viernes, 8 de junio de 2012

EL VIAJE VERTICAL, DE ENRIQUE VILA-MATAS, O NADA LE IMPORTA A LA MECHA OCUPADA EN SU AFÁN FOSFÓRICO


Sándor Márai cuenta en sus Diarios que, ya viejo y acabado, se hizo con una pistola que guardó en una gaveta para esperar el momento oportuno. Lo encontró y se mató a los 90 años de edad.
Después de la muerte de su mujer comienza una nueva etapa para él. Escribe que hay gente que siente la necesidad de llamar la atención casi en grado patológico, pero que en su caso lo patológico son las ganas de desaparecer. No leer su nombre, ni dar noticia alguna. Solo desvanecerse. Le conforta, mientras tanto, saber que tiene un revólver en el cajón de la mesita de noche y añade:


No es la desesperanza lo que me insta a pensar en ello, sino la idea de que es la única vía, la única manera de huir de una situación vergonzosa. Esa situación vergonzosa es la vida, esta ilusión grotesca.


Es viejo y considera una impertinencia vivir más de la cuenta. Dice que es como cuando los anfitriones intercambian una mirada disimulada preguntándose cuándo se marcharán los invitados.


Federico Mayol, protagonista de El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas, no necesita un arma de fuego para terminar definitivamente con su vida. Tiene 70 años y su mujer lo ha abandonado, después de haber compartido juntos 50 años de matrimonio y 3 hijos. Se siente un fracasado en todos los ámbitos de la vida y carece de fuerzas para empezar de nuevo. Deambula por las calles como un novato que se sintiera perseguido por una frase  de Los apuntes de Malte Laurids Brigge, de Rilke:

En la vida no hay clases para principiantes; enseguida exigen de uno lo más difícil.

Decide entonces dejar atrás su pasado y dedicarse a viajar. De Barcelona a Oporto y de Oporto a Lisboa. Más tarde vuela a Madeira y termina, finalmente, hundiéndose en la desaparecida Atlántida, en el fondo del mar. 
No acaba de golpe con su vida. No se pega un tiro. Se convierte en un viajero lento que, de modo progresivo, va cambiando interiormente. Emprende un viaje vertical y en su proceso de descenso se van mostrando los ingredientes variopintos de su identidad. Como escribe Vila-Matas en "El discurso de Caracas", contenido en su libro El viento ligero en Parma:


La identidad -puede comprobarse en El viaje vertical- es algo movible. En la unidad de la persona confluyen elementos varios, contradictorios, provisionales, fluctuantes.


En Oporto parece seguir moviéndose entre el miedo y la esperanza, pero  en la medida en que avanza hacia el sur, su descenso se torna en viaje sin retorno. Poco a poco se va cumpliendo ese pensamiento que tuvo en el momento de partida de Oporto: convertirse en el protagonista de una simple sucesión de despedidas. Concebir la vida -aunque esta hubiera ya entrado en su última etapa, o precisamente a causa de esto, tal y como escribe Vila-Matas en el libro- como una serie de rupturas esenciales con todo. Es un proceso de desasimiento irreversible.
Mayol comienza su descenso en la estancia de la desesperación y la tristeza y termina abrazando felizmente su desaparición en la nada. Antes de acabar con todo ha pensado en su vida de viajero sin rumbo, exclamando:


Qué acierto más grande (...) decir que el tiempo pasa con lentitud y facilidad. Es exactamente lo que me está sucediendo desde que salí de viaje.

Al comienzo de su viaje le sobreviene una terrible sensación de extrañeza. La realidad parece alejarse y se siente distante de las cosas en general. Está absolutamente solo, se aburre y percibe el paso lento del tiempo como una carga. Por qué ha de variar el tiempo, dependiendo de las circunstancias, es una pregunta que deja de lado, al contrario que el viejo moribundo del libro Los infinitos de John Banville, quien en un monólogo sobre las diferentes percepciones del tiempo, termina preguntándose:

¿Por qué el tiempo de un dolor de muelas es tan diferente del tiempo que pasa comiendo una golosina, uno de los muchos dulces que con el tiempo van a causarle otra caries? 

Mayol descubre en su viaje vertical que la vejez no solo quita, sino también da. Es el momento en que asume plenamente que la vejez es, en verso de Antonio Gamoneda, "claridad sin descanso." La única salida es hundirse felizmente en su propio abismo, de acuerdo a la idea contenida en un fragmento del poema El descenso, de William Carlos Williams, incluido en este libro de Vila-Matas:


El desenso seduce
como sedujo el ascenso.
Nunca la derrota es solo derrota, pues
el mundo que abre es siempre un paraje
antes
insospechado.


Mayol emprende el descenso sin retorno antes de que lo reconozca como tal. Al principio parece querer distraerse de su destino, como suele hacer la mayoría de las personas que no encaran la inevitabilidad de la muerte. En torno a este autoengaño escribe Thomas Bernhard en :


Y hacia dónde avanzamos, si somos sinceros, nos es conocido, hacia la muerte, pero la mayor parte del tiempo nos guardamos de confesarlo. Y por esa conciencia de no hacer otra cosa que ir hacia la muerte y porque sabemos lo que eso significa, intentamos disponer de todos los medios posibles para apartarnos de ese conocimiento y así no vemos en este mundo, si miramos bien, más que personas ocupadas continua y perpetuamente en ese apartamiento


Mayol ya no recorre el mundo para mirarlo, sino para sentir el estímulo de distanciarse de él hasta desaparecer. ¿No quiere el destino hundirle como ser humano?, se pregunta en el libro. Vila-Matas escribe a modo de respuesta con su habitual ironía:

Pues muy bien, de acuerdo, se hundiría y santas pascuas, no iba a hacer un problema de eso. Si el destino creía que iba a quedarse él muy afectado por algo así, andaba muy equivocado. Nada colmaba tanto sus aspiraciones en la vida como sentir que se hundía. Había algo en el fondo muy atractivo en jugar una partida sonriente y mortal con las fuerzas del abismo.

Mayol deja de temer y de esperar. Desciende verticalmente cada vez más hondo con la finalidad de

hundirse en todos los sentidos, y con todos los sentidos


Abandona toda estancia y desaparece para siempre, dejando incluso en manos del narrador el final de la novela, cuyas últimas palabras dicen así:

 (...) Iniciaba su último descenso y, en una inmersión muy vertical, se hundía en su propio vértigo y llegaba al país donde las cosas no tienen nombre y donde no hay dioses, no hay hombres, no hay mundo, sólo el abismo del fondo.
-Al fin- murmuró Mayol.


Mayol se hunde en su propio vértigo como arde dentro la lámpara a la que dedicó Emily Dickinson un poema, cuyos primeros versos parecen hablarle a los ojos del protagonista de El viaje vertical:


Arde dentro la lámpara, segura.
Aunque los siervos traigan el aceite,
ello nada le importa a la mecha ocupada
en ese afán fosfórico.

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