domingo, 3 de febrero de 2019

DEJAR DE SER ESCRITOR



                                                           Imagen de Pedro Guerra



“Escribir es dejar de ser escritor”
, escribió Enrique Vila-Matas para referirse al duro y paciente oficio de la escritura. Un oficio en el que, como él señaló en un memorable texto que lleva este epígrafe como título, los escritores avanzan en tinieblas, jugándose la vida. Frente a quienes consideran que lo importante es escribir y entregarse de lleno a su trabajo se sitúan aquellos cuyo primer objetivo en la escritura es la búsqueda de dinero y fama. Personas que se dedican a cultivar, por decirlo de alguna manera, la dimensión horizontal de la literatura.

 Me vino de nuevo a la mente la frase de Vila-Matas cuando leí una entrada del primer diario de Ricardo Piglia. Ahí relata que a sus veintidós años ganó el concurso de cuentos organizado por una revista de bastante peso entre los jóvenes. Le divirtió haberse enterado del premio en una conferencia sobre Salinger que una escritora consagrada dio en la Facultad donde él cursaba estudios. Ella era miembro del jurado de ese concurso y en medio de la charla comenzó a hablar de una revelación literaria, nombrando a Piglia. Elogió su cuento sin saber que el joven, para ella desconocido, se encontraba entre el público.

Él no se animó a decir una sola palabra. Prefirió seguir sentado, anónimo. No se reconoció en el autor del cuento, una promesa seria de la joven literatura argentina, según la escritora. “Un verdadero horror, demasiado real. La literatura es mucho más misteriosa y más extraña que la simple presencia física del así llamado autor”, escribió Piglia en su diario.

 Parece haber tenido claro desde joven que lo suyo no era ir de escritor, sino escribir. Su conducta me trae a la memoria la actuación de Ravel durante una grabación de su cuarteto de cuerda. Al margen de que su comportamiento respondiera a un fallo fatal  de sus facultades mentales, podría convertirse en guía de los artistas y, en concreto, de los escritores. En la sala de control hizo sugerencias y correcciones a su pieza musical. Al final, transcurrida la sesión, se volvió al productor, le dijo que la obra era realmente muy buena y añadió: “Recuérdeme el nombre del compositor.”



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


sábado, 26 de enero de 2019

EL CRACK-UP




La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y seguir conservando la capacidad de funcionar, escribió F.S. Fitzgerald en El Crack-Up. Ser capaz, por ejemplo, de saber que ciertas cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo. Esa alta inteligencia a la que se refiere Fitzgerald incluye el afán y las ganas de vivir. No en vano aclara el escritor que fue a comienzos de su edad adulta cuando vio hacerse realidad lo improbable e incluso lo “imposible”. La vida parecía rendirse ante su inteligencia y su coraje. Eran largos días de ensueños y de heroísmos imaginarios.
Durante muchos años logró mantener en equilibrio el sentido de la inutilidad del esfuerzo y el sentido de lucha por sus propósitos e ideales, la convicción de la inevitabilidad del fracaso y la decisión de triunfar. Luego le llegó el derrumbamiento. Se dio cuenta de que se había desmoronado, confiesa con una enorme lucidez en El Crack-Up , texto donde dice haber odiado la noche por no poder dormir y el día porque se encaminaba hacia la noche.

Al margen de otras consideraciones, su conciencia del inevitable fracaso parece haber vencido al poder de su voluntad. Se rompió el equilibrio entre ambos. De forma prematura en su caso, pero suele ocurrir a menudo cuando se alcanza la vejez y se vive con menos ahínco. Eso pensé después de haber leído las palabras con las que Alice Munro se despidió hace años de la escritura. “Hasta aquí”, dijo. “Y no es que no ame escribir", puntualizó, "pero llega un momento en que tu modo de pensar la vida es distinto. Y quizás cuando tienes mi edad ya no quieres estar sola como debe estarlo un escritor." Una humilde despedida que contrasta con el resentido adiós de Philip Roth a sus setenta y nueve años: "He dedicado mi vida a la novela. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes.”

Cabe preguntarse, de acuerdo a la filosofía de Fitzgerald sobre las dos ideas opuestas en la mente, si Roth decidió abandonar la escritura o si la escritura lo abandonó antes a él.





FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

jueves, 24 de enero de 2019

`LA PIEL DE IRLANDA´ : CUATRO FRAGMENTOS





Bellas imágenes ocurrentes y una escritura elegante y fluida caracterizan esta novela de Isabel Verdú Arnal. Un largo viaje desde Barcelona a París y Londres que desemboca en Irlanda, en cuyo corazón se interna la protagonista. Ella busca pistas que den algún  sentido a la vida que ha llevado un familiar desaparecido, pero en el proceso de búsqueda se va enfrentando a su modo de conducir la propia existencia mientras se va desposeyendo de sí misma en un intento de renacer de sus ruinas.
La piel de Irlanda es, a la vez  que una inmersión en la diversidad cultural de Irlanda, un viaje literario en el que, entre otras figuras, destacan James Joyce y Enrique Vila-Matas.       




