domingo, 13 de mayo de 2012

ES EL ESPECTRO DE LA SOLIDEZ CUYA ÚLTIMA SUSTANCIA ES SOLO ARENA


Vida, muerte, vida, muerte... ¿Qué es primero?



Enrique Vila-Matas escribe en Dietario voluble que estemos donde estemos, hemos de vivir como si nunca hubiésemos de morir. Vivir, tal vez, conforme a la leyenda inscrita en un reloj de pared que aparece repetidamente en su libro Lejos de Veracruz:


Quien demasiado me mira pierde su tiempo.


Emily Dickinson escribe:


No sabemos el tiempo que perdemos.
El terrible momento está ahí
y fundamentalmente se afianza
entre las certidumbres.


Una firme apariencia da consistencia aún
al naipe, y a la suerte, y al amigo.
Es el espectro de la solidez
cuya última sustancia es solo arena.


Rescato de su poema la palabra aún y pienso que es cuestión, por tanto, de gozar de cada instante, aunque se sepa que el tiempo no se llama como nosotros. Como escribe Sergio Pitol en Trilogía de la memoria:


Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único.


¿Qué es, sin embargo, el tiempo?


John Banville dedica un pasaje de su libro Los infinitos a hablar de las palabras ambiguas que se asocian a medidas temporales con las que se convive a diario. Así escribe:


¿Qué es, por ejemplo, un instante? Horas, minutos, segundos, esos incluso resultan comprensibles, porque pueden medirse con el reloj, pero ¿qué quiere decir la gente cuando habla de un momento, un rato -un santiamén-, un abrir y cerrar de ojos? Solo son palabras, desde luego, pero rondan abismos silenciosos.


Vila-Matas escribe que, aunque nos queden unos minutos de vida, hay que seguir riendo con el último chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las últimas noticias de prensa. No obstante, no se distrae de la condición mortal cuando dice:


No nos engañemos. Se enfriará este mundo, una estrella entre las estrellas y, por otra parte, una de las más pequeñas del universo, es decir, una gota brilllante en el terciopelo azul. Se enfriará este mundo un día y se deslizará en la ciega tiniebla del infinito (...) como una nuez vacía. Creo que debemos tener en cuenta esto y amar al mundo en todo momento, amarlo tan conscientemente que podamos al final cada uno de nosotros decir: he vivido.


Julian Barnes suscribe, a su modo, en Nada que temer las palabras de Vila-Matas. Cree muy proporcionado su propio sentido de la muerte, que a algunos de sus amigos les resulta exagerado. Para él la muerte es el único hecho atroz que define la vida; sin una consciencia constante de este hecho no puede empezar a entender el sentido de la vida. Añade:


Si no sabes y sientes que los días de vino y rosas están contados, que el vino se agriará y las rosas se tornarán mustias en su agua hedionda antes de que las tiren para siempre, jarrón incluido, no hay contexto para los placeres y aficiones que surjan en tu camino hacia la tumba.


Como si Vila-Matas matizara las palabras de Barnes, escribe:


Se pueden pensar todo tipo de cosas sobre la muerte, pero es imposible que logremos aminorar el escándalo que su famosa guadaña arrastra consigo mismo: la obscenidad absoluta del sufrimiento humano.


De ahí esa frase que recorre su obra, desde los inicios hasta Aire de Dylan, pasando por Dublinesca:


Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien.


La muerte, aunque se la quiera esquivar, nos hace sentir solos, nos vuelve vulnerables. No obstante, también parece cierto que el secreto de la supervivencia está en la imaginación deficiente propia de la condición humana. Como escribe John Banville en Los infinitos:


La incapacidad de los mortales para imaginar las cosas tal y como son en realidad es lo que les permite vivir.


Así lo entiende C.S. Lewis, cuando habla del proceso de enfermedad y de la muerte de Helen, su mujer, en Una pena en observación. Escribe que nunca se encuentra uno precisamente con el Cáncer o la Guerra o la Infelicidad (ni tampoco con la Felicidad). Solamente se encuentra uno con cada hora o cada momento que llegan. Dice que no abarcamos nunca el impacto total de lo que llamamos "la cosa en sí misma".


Es, quizá, el estado de convalecencia el que propicia que la imaginación se acerque a la última verdad. Genera una sensación de extrañeza, según escribe Vila-Matas en Dietario voluble. Una sensación de no pertenencia sino de paso, con la que, por lo demás, afirma llevarse bien, pues la considera fundamental para esa forma de vivir que es escribir.

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