jueves, 5 de julio de 2012

DECIR NOCHE: PRESENTACIÓN EN EL CLUB LA PROVINCIA

Presentación de Decir noche en el Club La Provincia el 27 de junio 2012.
Intervinieron, además de la autora del libro, Eugenio Padorno, poeta, ensayista, profesor y escritor, y Berbel, escritora, profesora y poeta.   







miércoles, 4 de julio de 2012

GAUDEAMUS, DE LUIS ANTONIO GONZÁLEZ HERNÁNDEZ




Luis A. González Hernández, autor del libro de poemas Decirlo, ha dedicado un poema a Decir noche, con motivo de la presentación de este libro el 27 de junio en Las Palmas de Gran Canaria. 

GAUDEAMUS

(PARA ELISA)

Desde esa ventana intemporal,

hacia el jardín de tus ciegos visionarios,

se funden los paisajes interiores

en silencios

cargados de sentido;

palabras mudas,

aprisionadas o condensadas,

que vuelan, escapan o flotan,

hasta encontrarse, texto

y contexto, allá abajo,

creando -o recreando-

sombras y escenarios imposibles.


Un Prater de vida y fantasía,

dormida o ensoñada.


Por el bello milagro

de tu serena alquimia,

detrás de los barrotes

de ese espacio sin flores,

sin ojos,

quede dicha tu noche.


¡Dichoso te sea el día!

LG




Poema de Luis A. González Hernández en Decirlo:

IMAGEN RITUAL

Quebrantos en la noche cuelas
de almizcle y rosas,
néctar de humo marino
y ambrosía fundidos.

Sobre el dorado altar
de estrellas has dormido
esa pequeña copa
de alquimia y hielo.

Te incorporas y temo
que la brisa te toque
o arrebate.

Inmóvil te contemplo
sin saber qué decirte,
mudo jilguero.

(Decirlo, año 2011. ISBN: 84-614-7276-5. Diseño y maquetacón:    Susana Henríquez. Control de la edición: Ana Lola Betancor. Impresión: Pérez Galdós.)

sábado, 30 de junio de 2012

TRES TÍTULOS: 20 POLVOS, LOS CHINOS Y DECIR NOCHE, EN "ACUSE DE RECIBO", DE ANTONIO BORDÓN




Decía Nietzsche que “quien no dispone de dos tercios del día para sí mismo es un esclavo”. Valga esta sentencia para excusarme por no haber dado acuse de recibo de los libros que asiduamente me llegan por correo. Algunos títulos esperan en mi mesilla de noche desde hace un año para ser leídos o “leerme”. El escritor israelí David Grossman, en En la piel de Gisela, habla de los “libros que lo han leído”. Como quiera que sea, de entre el montón de libros que hacen equilibro al borde de la mesilla selecciono tres títulos de autores canarios: 20 polvos (Mi cabeza editorial), de Rafael Fernández, Los chinos (Ediciones Vitruvio), de Nicolás Melini, y Decir noche (Eutelequia), de Elisa Rodríguez Court.

No es nada habitual encontrar escritores jóvenes que hagan del libro que andan escribiendo su única manera de vivir. Muy pocos reconocerían que lo que más les importa es trasladar el pequeño accidente de la existencia al libro que tienen entre manos. Es más: son muy pocos quienes estarían dispuestos a convertir su vida en caligrafía. Ese es el signo de los excepcionales y es el signo (o el sino) de Rafael Fernández, cuyo primer libro 20 polvos narra sus aventuras eróticas, como un moderno Casanova para el que no hubiera diferencia entre la realidad y sus deseos. Texto difícil de evaluar; no novela, sin duda, tampoco diario; quién sabe si un ardid para contarnos cómo y por qué empezó a escribir.

Veinticuatro poemas integran Los chinos, el último libro de poesía de Nicolás Melini que habla de la derrota, de las derrotas y, también, del deseo, que a veces se entremezcla con aquéllas. A todos los define un rasgo que trasciende los datos del estilo o los materiales temáticos allegados: son personales. Personales antes que estilísticamente novedosos u originales, pese que hay en ellos una voluntad fuerte de ruptura con las poetas de su entorno: “Me hace gracia... / Todos esos poetas que / se inventa un / mundo / supletorio / son muy divertidos. / No tienen ni / idea de éste y / sin embargo se ponen / a hablar / desde otro. / Como / ventrílocuos... Viven / aquí pero nos hablan desde allá / no se sabe muy bien dónde”. Melini, siempre claro, exigente, sincero, sabe que con este libro se la juega y no precisamente a los chinos.

