viernes, 9 de mayo de 2014

MALENTENDIDOS



Parece cierto que casi nada es lo que parece. Me viene a la mente este pensamiento después de asistir a la siguiente escena: un joven de unos 17 años patina en un skate por la acera. Dos policías levantan la mano, corriendo tras él, y le ordenan detener la marcha. Estoy en la acera de enfrente, mientras observo cómo el joven se quita la mochila de su espalda y hurga en ella. Supongo que busca su carnet de identidad para mostrarlo a los polis. ¿Por qué diablos lo han parado? No sé si está prohibido circular en una tabla por la acera. O tal vez sea su apariencia medio hippie la que ha llevado a sospechar algo malo de él a los polis. ¿Qué pensarían otros, si estuvieran contemplando también este suceso? Un hombre se aproxima desde uno de los extremos de la acera donde estoy plantada y, viéndome mirar, detiene su caminata. Se coloca a mi lado, mira al frente y de pronto emite su juicio: “Seguro que es un chorizo y esconde en su mochila lo que acaba de robar.” Con la misma, sigue caminando.

Me alejo de la zona como una forma de distanciarme también de las preguntas. Algo activa en mi memoria el recuerdo de una anécdota leída hace muchos años en el relato Algo por lo que recordarme, de Saul Bellow. Si ahora la memoria no falsifica del todo la evocación de aquel pasaje, veo a ese adolescente del relato llevando una vida desenfrenada que no se corresponde con su edad. Un día huye de su casa en busca del jolgorio callejero, dejando atrás a su madre moribunda en la cama. No sé si para huir del penoso trance de verla morir, prolonga su diversión y se monta su fiesta particular. Acepta mantener relaciones sexuales con una mujer y vive entonces su primera experiencia sexual. Cuando regresa a casa, su padre abre la puerta y lo recibe con una fuerte bofetada.

Si hubiésemos presenciado cualquiera de nosotros ese instante del bofetón, ¿qué habríamos  pensado? ¿De qué lado nos habríamos puesto? ¿De parte del adolescente o del padre?

Es probable que nuestras particulares versiones de los hechos confirmaran la capacidad de los malentendidos, de los prejuicios, para construir nuestras verdades. El adolescente del relato se alegra de la bofetada recibida. Si su padre le hubiese dado un beso, habría sabido que su madre ya había muerto.             



2 comentarios:

  1. Acabo de descubrir su espacio... y mientras iba leyendo pensaba: "Una sociedad que no entienda que los niños tienen que ser niños y jugar como niños no como adultos pequeños; que los adolescentes han de ser, por encima de todo, adolescentes y descubrir el mundo a su manera... aunque claro está, a lo mejor sí que está prohibido ir por la acera, porque ya las prohibiciones nos impiden casi hablar en público, comentar lo que pensamos, mostrar nuestro enojo, rabia, nuestros verdaderos pensamientos, nuestras opiniones... A una madre que no le guastaban las rastas que llevaba su hijo la oí decir: Me gustaría que prohibieran las rastas así te las tendrías que cortar a la fuerza. A la fuerza... la sociedad se nos hace un poco más mezquina si no entiende el libre vuelo del stake, o la sensación de llevar arte en la cabeza -a ojos de algunos-claro-... en fin... sólo hay una solución para que nuestros hijos sean libres: educarlos en el respeto hacia ellos y hacia los demás, y nunca esperar que con las prohibiciones se salve el mundo". Me gustó su artículo. M. Pilar Martínez -Grocdefoc- (http://artgrocdefoc.com)

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    1. Gracias, M. Pilar. Estoy de acuerdo contigo. Con las prohibiciones no llegamos a ningún sitio. Podría ser motivo de un buen artículo. Este me lo inspiró la escena en la calle, que comento más arriba,y quise enfocarlo desde la perspectiva de los prejuicios. Un saludo.

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