sábado, 16 de marzo de 2019

RÉPLICAS



Navegar con Google Maps puede convertirse en una experiencia curiosa cuando los navegantes pasean la mirada por su entorno habitual. Estos mapas digitales permiten trasladarse con los ojos de un lado a otro de la propia ciudad, del barrio, de una calle o una plaza y ver desde arriba y desde los costados. Ante la pantalla aparecen, como por arte de magia, la plazoleta, la panadería, el supermercado, el bar y el estanco de siempre.

Se puede, además, fijar la vista en la casa donde se vive y hacer zoom sobre el portal, algunos detalles de la fachada o el piso que se habita. Qué rara sensación en el momento en que se descubre la ventana detrás de cuyos cristales estamos sentados, navegando justo en ese instante. Nos puede parecer que estamos mirándonos a nosotros mismos desde el exterior. Se produce así una especie de desdoblamiento. Nos hallamos fuera y dentro en una existencia paralela.

El desplazamiento en Google Maps por los alrededores de la propia vivienda puede resultar no solo extraño, sino también inquietante. Reconocemos los objetos físicos, blanco de la mirada, y sentimos familiar el entorno. Sin embargo, la realidad se presenta inmóvil, como si hubiera quedado interrumpida de repente. Los vehículos detenidos irremisiblemente en plena circulación y la gente, estatuas exhibiendo su último gesto, parecen dar testimonio de la vida del todo suspendida.

Cualquier navegante de Google Maps podría sentirse de pronto en un mundo que, porque ha desaparecido, ya no le pertenece. Creerse quizá el único superviviente de un universo fantasmagórico.  O tal vez considerar, mientras navega por los lugares conocidos, que la realidad exterior no es sino una vaga réplica de aquello que los mapas muestran.




FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


lunes, 4 de marzo de 2019

LA MOSCA DE MI INFANCIA


                                                          Imagen de Pedro Guerra

Parece que se ha perdido la mosca de mi infancia, cuyo viaje yo solía perseguir con ojos atentos. Regreso a mis primeros años y la veo posarse en el amplio cristal. Enseguida da saltitos zigzagueantes de un lado al otro de la ventana. Tengo la impresión de que disfruta del trayecto ciego propio de su vida errática.

No parece extraño que un ser minúsculo como ella, carente de domicilio y objetivos, motivara reflexiones profundas que atañen a la condición humana y al estilo de vida y a los afanes de los individuos. Pienso en la mosca de mi primera niñez y recuerdo el leve golpe que le propinó un hombre en una novela de Italo Svevo. El hombre sintió que la mosca lo atormentaba y, tras golpearla, consideró que ella no sabía de qué órgano procedía su dolor.

 Pienso en Svevo y me acuerdo de Augusto Monterroso. Su mosca soñaba que era un águila. La de Macedonio Fernández se coló, según se cuenta, en su habitación de moribundo. Alguien quiso espantarla y se le oyó decir al escritor agonizante: "Que sea de la oposición".

Pienso también en Marguerite Duras y su mosca desahuciada. La descubrió en su casa y le siguió el rastro a través de la escritura hasta que acabó muriendo. El proceso hacia la muerte del insecto le hizo decir: "Se escribe para mirar morir una mosca". Emily Dickinson, en su imaginario lecho de muerte, le regaló a la suya un poema.

Pienso en todas las moscas del mundo y recuerdo la mosca de mi infancia. Entonces me pregunto si acaso la mataron los humanos para no tener que mirarse a sí mismos mientras la contemplan.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



jueves, 21 de febrero de 2019

LA PUNZADA DE LA VIDA




Sorprende la fuerza arrolladora de la vida para imponerse en situaciones límite. La realidad y la literatura dan cuenta de su empuje en múltiples escenarios. Es el caso de las inolvidables escenas presentes en Vida y destino, novela de Vasili Grossman cuyo eje es la batalla de Stalingrado.

Esta obra no se reduce a un alegato en defensa de la libertad contra el totalitarismo. Ofrece también un testimonio del coraje de los seres humanos en circunstancias terribles. Personas que sobrellevan la indignidad en silencio, se debaten en la duda, sufren con la incertidumbre, temen las represalias, se sienten turbadas y con miedo a morir.

A pesar de los brutales intentos que se dan por suprimir toda expresión de humanidad, parece posible que brote la piedad y se despierte el lado bondadoso del individuo. Una luz de esperanza, que, a modo ilustrativo, se revela en un pasaje cuando una mujer rusa, rota por el dolor que le han infligido los soldados alemanes, se abalanza sobre un prisionero alemán con la intención de agredirlo. Acaba, sin embargo, entregándole un trozo de pan.