No hay ninguna duda que Elisa Rodríguez Court despide literatura por sus cuatro costados. Decir noche nos muestra a una escritora curtida en letras y en propósitos narrativos ambiciosos. De igual modo que durante la vejez asoma al rostro la calavera que determina sus rasgos, así también en sus páginas destaca con claridad los autores que han conformado su mundo: Hofmannsthal, Kafka, Woolf, Vila-Matas. Y, al igual que en la obra del autor de Carta de Lord Chandos, no sólo habita el fantasma de la desazón al hallar “imposible expresar un juicio sobre […] cualquier cosa”, sino también el desafío de construir con palabras una obra que vaya más allá de su condición de crónica de las batallas que se libran en cualquier conciencia cuando se afana en atrapar las cambiantes formas de la vida.


ANTONIO BORDÓN, publicado en La Provincia, 28 de junio de 2012



sábado, 16 de junio de 2012

"DECIR NOCHE" EN LA REVISTA CULTURAMAS


Culturamas, la revista de información cultural en Internet recomienda Decir noche:

Decir noche, de Elisa Rodríguez Court. Por Rebeca García Nieto


Decir noche. Elisa Rodríguez Court. Eutelequia. 174 páginas.


Llueve con fuerza también en el jardín de estatuas sin ojos. Emily Dickinson deja de perseguir con su mirada a Lord Chandos, cierra la ventana de su cuarto y escribe una carta a A.T.W. Higginson, su preceptor (…) Habla de libros que no ha leído porque le tienen sin cuidado y finalmente escribe: “Mientras perdure Shakespeare, la Literatura es sólida”.


Decir noche, editado recientemente por Eutelequia, traspasa las fronteras de los géneros literarios, combinando magistralmente ficción, poesía, ensayo y metaliteratura. Con una acertada mezcla de lirismo y erudición, Elisa Rodríguez Court ha creado un espacio aleph donde Hofmannsthal, Kafka, Julian Barnes, Ricardo Piglia o Enrique Vila-Matas reflexionan sobre el acto de escribir. Al igual que en la eternidad se concentran todos los tiempos posibles, este borgiano lugar, el jardín de estatuas sin ojos, es un punto en el espacio que contiene todos los mundos habidos y por haber, lo que hace posible el diálogo entre genios de la literatura cuyas vidas transcurrieron en distintas épocas y lugares.

Partiendo del famoso estupor del que fue presa Lord Chandos al darse de bruces contra los límites del lenguaje, Decir noche bucea en las vivencias de distintos escritores que en algún momento sufrieron “el desfallecimiento de la palabra”. Hay algo peligroso en el lenguaje, algo que puede arrastrarte irremediablemente a tus propias profundidades si te dejas llevar por él, pero no solo Montanos y Bartlebys confluyen en este jardín… Encerrados tras sus rejas, escritores entregados en cuerpo y alma a la literatura, como Flaubert o Woolf, disfrutan de una libertad infinita: escribiendo son otros, pasean por lugares donde nunca han estado o flotan en alta mar mientras caminan sobre tierra firme.

Decir noche es un homenaje a la literatura. Escritores, lectores que se adentran en un libro cuando buscan una puerta de salida y, por supuesto, mirones tienen cabida en este peculiar jardín en que uno entra y no desea volver a salir.

jueves, 14 de junio de 2012

LITERATURA VERSUS IDEOLOGÍA: VIAJE ALREDEDOR DE ALGUNAS CITAS

Publicado en

ANIKA ENTRE LIBROS

CIBERANIKA.COM


LITERATURA VERSUS IDEOLOGÍA:

Viaje alrededor de algunas citas de Gustav Flaubert, Enrique Vila-Matas y Claudio Magris

El debate en torno a las relaciones que mantiene la literatura con la ideología y el compromiso sigue abierto. No parece, pues, un asunto baladí. En nombre de ideologías y de supuestos compromisos sociales se han elaborado novelas pudibundas. También ciertas perspectivas moralistas han dado como resultado obras literariamente intragables.
La literatura carece de propósito para cambiar el mundo. Distinto es que pueda contribuir a la ampliación de miras de los individuos, a elevar su nivel de conciencia, a romper la visión unidireccional del pensamiento.


Claudio Magris habla en su libro Alfabetos. Ensayos de literatura. de la voz imparcial que dan los escritores a las más diversas cuerdas y a las más antitéticas pasiones. En la literatura existen muchas habitaciones, dice, y no se necesita elegir ideológicamente entre voces contrastantes. Prosigue:

Se puede -se debe- creer a la vez en la fe de Tólstoi y en la inercia de Oblómov; los grandísimos escritores son aquellos cuya perspectiva abarca 360 grados. A veces me pregunto de qué lado estoy, si mi historia es la contada por Guerra y paz, por la Metamorfosis de Kafka o por el Auto de fe de Canetti.

