viernes, 17 de julio de 2015

PRESTIDIGITADORES






Quizás el arte de vivir no se diferencie mucho del que practican los buenos prestidigitadores en sus representaciones ante el público. ¿Acaso nosotros no nos valemos de múltiples trucos para darle sentido al sinsentido de la vida y así mantenernos vivos? Me asalta este pensamiento después de terminar la lectura de La noche del ilusionista, novela que escribió Daniel Kehlmann a los 22 años de edad y que acaba de publicar en español ediciones Nocturna. Su protagonista, el mago Arthur Beerholm, domina su oficio. Practica a diario y refina sus técnicas. Conoce la literatura especializada y está al corriente de toda innovación. No hay ningún otro ilusionista que lo supere. Experto sobre todo en el manejo de las cartas, calcula el momento en que debe introducir a escondidas barajas trucadas en el juego. Hace trampas contando, barajando y repartiendo las cartas. Lleva un lápiz de kohl sin capuchón en el bolsillo. Lo toca primero y luego una carta, de modo que queda marcada sin que nadie lo note. Acaricia una baraja y hace que cambie de color bajo la yema de sus dedos. Tampoco los espectadores se dan cuenta de que la intercambia por otra mediante la técnica del empalme.

Nadie ve que hace trampa, pero él no lo ignora y saberlo se le vuelve con el tiempo insoportable. Se siente imbécil, patético y un farsante. Se empeña entonces en ir más allá del truco y dominar el arte de la magia, desafiando la realidad. Incluso se propone lanzarse desde lo alto al vacío y poner su vida en juego. ¿Tendrá la esperanza de que durante el descenso le crecerá un par de alas?

Daniel Kehlmann parece querer decir en su novela que todo esfuerzo por cambiar la irremediable realidad conduce a la destrucción y al fracaso. Frente a su visión podrían destacarse las siguientes palabras de F. S. Fitzgerald, tomadas de un fragmento de Crack-up : “La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar. Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo.” 
Tal vez el arte de vivir consista, antes que nada, en armarse de una buena dosis de autoengaño.

FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

 

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