domingo, 4 de septiembre de 2016

LA ÚLTIMA POSADA




Sucede a menudo que llevamos con nosotros compañeros invisibles cuando salimos de viaje. Recorremos entonces lugares en los que esa invisibilidad se vuelve presencia casi permanente. Me ocurrió semanas atrás con Imre Kertész durante una breve estancia en Berlín. Días antes había leído su libro La útima posada. Rebosante de referencias literarias, fue concebido por este escritor apátrida como su diario de la muerte. Escrito en su vejez, contiene apuntes autobiográficos que Kertész convirtió en una obra literaria abrumadoramente lúcida y de una sinceridad aplastante.
 

El escritor amaba Berlín, donde vivió largas temporadas cerca del Kurfürstendamm con su mujer Magdi. El piso se ubicaba en la Meinekestrasse, paralela a la Fasanenstrasse, calle célebre por albergar arte. Ahí se encuentra, entre otros, el museo de la conmovedora artista Käthe Kollwitz. En lo alto de la esquina se posaron mis ojos en una placa conmemorativa que da cuenta de la estancia en la que Musil escribió El hombre sin atributos. También entré en la Literaturhaus, frecuentada por tantos escritores. Me senté a una mesa de la terraza del silencioso jardín. La presencia de Kertész a mi lado parecía intensificarse. No era la primera vez que visitaba ese espacio de atmósfera literaria. Sin embargo, todo me hablaba con la voz de Kertész, como si nunca antes hubiera estado yo allí.
 

No se puede saber nada de la muerte, salvo cuando mueres, pero entonces, ¿de qué vale ese saber? me decía él. En la juventud mantenemos una relación dramática con la muerte, continuó hablando. Luego, añadió, establecemos una relación filosófica con ella y después, en la vejez, se convierte en una simple cuestión práctica. Hay que llegar a viejo, pensé, para experimentar sus palabras en carne propia. Me acordé de pronto del cáncer con metástasis de Magdi y de cuando él, sobrecogido, la oía respirar con dificultad en la cama. ¿Habrá sobrevivido a su marido? Yo sabía que a él le pesaba menos morirse que abandonarla. “Todo es más fácil para el que no ama”, me soltó Kertész, como si hubiese leído mis pensamientos.

 

FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


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