CUATRO BREVES PASAJES DE LA NOVELA:


Que todo esto se detenga, ojalá no sea sino una novela, me decía a menudo, corazón al galope. Pero el caos invadía la trama, los personajes carecían de una jerarquía clara, y todo parecía agitado, difícil, oscuro.




Pero hay otra manera de estar de paso, y es la del funambulista en el vacío; la de quien sigue una línea pero sin haber decidido hacia dónde; la de quien adelgaza su persona a medida que avanza, como si estuviera a punto de desaparecer.




Cierto, aunque nada tenga sentido habrá que tratar de ahondar en el sinsentido hasta el final. 




El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad. No quiero estudiar arte. Quiero que mi vida se convierta en arte.





(La piel de Irlanda, Isabel Verdú Arnal. Editorial Verbum. Madrid, 2018.) 





miércoles, 9 de enero de 2019

UNA CASA VACÍA




Parece difícil responder a la pregunta acerca de qué se puede meter o no en un texto literario. Fácil es contestar que cabe introducir todo lo que resulte congruente con la obra, porque en realidad no se está clarificando nada. Mario Levrero intentó aproximarse al asunto situándose en una etapa previa a la escritura, en el momento en que el escritor está sentado ante la pantalla. Cuando se da la página en blanco, escribió, no es por falta de temas, sino por exceso de temas que compiten entre sí. El problema que se le plantea al escritor no sería entonces qué escribir sino qué no escribir. Desde esa perspectiva imagino la escritura de ficción como una casa vacía que se va habilitando con el mejor estilo para vivir en ella.

La imagen de la casa vacía me trae a la memoria una carta de Coetzee a Paul Auster en el libro Aquí y ahora, que comprende la correspondencia entre los dos escritores desde 2008 a 2011. En un pasaje de la carta expresa Coetzee su modo de operar en la escritura. Dice: "La habitación en que se desarrolla mi acción ficticia es un sitio muy desnudo, un cubo vacío, de hecho; solo le incorporo un sofá si va a hacer falta (si alguien va a sentarse en él o mirarlo), y después el mueble con el cajón superior izquierdo donde están los cubiertos, sin el cual no podemos tener el cuchillo con el que la heroína ha de untar la tostada de mantequilla.”

En la misma dirección parece haber obrado Yasunari Kawabata. Escribió un sinfín de cuentos que cabían, como él afirmó, en la palma de una mano. En ellos incorporó con una medida cóncava lo esencial. Todavía más, tres meses antes de suicidarse redujo su célebre novela País de nieve a un relato breve. Realizó una miniaturización del libro, convirtiendo parte de su contenido en una sucesión de escenas, con ánimo de sustraerle los elementos accesorios. Procedió de igual manera en el instante anterior a la creación de una obra y a posteriori. No hizo otra cosa que entregarse de lleno, como hacen los verdaderos escritores, a su oficio. Se concentró en el material indispensable para descartar primero, y borrar luego, el material innecesario.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



domingo, 23 de diciembre de 2018

ACASO SÓLO UNA FRASE INCOMPLETA




Acaso sólo una frase incompleta
es el sugerente título del libro de Eugenio Padorno recién publicado por la editorial Mercurio. Una obra maestra de poesía reunida que abarca medio siglo, desde 1965 hasta 2015. El título parece insinuar una fatal distancia entre la luz –verdadera e inalcanzable– y las limitadas posibilidades del poeta para captarla en su oficio. Nada sabe la luz de los cantos de la luz, pero es “cruel que el hombre envejezca en la casa que un día levantó sin haber comprendido sus sombras”, escribe Eugenio Padorno. Él vive para pensar y escribir, no al revés. Ante el mundo como caos que otros poetas intentan acomodar a su voz con el fin de huir de lo inexplicable, su apuesta literaria radical se aleja de cualquier promesa consoladora.

No se puede alcanzar la totalidad, pero lo indecible, parece suscribir Padorno, le será dado al poeta en su quehacer –lugar de fusión del ser y de la sustancia de lo poético– a través de vagas aproximaciones. Eugenio Padorno habla de alternativas textuales posibles para aproximarse a la totalidad tan buscada como impenetrable. Su apuesta literaria pasa entonces por asumir de antemano una derrota y el exilio del poeta, requisitos para emprender la búsqueda de algo que precisa todavía de forma y que debe enfrentarse, como escribe Jorge Rodríguez Padrón en el excelente prólogo del libro, a la complejidad de lo anterior a ser dicho.

