jueves, 10 de enero de 2013

CUANDO HASTA "DECIR NOCHE" SE VUELVE IMPOSIBLE. ÁLVARO DE LA RICA.

                                        Imagen de Teinteresa.es

En Decir noche (Eutelequia, 2012), una narradora que no es nadie más allá de las palabras que pronuncia observa y medita sobre la existencia de un tal Lord Chandos, personaje creado por el escritor austríaco Hugo von Hofmannsthal. El tal Lord ha escrito una famosa carta al canciller inglés Francis Bacon en la que le expresa cómo ha llegado en su creación poética, a un punto final, un recodo de afasia y a la imposibilidad de referir nada con palabras, hasta el punto de que ya no se siente capaz siquiera de "decir noche".

Chandos ha quedado enrejado en un férreo bucle que le tapa la boca y que le impide siquiera nombrar el sentido primero de esa palabra (el momento postrero del día) y a fortiori extender sobre esa término los infinitos, recónditos e indispensables sentidos figurados: la falta de luz y la desazón pero al mismo tiempo la anchura liberadora y abismal del azul del cielo y de los antiguos escudos de armas.

Las palabras, carentes del recurso inmediato a la denotación, se han agotado para siempre. Ese vacío, que es epistemológico y a la vez existencial, está en el centro originario de un cruce de corrientes literarias que ha presidido lo mejor de la creación poética de la modernidad europea. Elisa Rodríguez Court lo sabe porque lo ha experimentado de primera mano como lectora constante, metódica y apasionada.

Por eso, a la vez que medita sobre el lado abismal de la falla encontrada (y considerablemente aumentada) por Hofmannsthal, desplegando todas las facetas desoladoras de una civilización que parece abocada a la barbarie que significaría la muerte definitiva del verbo, establece como contrapunto la corriente alterna que "el abismo de la palabra" ha conseguido liberar: el venero de aquellos que, conscientes de la desolación verbal, han tomado el vacío como un lugar común del que partir a la aventura y a la búsqueda del ser.

La lista de los no desencantados, de los no resignados, de los no obstante conscientes del vacío no es interminable pero sí ilustre. Por haber sondeado el abismo como nadie, por haber bebido en los ríos del dolor y la desesperanza, manteniendo intacta la sed, Emily Dickinson preside la cofradía de los escritores que yo llamaría ilusionados: Flaubert, Barnes, Borges o Vila-Matas pero también Lewis, Marguerite Duras, Roberto Juárroz o el propio Claudio Magris que fue el primero que puso las bases teóricas de un fenomenal debate poético.  Continuar leyendo en Teinteresa.es



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