Como escribe también Enrique Vila-Matas en El viento ligero en Parma:

La condición existencial del hombre es superior a cualesquiera teorías o especulaciones sobre la vida.

Nada mejor entonces que la literatura como amplio abanico de las manifestaciones de lo universal-humano. La literatura contempla universalmente las realidades, los conflictos y posibilidades de la existencia humana. Para esta ningún tema es un impedimento o una prohibición. No hay ideología alguna que imponga desde fuera sus imperativos. La literatura es autónoma y se desmarca de todo funcionalismo político.

( A modo de digresión, añado a este texto, publicado en Anika entre libros, el enlace para acceder a uno de los artículos de Vila-Matas que vio recientemente la luz en El País y que, en cierto modo, se relaciona colateralmente con lo que se aborda aquí: Estado de ánimo. Igualmente transcribo un pasaje revelador al respecto contenido en Aire de Dylan, novela de Vila-Matas que se publicó después de escribir mi texto:

Me entretuve en el bar con un colega muy pesado (...) que no paró de hablarme de la cantidad de cosas con las que tenemos que competir los novelistas en el mundo actual, tantas - me decía desesperado ese horrible colega- que se planteaba tirar la toalla, porque hoy en día obtener la atención para una novela es mucho más difícil de lo que antes solía serlo, pues cada vez los escritores debemos convivir con más atracciones y diversiones, crisis económicas, invasiones de países árabes, rivalidades futbolísticas, amenazas para la supervivencia, hambrunas y crímenes horrorosos, podridas bodas reales, terremotos devastadores, trenes que descarrilan y no precisamente en la India...
Rearmándome de una sensatez que siempre he detestado, pero que a veces he de rescatar de lo más hondo de mi espítitu para corregir a los idiotas, le expliqué que era mosntruoso y absurdo ver como "rivales" a todas esas cosas que me había estado nombrando. ¿O es que no lo comprendía? Le cité una caricatura que había hecho de un intelectual el dibujante Daumier; en ella se veía a una dama de aspecto severo que hojeaba enfadada el periódico en la mesa de un café. "No hay más que deportes, caza y disparos. ¡Y nada de mi novela!", se quejaba.
Ahí estaba, bien evidente, el gran error: creer que un libro tenía que competir con el último asesino en serie o con el último caudillo árabe destronado. ¿O acaso escribimos para los que siguen las noticias de lo que ocurre en Wall Street, en Siria, en Libia, en Irak, en Grecia, en Japón y en la pujante China?
Los hacedores de esas noticias todas tan tremendas, decía Bellow, piensan en la conciencia como un territorio que se acaba de abrir para los colonizadores y la explotación, una especie de fiebre por la tierra de Oklahoma. Pero en realidad el escritor le habla a un lector indefinido, pero que de algún modo imagina que tiene que ser como él, alguien que no se deja ahogar del todo por los cien mil atractivos de Oklahoma y en cambio se muestra interesado por el esfuerzo grandioso que hay que hacer, a menudo un esfuerzo secreto y más escondido, para poner en orden la confundida conciencia.
Ese trabajo secreto con la conciencia, traté de explicarle al odioso colega, que miraba cada vez más hacia otro lado, se desarrolla en perímetros alejados del gran espectáculo del mundo. (...)
Ese trabajo secreto con la conciencia no se ve jamás en la televisión, no es mediático, habita en las viejas casas de la vieja literatura de siempre. )

Vila-Matas distingue entre literatura y compromiso. Concibe la voz del escritor como la voz de un pájaro solitario, expresión de alguien que no se erige en portavoz del pueblo ni es un himno o representante de una clase social o de un movimiento artístico, porque, de lo contrario, la literatura deja de ser literatura para convertirse en un simple instrumento de poder.
Un escritor se representa solo a sí mismo y su voz, como escribe Vila-Matas, es obviamente débil, pero es precisamente esa voz personal, su voz de pájaro solitario, la que resulta más auténtica. En su debilidad reside su fuerza, ya que se despliega en un espacio de libertad sin cortapisa alguna. ¿Significa ello que los escritores le dan la espalda al mundo? Vila-Matas responde que las voces de los buenos escritores no se desentienden del rumbo del mundo, pero no se comportan respecto a este como si quisieran aportarle respuestas. Señala:

Lo suyo es un asfalto mojado por la lluvia, mirar cómo pasan los trenes y sentir el viento de sus voces no serviles.