Es la sorprendente llamada de la vida que siente asimismo un oficial ruso, acusado de traición y sometido a un interrogatorio interminable. Se niega a firmar una confesión falsa. Cuando el juez instructor le dice: "Si el enemigo no se rinde, hay que aniquilarlo", él solo piensa que quiere rascarse los pies desnudos, ponerlos en alto y luego dormir. Por su parte, la judía Sofía Ósipovna agota la última gota de vida consumiendo su inclinación maternal en la cámara de gas. Se abraza estrechamente a un niño recién conocido y condenado también a morir asfixiado.







       

domingo, 3 de febrero de 2019

DEJAR DE SER ESCRITOR



                                                           Imagen de Pedro Guerra



“Escribir es dejar de ser escritor”
, escribió Enrique Vila-Matas para referirse al duro y paciente oficio de la escritura. Un oficio en el que, como él señaló en un memorable texto que lleva este epígrafe como título, los escritores avanzan en tinieblas, jugándose la vida. Frente a quienes consideran que lo importante es escribir y entregarse de lleno a su trabajo se sitúan aquellos cuyo primer objetivo en la escritura es la búsqueda de dinero y fama. Personas que se dedican a cultivar, por decirlo de alguna manera, la dimensión horizontal de la literatura.

 Me vino de nuevo a la mente la frase de Vila-Matas cuando leí una entrada del primer diario de Ricardo Piglia. Ahí relata que a sus veintidós años ganó el concurso de cuentos organizado por una revista de bastante peso entre los jóvenes. Le divirtió haberse enterado del premio en una conferencia sobre Salinger que una escritora consagrada dio en la Facultad donde él cursaba estudios. Ella era miembro del jurado de ese concurso y en medio de la charla comenzó a hablar de una revelación literaria, nombrando a Piglia. Elogió su cuento sin saber que el joven, para ella desconocido, se encontraba entre el público.

Él no se animó a decir una sola palabra. Prefirió seguir sentado, anónimo. No se reconoció en el autor del cuento, una promesa seria de la joven literatura argentina, según la escritora. “Un verdadero horror, demasiado real. La literatura es mucho más misteriosa y más extraña que la simple presencia física del así llamado autor”, escribió Piglia en su diario.

 Parece haber tenido claro desde joven que lo suyo no era ir de escritor, sino escribir. Su conducta me trae a la memoria la actuación de Ravel durante una grabación de su cuarteto de cuerda. Al margen de que su comportamiento respondiera a un fallo fatal  de sus facultades mentales, podría convertirse en guía de los artistas y, en concreto, de los escritores. En la sala de control hizo sugerencias y correcciones a su pieza musical. Al final, transcurrida la sesión, se volvió al productor, le dijo que la obra era realmente muy buena y añadió: “Recuérdeme el nombre del compositor.”



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


sábado, 26 de enero de 2019

EL CRACK-UP




La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y seguir conservando la capacidad de funcionar, escribió F.S. Fitzgerald en El Crack-Up. Ser capaz, por ejemplo, de saber que ciertas cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo. Esa alta inteligencia a la que se refiere Fitzgerald incluye el afán y las ganas de vivir. No en vano aclara el escritor que fue a comienzos de su edad adulta cuando vio hacerse realidad lo improbable e incluso lo “imposible”. La vida parecía rendirse ante su inteligencia y su coraje. Eran largos días de ensueños y de heroísmos imaginarios.
Durante muchos años logró mantener en equilibrio el sentido de la inutilidad del esfuerzo y el sentido de lucha por sus propósitos e ideales, la convicción de la inevitabilidad del fracaso y la decisión de triunfar. Luego le llegó el derrumbamiento. Se dio cuenta de que se había desmoronado, confiesa con una enorme lucidez en El Crack-Up , texto donde dice haber odiado la noche por no poder dormir y el día porque se encaminaba hacia la noche.

Al margen de otras consideraciones, su conciencia del inevitable fracaso parece haber vencido al poder de su voluntad. Se rompió el equilibrio entre ambos. De forma prematura en su caso, pero suele ocurrir a menudo cuando se alcanza la vejez y se vive con menos ahínco. Eso pensé después de haber leído las palabras con las que Alice Munro se despidió hace años de la escritura. “Hasta aquí”, dijo. “Y no es que no ame escribir", puntualizó, "pero llega un momento en que tu modo de pensar la vida es distinto. Y quizás cuando tienes mi edad ya no quieres estar sola como debe estarlo un escritor." Una humilde despedida que contrasta con el resentido adiós de Philip Roth a sus setenta y nueve años: "He dedicado mi vida a la novela. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes.”

