sábado, 8 de febrero de 2014

JOSÉ EMILIO PACHECO



En medio de tanto ruido mediático y tanta soberbia de los actuales gobernantes resuena la voz de José Emilio Pacheco. “Todo es ala y fugacidad”, escribió este poeta, cuya poesía busca apresar el instante perdido, concentrándose en la transitoriedad de la vida.

Cuando me llegó la triste noticia de su muerte, recordé el momento en que se le cayeron los pantalones hasta la rodilla poco antes de recibir el Premio Cervantes de Literatura 2009. Ocurrió en la sala de la Universidad donde se iba a celebrar la ceremonia. Riéndose con humor, dijo: “Ya han visto lo que me ha pasado. Nunca había vestido de pingüino y no llevo tirantes. Es muy buen argumento contra la vanidad.” 

Ningún otro gesto imaginé mejor para dar nombre a la humildad, que él encarnaba, en momentos tan solemnes. La caída de sus pantalones, en los minutos previos al acto ritual presidido por el rey Juan Carlos, parecía estar hablando en lugar de sus célebres versos: "Ahora entiendo este misterio, este enigma: /el poder y la gloria no son nada/ con el jade y el oro bajaremos/ al lugar de los muertos. / De lo que ven mis ojos desde el trono/ no quedará ni el polvo en esta tierra.”

Tal vez el poeta, y quién no, pudo vivir la situación como algo embarazoso. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el hecho fortuito referido y la bajada de pantalones. Bajarse los pantalones implica una intencionalidad de claudicación. Con otras palabras, someterse a la voluntad humillante de otros. A José Emilio Pacheco parece haberlo elegido este incidente como una vía para recordarnos aquella idea de Montaigne, también suya: Se puede estar sentado todo lo alto que uno pueda imaginarse, pero nadie ha de sentarse nunca por encima de su propio culo.

“En poesía lo que no es excelente, es despreciable”, proclamaba con los pantalones bien puestos este poeta que decía no querer nada para sí. Solo anhelaba "lo posible imposible: un mundo sin víctimas.” De ello habla también su poema “Alta traición” en contra de los verdugos: “No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pinos,/ fortalezas,/ una ciudad deshecha,/ gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia, / montañas/ -y tres o cuatro ríos”.


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