Flaubert, por su lado, escribe en una carta a Louise Colet que en literatura su creencia es no tener ninguna. Y en otra misiva le dice que no busca la vibración sino el diseño. El estilo. Invita a Colet a amar el Arte, porque de todas las mentiras es la menos engañosa. Para Flaubert no hay temas viles o hermosos. En literatura el estilo es la manera absoluta de ver las cosas. Este se encuentra bajo las palabras y en el interior de las palabras. Es tanto el alma, afirma, como la carne de una obra. En consonancia con las ideas sobre la literatura de Magris y Vila-Matas, se lee en otra carta suya a Colet:

El Arte es una representación, solo debemos pensar en representar. Es necesario que el espíritu del artista sea como el mar, lo bastante amplio para que no se vean sus límites, y lo bastante puro para que las estrellas del cielo se reflejen hasta el fondo.


Claudio Magris escribe que la literatura no es juicio moral, sino identificación con un personaje, con su modo de ser, generoso o malvado, con su fe, su pasión, su violencia o delirio. En su opinión, la literatura no juzga ni pone notas de conducta a la vida, que discurre más allá o más acá del bien y del mal. Si el arte es belleza, apunta, esta última no siempre implica la aparición del Bien y de la Verdad.
Hay que diferenciar entre ideología de los escritores y sus obras, porque, como bien expresa Claudio Magris, el compromiso no atañe a los escritores o a los artistas solo en cuanto tales, ni tampoco les incumbe a ellos más que a otras personas con otros oficios. Los deberes elementales hacia los otros conciernen por igual a todo el mundo. Concluye:

Ser leales, solidarios, sinceros, fieles, debe ser fundamento de toda existencia (...). La responsabilidad hacia el mundo concierne a todas las personas, a su relación con los demás, afecta a su vida y a su trabajo, y no importa que sea abogado, escritor o barbero.


Reducir, como pretenden algunos, la literatura a una ideología, una causa o a un deber mata la literatura.


Elisa Rodríguez Court - ArtiLiteratura © Ciberanika.com

Texto en Anika entre Libros

domingo, 10 de junio de 2012

CONTRAPORTADA DE DECIR NOCHE. REBECA GARCÍA NIETO.


ILUSTRACIÓN DE MIGUEL ÁNGEL MORENO GÓMEZ, DE LA EDITORIAL EUTELEQUIA 
http://eutelequia.com/



Decir noche traspasa las fronteras de los géneros literarios, combinando magistralmente ficción, poesía, ensayo y metaliteratura. Con una acertada mezcla de lirismo y erudición, Elisa Rodríguez Court ha creado un espacio aleph donde Hofmannsthal, Kafka, Duras o Dickinson reflexionan sobre el acto de escribir. Al igual que en la eternidad se concentran todos los tiempos posibles, este borgiano lugar, el jardín de estatuas sin ojos, es un punto en el espacio que contiene todos los mundos habidos y por haber, lo que hace posible el diálogo entre genios de la literatura cuyas vidas transcurrieron en distintas épocas y lugares.

Partiendo del famoso estupor del que fue presa Lord Chandos al darse de bruces contra los límites del lenguaje, Decir noche bucea en las vivencias de distintos escritores que en algún momento sufrieron “el desfallecimiento de la palabra”. Hay algo peligroso en el lenguaje, algo que puede arrastrarte irremediablemente a tus propias profundidades si te dejas llevar por él, pero no solo Montanos y Bartlebys confluyen en este jardín… Encerrados tras sus rejas, escritores entregados en cuerpo y alma a la literatura, como Flaubert o Woolf, disfrutan de una libertad infinita: escribiendo son otros, pasean por lugares donde nunca han estado o flotan en alta mar
mientras caminan sobre tierra firme.

Decir noche es un homenaje a la literatura. Escritores, lectores que se adentran en un libro cuando buscan una puerta de salida y, por supuesto, mirones tienen cabida en este peculiar jardín en que uno entra y no desea volver a salir.

                                     REBECA GARCÍA NIETO

viernes, 8 de junio de 2012

EL VIAJE VERTICAL, DE ENRIQUE VILA-MATAS, O NADA LE IMPORTA A LA MECHA OCUPADA EN SU AFÁN FOSFÓRICO


Sándor Márai cuenta en sus Diarios que, ya viejo y acabado, se hizo con una pistola que guardó en una gaveta para esperar el momento oportuno. Lo encontró y se mató a los 90 años de edad.
Después de la muerte de su mujer comienza una nueva etapa para él. Escribe que hay gente que siente la necesidad de llamar la atención casi en grado patológico, pero que en su caso lo patológico son las ganas de desaparecer. No leer su nombre, ni dar noticia alguna. Solo desvanecerse. Le conforta, mientras tanto, saber que tiene un revólver en el cajón de la mesita de noche y añade:


No es la desesperanza lo que me insta a pensar en ello, sino la idea de que es la única vía, la única manera de huir de una situación vergonzosa. Esa situación vergonzosa es la vida, esta ilusión grotesca.