Cabe preguntarse, de acuerdo a la filosofía de Fitzgerald sobre las dos ideas opuestas en la mente, si Roth decidió abandonar la escritura o si la escritura lo abandonó antes a él.





FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

jueves, 24 de enero de 2019

`LA PIEL DE IRLANDA´ : CUATRO FRAGMENTOS





Bellas imágenes ocurrentes y una escritura elegante y fluida caracterizan esta novela de Isabel Verdú Arnal. Un largo viaje desde Barcelona a París y Londres que desemboca en Irlanda, en cuyo corazón se interna la protagonista. Ella busca pistas que den algún  sentido a la vida que ha llevado un familiar desaparecido, pero en el proceso de búsqueda se va enfrentando a su modo de conducir la propia existencia mientras se va desposeyendo de sí misma en un intento de renacer de sus ruinas.
La piel de Irlanda es, a la vez  que una inmersión en la diversidad cultural de Irlanda, un viaje literario en el que, entre otras figuras, destacan James Joyce y Enrique Vila-Matas.       




CUATRO BREVES PASAJES DE LA NOVELA:


Que todo esto se detenga, ojalá no sea sino una novela, me decía a menudo, corazón al galope. Pero el caos invadía la trama, los personajes carecían de una jerarquía clara, y todo parecía agitado, difícil, oscuro.




Pero hay otra manera de estar de paso, y es la del funambulista en el vacío; la de quien sigue una línea pero sin haber decidido hacia dónde; la de quien adelgaza su persona a medida que avanza, como si estuviera a punto de desaparecer.




Cierto, aunque nada tenga sentido habrá que tratar de ahondar en el sinsentido hasta el final. 




El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad. No quiero estudiar arte. Quiero que mi vida se convierta en arte.





(La piel de Irlanda, Isabel Verdú Arnal. Editorial Verbum. Madrid, 2018.) 





miércoles, 9 de enero de 2019

UNA CASA VACÍA




Parece difícil responder a la pregunta acerca de qué se puede meter o no en un texto literario. Fácil es contestar que cabe introducir todo lo que resulte congruente con la obra, porque en realidad no se está clarificando nada. Mario Levrero intentó aproximarse al asunto situándose en una etapa previa a la escritura, en el momento en que el escritor está sentado ante la pantalla. Cuando se da la página en blanco, escribió, no es por falta de temas, sino por exceso de temas que compiten entre sí. El problema que se le plantea al escritor no sería entonces qué escribir sino qué no escribir. Desde esa perspectiva imagino la escritura de ficción como una casa vacía que se va habilitando con el mejor estilo para vivir en ella.

La imagen de la casa vacía me trae a la memoria una carta de Coetzee a Paul Auster en el libro Aquí y ahora, que comprende la correspondencia entre los dos escritores desde 2008 a 2011. En un pasaje de la carta expresa Coetzee su modo de operar en la escritura. Dice: "La habitación en que se desarrolla mi acción ficticia es un sitio muy desnudo, un cubo vacío, de hecho; solo le incorporo un sofá si va a hacer falta (si alguien va a sentarse en él o mirarlo), y después el mueble con el cajón superior izquierdo donde están los cubiertos, sin el cual no podemos tener el cuchillo con el que la heroína ha de untar la tostada de mantequilla.”

En la misma dirección parece haber obrado Yasunari Kawabata. Escribió un sinfín de cuentos que cabían, como él afirmó, en la palma de una mano. En ellos incorporó con una medida cóncava lo esencial. Todavía más, tres meses antes de suicidarse redujo su célebre novela País de nieve a un relato breve. Realizó una miniaturización del libro, convirtiendo parte de su contenido en una sucesión de escenas, con ánimo de sustraerle los elementos accesorios. Procedió de igual manera en el instante anterior a la creación de una obra y a posteriori. No hizo otra cosa que entregarse de lleno, como hacen los verdaderos escritores, a su oficio. Se concentró en el material indispensable para descartar primero, y borrar luego, el material innecesario.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



domingo, 23 de diciembre de 2018

ACASO SÓLO UNA FRASE INCOMPLETA




Acaso sólo una frase incompleta
es el sugerente título del libro de Eugenio Padorno recién publicado por la editorial Mercurio. Una obra maestra de poesía reunida que abarca medio siglo, desde 1965 hasta 2015. El título parece insinuar una fatal distancia entre la luz –verdadera e inalcanzable– y las limitadas posibilidades del poeta para captarla en su oficio. Nada sabe la luz de los cantos de la luz, pero es “cruel que el hombre envejezca en la casa que un día levantó sin haber comprendido sus sombras”, escribe Eugenio Padorno. Él vive para pensar y escribir, no al revés. Ante el mundo como caos que otros poetas intentan acomodar a su voz con el fin de huir de lo inexplicable, su apuesta literaria radical se aleja de cualquier promesa consoladora.