Eugenio Padorno se desvive por la verdad que la poesía debe ser. No es representación, ni redecir las cosas dichas, ni dar nuevas palabras a lo que se conoce. La poesía es posibilidad creadora, “lo que aun avizorado, carece de lugar y no existe como realidad verbalizada”. Y el poeta, parte del misterio que él se afana en descubrir y habitante del poema donde se deja la vida, es un indagador de lo inexplorado y desconocido. Porque Eugenio Padorno no se engaña, escribe: “No importa cuantas veces me diga //Que soy libre… Nunca podré escapar // De las preguntas de esta Luz.” 



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.  





sábado, 8 de diciembre de 2018

CONCURSOS LITERARIOS

                                                            Imagen de Pedro Guerra


No parece extraño que los escritores se pregunten si los concursos literarios son limpios. Cuando concurren con una obra a un premio piensan a menudo que el resultado del certamen podría haberse decidido previamente. No trato de generalizar. Hay premios literarios que se libran del amaño, pero la desconfianza y la incertidumbre que experimentan los escritores están, creo, del todo justificados.

A veces se conforman con la posibilidad de quedar finalistas y así poder negociar –nunca mejor empleado este verbo– con alguna editorial la publicación de su obra en circunstancias menos desfavorables. De todos modos, cabe también preguntarse si la figura del finalista en concursos donde intervienen editoriales no es en muchos casos un invento con ánimo de lucro. Una maniobra dirigida a la promoción de la editorial y a la captación de nuevos escritores. Con la convocatoria de un certamen literario dan a conocer los editores su empresa y atraen a posibles candidatos que se someterán luego a condiciones despiadadas. Encima, los finalistas, emocionados por haber arañado el premio, podrían contactar con la editorial y conseguir la publicación de sus manuscritos. Quizá obtengan a cambio una pequeña rebaja económica.
  

Motivos sobran, sí, para que los escritores que presentan sus obras a concursos literarios desconfíen y se sientan defraudados. De entrada, no tienen la garantía de que el jurado lea sus manuscritos. Un comité invisible de expertos sin nombre se encargará de realizar la primera gran criba. Nadie sabrá, ni siquiera al final del proceso –nunca mejor empleado el sustantivo, gracias a Kafka–, quiénes son sus miembros y cómo han sido nombrados. Sobre un puñado de técnicos desconocidos recae la decisión más importante del certamen: la selección de obras que pasan al jurado encargado de valorarlas y de premiar una entre las finalistas. Atrás quedarán otras, la mayoría, que tal vez habrían obtenido una valoración alta del jurado. Eso, claro, en el supuesto caso de que no haya una confabulación para conceder el premio a un manuscrito antes de comenzar el concurso.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.




sábado, 1 de diciembre de 2018

UN EXTRAÑO RESPETO



"La oyó sollozar muy bajito, con un gemido largo y monocorde”. Así suena la angustia de Ora, protagonista de La vida entera. Quien la escucha es Abram, uno de los dos hombres a los que ama. En su adolescencia, durante la guerra de los seis días, los tres compartieron una experiencia extrema. Eso los dejó atados para siempre.

 Ahora la mujer recorre a pie todo Israel, medio enloquecida por una especie de sinvivir: el miedo a la muerte de un hijo, reclutado para una misión de alto riesgo. En su viaje se mezclan la determinación con el extravío, la irracionalidad con el afán de encontrar o denegar sentido a casi todo: a su propia vida, a la de sus hijos, al sobresalto de vivir como en suelo minado, sustrayendo lo mejor de sí misma al odio y a la muerte.
Abram se suma al viaje. Van como heridos los dos por un mismo rayo: zarandeados, enceguecidos, erráticos.

Él, oyéndola llorar, recuerda los días de su cautiverio. Pero no es el horror de la prisión egipcia lo que resurge, ni los salvajes suplicios que casi alcanzaron a convertirlo en un guiñapo, sino la figura enclenque de otro prisionero. Y sus gemidos nocturnos, que lograban exasperar a todo el mundo. 
Sentados hombro con hombro en el corredor de las torturas, Abram y el otro habían podido hablar. Aquel hombrecillo -nos revela el autor de la novela, David Grossman- “lloraba de celos porque presentía que su novia no le era fiel”.

Con sus gemidos sordos y sin fin, Ora y el soldado enclenque nos desvelan la inexpugnable intimidad del sinvivir. Frente a eso nada pueden los tanques, ni las picanas, porque el sinvivir comparte sitio con los sueños, las esperanzas y los fervores, acorazado allí donde la vida late con más fuerza. Por eso Abram, ensimismado en el daño inteligible y objetivo de la guerra, queda perplejo ante la pujanza de otras torturas que no entiende. Y sólo acierta a sentir, nos dice Grossmann, “un extraño respeto”.



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.