Es viejo y considera una impertinencia vivir más de la cuenta. Dice que es como cuando los anfitriones intercambian una mirada disimulada preguntándose cuándo se marcharán los invitados.


Federico Mayol, protagonista de El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas, no necesita un arma de fuego para terminar definitivamente con su vida. Tiene 70 años y su mujer lo ha abandonado, después de haber compartido juntos 50 años de matrimonio y 3 hijos. Se siente un fracasado en todos los ámbitos de la vida y carece de fuerzas para empezar de nuevo. Deambula por las calles como un novato que se sintiera perseguido por una frase  de Los apuntes de Malte Laurids Brigge, de Rilke:

En la vida no hay clases para principiantes; enseguida exigen de uno lo más difícil.

Decide entonces dejar atrás su pasado y dedicarse a viajar. De Barcelona a Oporto y de Oporto a Lisboa. Más tarde vuela a Madeira y termina, finalmente, hundiéndose en la desaparecida Atlántida, en el fondo del mar. 
No acaba de golpe con su vida. No se pega un tiro. Se convierte en un viajero lento que, de modo progresivo, va cambiando interiormente. Emprende un viaje vertical y en su proceso de descenso se van mostrando los ingredientes variopintos de su identidad. Como escribe Vila-Matas en "El discurso de Caracas", contenido en su libro El viento ligero en Parma:


La identidad -puede comprobarse en El viaje vertical- es algo movible. En la unidad de la persona confluyen elementos varios, contradictorios, provisionales, fluctuantes.


En Oporto parece seguir moviéndose entre el miedo y la esperanza, pero  en la medida en que avanza hacia el sur, su descenso se torna en viaje sin retorno. Poco a poco se va cumpliendo ese pensamiento que tuvo en el momento de partida de Oporto: convertirse en el protagonista de una simple sucesión de despedidas. Concebir la vida -aunque esta hubiera ya entrado en su última etapa, o precisamente a causa de esto, tal y como escribe Vila-Matas en el libro- como una serie de rupturas esenciales con todo. Es un proceso de desasimiento irreversible.
Mayol comienza su descenso en la estancia de la desesperación y la tristeza y termina abrazando felizmente su desaparición en la nada. Antes de acabar con todo ha pensado en su vida de viajero sin rumbo, exclamando:


Qué acierto más grande (...) decir que el tiempo pasa con lentitud y facilidad. Es exactamente lo que me está sucediendo desde que salí de viaje.

Al comienzo de su viaje le sobreviene una terrible sensación de extrañeza. La realidad parece alejarse y se siente distante de las cosas en general. Está absolutamente solo, se aburre y percibe el paso lento del tiempo como una carga. Por qué ha de variar el tiempo, dependiendo de las circunstancias, es una pregunta que deja de lado, al contrario que el viejo moribundo del libro Los infinitos de John Banville, quien en un monólogo sobre las diferentes percepciones del tiempo, termina preguntándose:

¿Por qué el tiempo de un dolor de muelas es tan diferente del tiempo que pasa comiendo una golosina, uno de los muchos dulces que con el tiempo van a causarle otra caries? 

Mayol descubre en su viaje vertical que la vejez no solo quita, sino también da. Es el momento en que asume plenamente que la vejez es, en verso de Antonio Gamoneda, "claridad sin descanso." La única salida es hundirse felizmente en su propio abismo, de acuerdo a la idea contenida en un fragmento del poema El descenso, de William Carlos Williams, incluido en este libro de Vila-Matas:


El desenso seduce
como sedujo el ascenso.
Nunca la derrota es solo derrota, pues
el mundo que abre es siempre un paraje
antes
insospechado.


Mayol emprende el descenso sin retorno antes de que lo reconozca como tal. Al principio parece querer distraerse de su destino, como suele hacer la mayoría de las personas que no encaran la inevitabilidad de la muerte. En torno a este autoengaño escribe Thomas Bernhard en Sí:


Y hacia dónde avanzamos, si somos sinceros, nos es conocido, hacia la muerte, pero la mayor parte del tiempo nos guardamos de confesarlo. Y por esa conciencia de no hacer otra cosa que ir hacia la muerte y porque sabemos lo que eso significa, intentamos disponer de todos los medios posibles para apartarnos de ese conocimiento y así no vemos en este mundo, si miramos bien, más que personas ocupadas continua y perpetuamente en ese apartamiento. 