No se puede alcanzar la totalidad, pero lo indecible, parece suscribir Padorno, le será dado al poeta en su quehacer –lugar de fusión del ser y de la sustancia de lo poético– a través de vagas aproximaciones. Eugenio Padorno habla de alternativas textuales posibles para aproximarse a la totalidad tan buscada como impenetrable. Su apuesta literaria pasa entonces por asumir de antemano una derrota y el exilio del poeta, requisitos para emprender la búsqueda de algo que precisa todavía de forma y que debe enfrentarse, como escribe Jorge Rodríguez Padrón en el excelente prólogo del libro, a la complejidad de lo anterior a ser dicho.

Eugenio Padorno se desvive por la verdad que la poesía debe ser. No es representación, ni redecir las cosas dichas, ni dar nuevas palabras a lo que se conoce. La poesía es posibilidad creadora, “lo que aun avizorado, carece de lugar y no existe como realidad verbalizada”. Y el poeta, parte del misterio que él se afana en descubrir y habitante del poema donde se deja la vida, es un indagador de lo inexplorado y desconocido. Porque Eugenio Padorno no se engaña, escribe: “No importa cuantas veces me diga //Que soy libre… Nunca podré escapar // De las preguntas de esta Luz.” 



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.  





sábado, 8 de diciembre de 2018

CONCURSOS LITERARIOS

                                                            Imagen de Pedro Guerra


No parece extraño que los escritores se pregunten si los concursos literarios son limpios. Cuando concurren con una obra a un premio piensan a menudo que el resultado del certamen podría haberse decidido previamente. No trato de generalizar. Hay premios literarios que se libran del amaño, pero la desconfianza y la incertidumbre que experimentan los escritores están, creo, del todo justificados.

A veces se conforman con la posibilidad de quedar finalistas y así poder negociar –nunca mejor empleado este verbo– con alguna editorial la publicación de su obra en circunstancias menos desfavorables. De todos modos, cabe también preguntarse si la figura del finalista en concursos donde intervienen editoriales no es en muchos casos un invento con ánimo de lucro. Una maniobra dirigida a la promoción de la editorial y a la captación de nuevos escritores. Con la convocatoria de un certamen literario dan a conocer los editores su empresa y atraen a posibles candidatos que se someterán luego a condiciones despiadadas. Encima, los finalistas, emocionados por haber arañado el premio, podrían contactar con la editorial y conseguir la publicación de sus manuscritos. Quizá obtengan a cambio una pequeña rebaja económica.
  

Motivos sobran, sí, para que los escritores que presentan sus obras a concursos literarios desconfíen y se sientan defraudados. De entrada, no tienen la garantía de que el jurado lea sus manuscritos. Un comité invisible de expertos sin nombre se encargará de realizar la primera gran criba. Nadie sabrá, ni siquiera al final del proceso –nunca mejor empleado el sustantivo, gracias a Kafka–, quiénes son sus miembros y cómo han sido nombrados. Sobre un puñado de técnicos desconocidos recae la decisión más importante del certamen: la selección de obras que pasan al jurado encargado de valorarlas y de premiar una entre las finalistas. Atrás quedarán otras, la mayoría, que tal vez habrían obtenido una valoración alta del jurado. Eso, claro, en el supuesto caso de que no haya una confabulación para conceder el premio a un manuscrito antes de comenzar el concurso.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.




sábado, 1 de diciembre de 2018

UN EXTRAÑO RESPETO



"La oyó sollozar muy bajito, con un gemido largo y monocorde”. Así suena la angustia de Ora, protagonista de La vida entera. Quien la escucha es Abram, uno de los dos hombres a los que ama. En su adolescencia, durante la guerra de los seis días, los tres compartieron una experiencia extrema. Eso los dejó atados para siempre.

 Ahora la mujer recorre a pie todo Israel, medio enloquecida por una especie de sinvivir: el miedo a la muerte de un hijo, reclutado para una misión de alto riesgo. En su viaje se mezclan la determinación con el extravío, la irracionalidad con el afán de encontrar o denegar sentido a casi todo: a su propia vida, a la de sus hijos, al sobresalto de vivir como en suelo minado, sustrayendo lo mejor de sí misma al odio y a la muerte.
Abram se suma al viaje. Van como heridos los dos por un mismo rayo: zarandeados, enceguecidos, erráticos.

