillo. Mientras avanzaba entre sus muros, mi mente me devolvía a un pasado común a muchísimas niñas: la vivencia antes de tiempo de la enmarañada naturaleza del soborno. En algún lugar, un hombre de sonrisa amable y cariñoso, nos regalaba chocolate o caramelos a cambio de meternos la mano debajo del vestido. Así comenzó todo, tal vez. Con el primer regalo de un depredador.


(Columna inspirada en la lectura de Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. Editorial Duomo.)



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


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