Mayol ya no recorre el mundo para mirarlo, sino para sentir el estímulo de distanciarse de él hasta desaparecer. ¿No quiere el destino hundirle como ser humano?, se pregunta en el libro. Vila-Matas escribe a modo de respuesta con su habitual ironía:

Pues muy bien, de acuerdo, se hundiría y santas pascuas, no iba a hacer un problema de eso. Si el destino creía que iba a quedarse él muy afectado por algo así, andaba muy equivocado. Nada colmaba tanto sus aspiraciones en la vida como sentir que se hundía. Había algo en el fondo muy atractivo en jugar una partida sonriente y mortal con las fuerzas del abismo.

Mayol deja de temer y de esperar. Desciende verticalmente cada vez más hondo con la finalidad de

hundirse en todos los sentidos, y con todos los sentidos. 


Abandona toda estancia y desaparece para siempre, dejando incluso en manos del narrador el final de la novela, cuyas últimas palabras dicen así:

 (...) Iniciaba su último descenso y, en una inmersión muy vertical, se hundía en su propio vértigo y llegaba al país donde las cosas no tienen nombre y donde no hay dioses, no hay hombres, no hay mundo, sólo el abismo del fondo.
-Al fin- murmuró Mayol.


Mayol se hunde en su propio vértigo como arde dentro la lámpara a la que dedicó Emily Dickinson un poema, cuyos primeros versos parecen hablarle a los ojos del protagonista de El viaje vertical:


Arde dentro la lámpara, segura.
Aunque los siervos traigan el aceite,
ello nada le importa a la mecha ocupada
en ese afán fosfórico.

domingo, 3 de junio de 2012

DECIR NOCHE, EDITORIAL EUTELEQUIA

INFORMACIÓN DE LA EDITORIAL EUTELEQUIA:


«¿Cómo decir noche?, piensa estremecido.Se siente como si estuviera encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos.»



El escritor Lord Chandos -narrador y protagonista de la Carta de Lord Chandos, de Hugo von Hofmannsthal- ha perdido la confianza en las posibilidades de la lengua y renuncia a la creación literaria. Para él las palabras vuelven la realidad más oscura. Añaden noche a la indescifrable vida.



¿Cómo decir noche?, piensa estremecido. Huérfano entre las palabras, se siente como si estuviera encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos. Desea huir al espacio abierto, lejos de las rejas del lenguaje que lo aprisionan.


(Decir noche, de Elisa Rodríguez Court, p. 13)


Los protagonistas de Decir noche son Lord Chandos y la poeta Emily Dickinson. En este libro se desentraña progresivamente la Carta del Lord y sus motivos para el abandono de la escritura. En un viaje narrativo, que parte del silencio de Lord Chandos, bajo la mirada poética de Emily Dickinson, se inmiscuyen otras voces de una amplia gama de escritores y poetas. Reconociendo la ilegibilidad del mundo, ellos, sin embargo, no abandonan la creación literaria y aportan su modo particular de decir noche. Su presencia se vuelve, además, un motivo narrativo para abordar aspectos claves de la literatura.


Incapaz de nombrar el Lord la esencia singular de las cosas, su mirada vaga pasivamente sobre los objetos más simples e ignorados. Se fascina dolorosamente con sus voces mudas, renunciando a la creación literaria. No es el caso de Flaubert, quien escribe y corrige una y otra vez.


(Decir noche, de Elisa Rodríguez Court, p. 98)


La narradora, Beatriz, ha ideado un jardín de estatuas sin ojos con diferentes perspectivas temporales desde las que se alzan las voces de los escritores. Queda ahí encerrado Lord Chandos. Emily Dickinson escribe cartas y poemas en su cuarto con vistas al jardín de estatuas sin ojos, separándose del escritorio solo para acodarse en la ventana y espiar al Lord.

Decir noche: el 11 de junio de 2012 en las librerías.

viernes, 1 de junio de 2012

DETRÁS DE LA COLINA ESTÁ LO MÁGICO, TODO LO NUNCA VISTO




El narrador y protagonista de Los apuntes de Malte Laurids Brigge, de Rainer Maria Rilke, tiene 28 años. Confiesa que se considera demasiado joven para haber podido escribir una buena obra. Ha escrito un estudio sobre Carpaccio, un drama e incluso versos. Pero, tal y como expresa,

¡Los versos significan tan poco cuando se han escrito joven! Se debería esperar y saquear toda una vida, a ser posible una larga vida; y después, por fin, más tarde, quizá se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas. Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias.

Para ser escritor hay que escribir y escribir bien solo se consigue con experiencia. Esta es un requisito imprescindible y, no obstante, insuficiente para la creación literaria. De ahí que Enrique Vila-Matas distinga no solo entre escribir bien y escribir mal. Dice que se puede escribir correctamente y no alcanzar la obra de arte.
Entre los rasgos esenciales que deben estar en toda novela futura que se precie de pertenecer al nuevo siglo, señala en Perder teorías cinco irrenunciables: 

La "intertextualidad" (escrita así entrecomillada).
Las conexiones con la alta poesía.
La escritura vista como un reloj que avanza.
La victoria del estilo sobre la trama.
La conciencia de un paisaje moral ruinoso.