Él, oyéndola llorar, recuerda los días de su cautiverio. Pero no es el horror de la prisión egipcia lo que resurge, ni los salvajes suplicios que casi alcanzaron a convertirlo en un guiñapo, sino la figura enclenque de otro prisionero. Y sus gemidos nocturnos, que lograban exasperar a todo el mundo. 
Sentados hombro con hombro en el corredor de las torturas, Abram y el otro habían podido hablar. Aquel hombrecillo -nos revela el autor de la novela, David Grossman- “lloraba de celos porque presentía que su novia no le era fiel”.

Con sus gemidos sordos y sin fin, Ora y el soldado enclenque nos desvelan la inexpugnable intimidad del sinvivir. Frente a eso nada pueden los tanques, ni las picanas, porque el sinvivir comparte sitio con los sueños, las esperanzas y los fervores, acorazado allí donde la vida late con más fuerza. Por eso Abram, ensimismado en el daño inteligible y objetivo de la guerra, queda perplejo ante la pujanza de otras torturas que no entiende. Y sólo acierta a sentir, nos dice Grossmann, “un extraño respeto”.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.






jueves, 22 de noviembre de 2018

REALIDAD SOBREVALORADA


Albinus, protagonista de Risa en la oscuridad, novela de Nabokov, es crítico de arte y experto en pintura. A menudo, cuenta el narrador en el libro, se divierte atribuyendo a diferentes pintores los paisajes y rostros que descubre en la vida cotidiana. Desea convertir su existencia en una espléndida galería de arte. Pasea por la ciudad y ante sus ojos aparecen seres y se suceden escenas que imagina han pintado auténticos maestros.

Su mirada parece dotar a la creación artística de capacidad para construir hechos reales. Su visión se enfrenta, pensé mientras leía el libro, a la idea bastante extendida sobre el arte como copia de la realidad. Si acaso, contestaría tal vez Albinus a la mayoría de las opiniones, esa cosa llamada realidad no es sino un reflejo del arte, verdadero motor del mundo de lo real. Su posible observación, entendida ahora de manera simbólica en este texto que escribo, podría aplicarse también, creo, al ámbito de la creación literaria.

Cansa tanta charlatanería en torno a la literatura basada supuestamente en hechos reales. Se estima con frecuencia que las novelas son más valiosas y fiables cuando se fundamentan en acontecimientos que ocurrieron en algún espacio localizado en el tiempo y en el mapa. Además de la contradicción implícita en la expresión “novela realista”, porque la realidad es una cáscara vacía cuyo contenido se obtiene de lo que cada cual entiende por ella, ¿no está quizá sobrevalorada la realidad?

Del mismo modo que Albinus concibe un mundo al estilo de determinados maestros y plasmado con los matices que ellos mismos encontraron, cabe la posibilidad de emprender nosotros, individuos corrientes, una aventura similar. Sería fascinante asistir en la vida, por la calle, a situaciones recién salidas de un cuadro o una pieza musical, de las manos de un escultor o de una obra literaria. Sin embargo, solo con el propio soporte imaginario no se consigue apreciar esos momentos. Se requiere una interiorización del arte y para poder interiorizarlo parece imprescindible armarse de un conocimiento exhaustivo, en la actualidad tan devaluado.




FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

lunes, 29 de octubre de 2018

PARA QUÉ SER FELIZ





Uno siempre está solo, pero a veces está más solo, escribió la poeta Idea Vilariño. Sobran motivos para la desdicha. Sin embargo, la infelicidad, y con ella la tristeza, está hoy desacreditada. Se empeñan en vendernos la idea de la felicidad como principal objetivo en la vida. Nos bombardean a diario con recetas para ser felices. Con un planteamiento así se le da la espalda al dolor, un ingrediente insoslayable de la condición humana y una fuente de verdades. Se sitúa, además, la felicidad al alcance de la mano. Pero qué cosa se obtiene cuando se es feliz es lo que desea averiguar la niña que protagoniza una novela de Clarice Lispector.

La niña está en clase de lengua y, aparte de preguntarle a su profesora qué cosa se consigue cuando se es feliz, quiere saber qué pasa después de que se es feliz. ¿Qué ocurre después? insiste, ansiosa por conocer una respuesta. Puedo imaginarme la cara de sorpresa que pone la profesora en el momento en que su alumna formula mejor su acuciante consulta y pregunta a gritos para qué se es feliz. La sugerente escena del libro no solo cuestiona, o eso me parece a mí, el vacuo término felicidad, sino también discute la consideración de esta como objetivo.

La escritora Natalia Ginzburg, vuelvo a recordar ahora, no tuvo reparos en darle la razón a la gente que la creía infeliz. Más cierto para ella era, sin embargo, que no pretendía ser menos infeliz escribiendo. Procuraba, por el contrario, escribir a pesar de su infelicidad. Ni la escritura era su terapia, ni ella escribía para consolarse. Intentaba escribir, dijo, sin dejar que su infelicidad enturbiara e hiciera enfermar las cosas que escribía. Aunque “para llegar a ese punto”, matizó, “es necesario que la infelicidad no sea en nosotros una pregunta lacrimosa y llena de ansiedad, sino una conciencia absoluta, inexorable y mortal".

Son palabras que podría haber escuchado la niña del libro de Clarice Lispector si la profesora no le hubiese ocultado que también los patos pueden ser muy felices en su sucio charco cuando no conocen el mar.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



domingo, 14 de octubre de 2018

DEFENSA DE LA BREVEDAD


Pierre Michon tardó ocho años en entregar su obra La Grande Beune a la editorial. Precisó ese tiempo para darse cuenta de que a su texto le sobraban dos terceras partes. Necesitaba aligerarlo. Al final dio a publicar solo un tercio de las páginas que había escrito. Lo cuenta en Llega el rey cuando quiere, excelente libro que, editado en Wunderkammer y traducido por María Teresa Gallego Urrutia, recoge entrevistas realizadas a este escritor. Michon no se corta un pelo y se muestra autocrítico, divertido, ingenioso y provocador en sus respuestas, cuyo hilo conductor es tal vez su defensa de la brevedad en la escritura literaria. No en vano censura la novela concebida como cajón de sastre atestado de digresiones, peripecias, diálogos, sucesos y aventuras en detrimento de la voz y del enunciado que se ahoga, dice muy gráficamente, al ponerle demasiada agua al caldo.

Razón no le falta. ¿Acaso no se publican hoy, en nombre de la supuesta ductilidad de la novela, libros cortos de aliento y carentes de valor literario? 
Pierre Michon denuncia los libros gruesos, donde cabe todo, que tanto gustan al mercado y que, con un exceso de acción y acontecimientos relativos y arbitrarios, hacen que la novela pierda, por el camino, el potencial energético de la prosa.

Recurre a una metáfora farmacéutica para explicar el cajón de sastre en que se suele convertir la novela. Establece un símil entre un medicamento que contiene 0,5% de penicilina y 99,5 de excipiente y entre la novela tal y como se hace cada vez más en la actualidad: un excipiente enorme en que se ha perdido la penicilina. Contesta, además, con humor a los hipócritas que le suelen preguntar para cuándo esa gran novela suya: “Está muy claro, si un día puedo conservar intacto y sin manipulación mi potencial enunciativo durante trescientas páginas, no me negaré a ello; lo que pasa es que me da miedo estar ya con una transfusión de vena cuando llegue a la página trescientas.”
Considera que para escribir y perseverar en la escritura hay que querer perforar una pared y creer que las palabras le abrirán una brecha.




FUENTE: EL QUINQUÉ: LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



martes, 2 de octubre de 2018

AMAR LA LITERATURA



Yo recordaba de otra manera la escena del libro. Nueve o diez años atrás había leído la novela Hoy, Júpiter, de Luis Landero. Desde entonces retuve en la memoria una cita que el olvido no alcanzó a borrar. Sin embargo, con el transcurso del tiempo cambié un poco el escenario donde el protagonista, un joven escritor, rememora un momento de su pasado cuando era adolescente. En mi mente quedó grabada una comida familiar interrumpida por una fuerte discusión. Todos arremeten contra el chico, él se levanta de la mesa muy enfadado y les lanza las palabras que me resultan inolvidables: “Me voy a leer a mi cuarto para siempre.”

Hace días busqué y encontré la escena en la novela de Luis Landero. Me pareció curioso que yo fantaseara con una discusión que no ocurrió. En realidad, a los postres de la celebración familiar, el adolescente dijo de pronto: “Me voy a mi cuarto a leer.” Enseguida se levantó y se vio en el espejo del aparador. Le pareció que en su cara había una expresión grave, más propia de un adulto. Todos lo miraron entre irónicos y extrañados por el tono solemne que había usado para una frase tan banal. “Me voy a leer”, repitió como si se despidiera para un largo viaje.