Son cinco rasgos que, para contemplarlos en la escritura, requieren experiencia, aunque esta sola no baste. 
Sin experiencia difícilmente se alcanza ese trabajo secreto con la conciencia, del cual habla Vila-Matas en Aire de Dylan, "que se desarrolla en perímeros alejados del gran espectáculo del mundo" y que "habita en las viejas casas de la literatura de siempre".

Laurids Brigge piensa que a su edad carece de vivencias y recuerdos. No se siente a la altura de poder falsificarlos, inventarlos o robarlos. Le falta madurez para ausentarse del mundo y entregarse al trabajo secreto con la conciencia.

También el narrador y protagonista de En otro País, novela corta de Ricardo Piglia, es muy joven al comienzo del libro. Tiene 16 años. Por cuestiones políticas que afectan a su padre se ve la familia obligada a emigrar de Buenos Aires a Mar de Plata. Él combate el vacío y el abatimiento escribiendo un Diario. Por fin le sucede un acontecimiento extraordinario. Conoce a Steve Ratliff, un hombre mucho mayor que él, de casi cuarenta años. Es un escritor excepcional, culto y refinado del cual lo aprenderá todo: los poetas, los escritores y, en general, la literatura y la escritura. Una vez que ha muerto Steve y se ve capaz de escribir, habla sobre sí mismo como si fuera aquel el que se expresara.
Habla con la madurez de Steve, contando la historia de este y entreverándola con la suya. No quiere narrar otra cosa que la experiencia única de sentir narrar a su amigo y maestro.
En esta novela el protagonista trata de hablar por el otro que ya no está. Reproduce su tono y su modo de narrar. Cuenta lo que no se conoce de su historia integrándolo en la suya propia. Antes ha reconocido que se necesita edad para alcanzar la creación literaria:

Narrar es fácil, dice Steve, si uno ha vivido lo suficiente para captar el orden de la experiencia. No se puede ser un gran novelista antes de los cuarenta años.

La experiencia no solo es una condición indispensable para los escritores, sino también para los lectores. Vila-Matas deja constancia de su apuesta por una literatura que comprometa tanto a editores y escritores de talento como a lectores activos. La escritura exige experiencia, pero también los lectores han de derramar la suya a lo largo del proceso de lectura. Como escribe en Dublinesca:

El viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas.

En versos de Emily Dickinson, que hablan de una colina que se tiene por simple panorama, ser capaz de:

Venir de un mundo que ya es conocido
a uno que es todavía incertidumbre.
(...)
Detrás de la colina está lo mágico,
todo lo nunca visto.

Lo nunca visto y por conocer, pienso, que no se alcanza a descubrir al pie de la montaña. Hay que estar preparado para emprender la subida hasta la cima de la colina. Hacerlo entonces, quizá, al modo en que Sísifo empujó su roca hasta arriba, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso una y otra vez.

jueves, 24 de mayo de 2012

LA QUIETUD EN EL CUARTO ERA QUIETUD DE AIRE EN CIELOS DE TORMENTA




Tres son los temas de la vida: el amor, la muerte y las moscas. Son palabras de Augusto Monterroso, las cuales ha reinventado Enrique Vila-Matas en varios de sus textos. También en su libro Dietario Voluble, en el que afirma que no hay un solo escritor profundo que alguna vez no haya dicho algo sobre las moscas.

Marguerite Duras dice en Escribir que se escribe para mirar morir una mosca. En este libro dedica un amplio espacio a una mosca moribunda. Persigue su rastro hasta que, finalmente después de un tiempo largo, termina muriendo a una hora que ella registra en su obra.
Porque Duras lo ha escrito, queda el testimonio de la existencia de esa mosca, de la duración de su muerte lenta y de su miedo atroz. Y a la inversa: porque ella la ha mirado y visto morir, ha podido escribir sobre este insecto. Así se expresa:

Sí. Eso es, esa muerte de la mosca se convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca. Tenemos derecho a hacerlo.

Parece que con frecuencia se interpone una mosca entre la mirada y la hoja en blanco. También entre la vida y la muerte, como es el caso de Emily Dickinson, cuyos versos de un poema hablan así:

A una mosca, al morirme, oí zumbar.
La quietud en el cuarto
era quietud de aire
en cielos de tormenta.

Y justo entonces
se interpuso aquella mosca
con un azul, incierto, vacilante zumbido
entre la luz y yo.