 Tal vez mi fantasía añadió una discusión al fragmento del libro, e incluso inventó conversaciones corrientes y aburridas durante la comida familiar, porque así resaltaba la distancia entre la gris realidad y la literatura como hipótesis de vida. Al fin y al cabo, el chico va luego a su cuarto, se entrega de lleno a la lectura y se dice: “Este es mi mundo”. Imaginó que en él podría ser humilde y poderoso, rey y vasallo, mendigo y donador. Podría ser otros. Leía sin detenerse y el libro, con su bullicio de imágenes, personajes, conflictos en marcha y palabras ansiosas por significar, era en sus manos algo vivo y palpitante como un pájaro. Entonces pensó que lo que tendría que haber proclamado al levantarse de la mesa es: “Me voy para siempre a leer.” 


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.https://www.laprovincia.es/opinion/2018/09/29/amar-literatura/1102184.html

martes, 18 de septiembre de 2018

CITAS ININTELIGIBLES

                                             

El escritor Alberto Savinio comienza su libro Maupassant y el otro con una frase sorprendente: “Maupassant, un verdadero romano.” Supe, nada más leerla, que formaría parte de las citas ininteligibles que no mueren en mí después de acabar la lectura de los libros donde las descubro. Siento una extraña atracción por frases enigmáticas e incomprensibles. Aparecen ante mis ojos como portadoras de un lenguaje cifrado, en cuyo misterio se encierra un conjunto de sentidos potenciales. Su naturaleza ambigua se vuelve un incentivo para seguir rumiando posibles significados a la espera de cristalizarse. Nada importa que no lleguen a significar algo en concreto. Estimulan la reflexión y hacen que la mente se mantenga en movimiento, despierta.

Aquello que no se comprende, me digo, deja huella y abre un fabuloso mundo de posibilidades. Al fin y al cabo, entender es una manera de encorsetar la realidad, de someterla a los esquemas predeterminados de la limitada percepción humana.
La frase del libro de Alberto Savinio es un epígrafe perteneciente a Ecce homo, de Nietzsche. Deja todavía más perplejos a los lectores porque, como escribe Savinio, los epígrafes se ponen a la cabeza de escritos para esclarecer de forma escueta su contenido. Considera, sin embargo, que el epígrafe de Nietzsche ilumina tanto mejor la figura de Maupassant cuanto que no se comprende lo que quiere decir. Esa absurda definición que llama “romano” a Maupassant, añade, suscita un mayor interés hacia este que una definición exacta o menos superficial.

Quizá Nietzsche no quiso decir nada en particular, apunta, y pregunta con una buena dosis de ironía: “¿Me entenderá el lector si  digo que cuanto más se dice es no diciendo nada?” No en vano el epígrafe de Nietzsche quedó para siempre grabado en su memoria desde que leyó Ecce homo, treinta y cinco años atrás, y a partir de entonces le fue imposible pensar en Maupassant sin pensar al mismo tiempo: “un verdadero romano.”


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



sábado, 1 de septiembre de 2018

BUSCADORES DE FORMAS


El oficio de los escritores guarda tal vez alguna semejanza con el trabajo de los topógrafos. Cómo negar ciertas similitudes entre la actividad de aquellos, ante la pantalla en blanco, y la de estos profesionales que, entregándose a la exploración de las peculiaridades que presenta un terreno, lo delinean y describen. O quizás quiera yo ahora representarme así el quehacer literario, inspirada por la imagen del topógrafo que protagoniza Lento regreso, novela de Peter Handke. Aislado del mundo y sin apenas contacto con la gente, se convierte en un afanado buscador de formas en un extenso lugar de naturaleza salvaje. 

Examina el espacio durante meses y las formas que descubre se aparecen ante sus ojos como realidades simultáneas. Le sorprende la particularidad de todo lo que ve o imagina. Se maravilla de las cualidades únicas de cada acontecimiento en ese campo ilimitado donde las cosas se presentan de manera sincrónica en su mente y donde se borra el paso del tiempo.

Cuestiona entonces sus técnicas para aprehender y describir el paisaje. También sus métodos de representación del tiempo y de los espacios. Llega incluso a sentir vértigo por tener que pensar la historia de los movimientos y las formaciones del globo terráqueo en una lengua creada a partir de la historia de la humanidad. Esboza, en el fondo, un conjunto de interrogantes que podrían trasladarse, creo, al ámbito de la creación literaria. O tal vez se trate de un trasvase cuya necesidad responde solo a mi cansancio de cierta literatura tan en boga, sustentada en la lógica unidireccional de los acontecimientos temporales.

¿Por qué no tender a una narrativa capaz de contar sucesos espaciales múltiples como se evocan en un cuadro? Ver una realidad indefinida en la que concurren acontecimientos, en lugar de concebir una sucesión de hechos enlazados mediante relaciones de causas y efectos. Puede que ese modo de proceder acerque más la literatura al arte que prescinde de la palabra y busca formas sin establecer entre ellas una unidad artificial.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.





sábado, 25 de agosto de 2018

CUATRO FRAGMENTOS DE `LA RANA DE SHAKESPEARE´, DE RICARDO REQUES



                          La rana de Shakespeare, Ricardo Reques. Editorial Baile del Sol.


Cuatro fragmentos breves de esta novela consistente en un largo viaje insomne que realiza un investigador de anfibios en vías de extinción por las profundidades del norte de Argentina y que se convierte en un retrato de la naturaleza humana -frágil y a la vez terriblemente destructiva-, escrito en diferentes registros que trascienden con acierto el estrecho concepto de género literario y en el que, además de darse una ósmosis entre literatura y ciencia, se deslizan, de forma natural en consonancia con la trama, abundantes referencias literarias:  



"El mundo es del tamaño de lo que recorres, su extensión se limita a lo que has visto y vivido. Nada más. Pero no es todo lo que recorres, solo lo que recuerdas de ese recorrido."


"Quién sabe si ahora, en este preciso momento, los anfibios nos están advirtiendo de algo que está pasando en todo el planeta y cuyas consecuencias aún no podemos imaginar. Quizás la muerte de las ranas se parezca mucho al leve movimiento de las ramas cuando el bosque de Birnam, que describió Shakespeare, apenas comenzó a desplazarse sin que nadie aún, ni siquiera el centinela, se percatase de ello. Pero las brujas no se equivocaban, Macbeth no caerá vencido hasta que el gran bosque de Birnam avance hacia su castillo, algo que parecía imposible para la inteligencia de Macbeth. Quizás vivamos tan ciegos como él, atrincherados en nuestros inexpugnables castillos de estupidez sin darnos cuenta de que el bosque ha empezado a moverse hacia nosotros."

"Tú, el buscador de ranas, (...) eres un buscador de lo imposible. Hablar de ranas será dentro de poco tiempo como hablar de dinosaurios, de seres que han pasado a ser solo ideas, sombras o palabras, nada más que palabras, palabras que se extinguirán como las mismas ranas por la falta de uso. Entonces, eres también un buscador de palabras con vocación de extinguirse."



"Dudas de si alguna vez la has amado o solo amabas la imposibilidad de su amor. "





jueves, 26 de julio de 2018

BAILE DE CITAS




A veces siento que me invaden citas literarias. Se pasean a su aire en mi mente, se cruzan, se yuxtaponen y chocan unas con otras, dándose empujones como si tuvieran prisa en salir a la superficie de un mar revuelto. Se me imponen sin orden ni concierto y no consigo darles forma en mi cabeza. A la medusa no se le puede cortar el pelo en la peluquería, escucho. ¿Habla Claudio Magris en mí? Me gusta la literatura que me agarra de los pelos para mirarme de frente, creo que escribió Roberto Bolaño. La literatura es la mirada de la medusa, que te petrifica, pienso. Al menos yo necesito que la narrativa me sacuda, que no me permita encontrar un punto al que agarrarme, de modo que la lectura se parezca a ese instante en que mi propio cuerpo muerto me coja del todo desprevenida cuando entro en mi frío dormitorio.

Soñé que solo veía cosas cuya vista me causaba un dolor insoportable. De repente venía alguien y simplemente les quitaba a las cosas lo que tenían de doloroso, como si retirara un ataque que ya no tiene objeto. Este es un sueño que he robado al protagonista de un libro de Peter Handke, quien a gritos pide estados al quehacer literario, y no historias coherentes con un final consolador. Miro por la ventana y veo la vida inerte y me parece que ese tipo de realidad bárbara y muda es especialmente percibida hoy por quienes piensan que en el mundo ya no existe la simplicidad inherente al orden narrativo, escribió Enrique Vila-Matas, escritor cuya obra se enfrenta a los libros somníferos y efectúa una reanimación cardiopulmonar a la literatura.

Un libro es la noche, también la soledad del mundo entero, dijo Marguerite Durás. Hay quienes se sienten más seguros dentro de su propia oscuridad, escribió Mark Strand. Su madre, añadió, le dio la espalda a la literatura porque así sentía tener control sobre un mundo en el que contaba poco. ¿Creería que, a base de ignorar el horror como algo perteneciente a las leyes de la naturaleza, podría dominarlo?



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.