Conocida es, asimismo, la anécdota de la mosca de Macedonio Fernández. Se cuenta que, mientras este agonizaba, alguien advirtió que una mosca se colaba en su habitación. Entonces pidió un diario a fin de espantarla de la cabecera del escritor, resonando en el cuarto la voz de Macedonio Fernández:

Que sea de la oposición.

La mosca cobra igualmente importancia en la obra de Georges Perec. Forma parte de la vida de personajes como el protagonista de Un hombre que duerme. Un joven de 25 años de edad que decide renunciar a la vida anterior y no hacer nada, ni siquiera interrogarse sobre su pasado y presente. Tampoco hace planes de futuro. Se queda en su cuarto destartalado del altillo que le sirve de vivienda, sin comer, sin leer, casi sin moverse. Mira el barreño con un par de calcetines dentro, la estantería, sus rodillas, su mirada en el espejo reaquebrajado, el bol, el interruptor. Escucha los ruidos de la calle, la gota de agua en el grifo del descansillo, los ruidos de su vecino, sus carraspeos, los cajones que abre y cierra, sus ataques de tos, el silbido de su tetera. Tendido sobre la cama persigue en el techo la línea sinuosa de una fina grieta, la progresión casi localizable de las sombras y el itinerario de una mosca.

La mosca es un ingrediente del escaso inventario de su fortuna. Su zumbido no rompe, sino subraya aún más el silencio.  Es el mismo silencio que se ve realzado por el sonido de la gota de agua cayendo del grifo.

Enrique Vila-Matas cuenta en Dietario Voluble que está sentado en el café de la plaza de Saint-Sulpice desde donde Georges Perec espiaba durante horas lo que allí sucedía. Explora lo que no ha sido inventariado de esa plaza. Haciendo uso de palabras de Perec, dice espiar:

lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia: lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes.

Gente, autos y nubes o también una mosca, esa mosca en singular que podría representar a todas las moscas. Porque si bien todas las moscas son distintas -escribe Vila-Matas-, se parecen tanto entre ellas, que hay quienes creen que solo ha existido una sola mosca en la historia del universo. Unas veces es la mosca de Monterroso que se posa en la propia nariz y antes lo hizo en la de Cleopatra. Otras es la mosca de la que Vila-Matas dice:

Si estoy a solas en casa y entra una solitaria y banal mosca, me acuerdo inmediatamente de Kafka cuando en un relato decía que su quinto hijo era tan insignificante que uno se sentía literalmente solo en su compañía.

Vila-Matas habla en su obra de la mosca de Monterroso, Wittgenstein, Proust, Ramón Gómez de la Serna, los hermanos Grimm y otros. Se vale de la mosca de los escritores para zigzaguear de un género a otro. Con la ironía que le caracteriza, escribe:

El zigzagueo está a la altura del mejor vuelo de la mejor mosca mundial. Los diferentes fragmentos están unidos por citas literarias en las que las moscas tienen su protagonismo. No hay un solo escritor profundo que no haya dicho algo alguna vez sobre las moscas.
 

domingo, 20 de mayo de 2012

LA CÁRCEL DE JACKSON POLLOCK, DE GERMÁN SAN NICASIO



La vida de un cuadro comienza con la primera pincelada y termina con la última. Es decir, un cuadro vive mientras el pintor lo está pintando, con lo cual todo cuadro firmado es un cuadro muerto y todo museo es un cementerio de cuadros.
Pero cuando un color asesino se infiltra en la paleta del pintor, el cuadro puede morir antes de tiempo. Tú has visto morir muchos cuadros en tus manos y sabes que una pincelada de color azul es lo más parecido que existe a un asesinato. En fin, calculas los tragos que pueden quedarle a la botella de whisky y los comparas con la inutilidad de contarle tus penas a un lienzo de dos por cinco.

                          La cárcel de Pollock  (página 124)
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Alcanzar la celebridad puede llevar al artista a sumergirse en el ruedo de la normalidad para afianzarse, cuando no elevarse aún más, en su éxito. Ser entonces copartícipe del ruido mediático, de las mezquindades e hipocresía, de la salvaje competitividad y de las demandas del mercado a fin de enaltecer el propio ego. Sin embargo, cabe también la posibilidad de aprovechar que se bate el  récord artístico para tomar distancia del principio de la normalidad establecido y aplicarse en todas las extravagancias. Y si se es un pintor aquejado de locura, nada mejor que dejar que los demás piensen que se está loco y así perdonen a uno cualquier barbaridad. En este tipo de casos, la gente y los medios no dejarán de hablar y mientras más circulen las habladurías, en mayor grado seguirán estigmatizando al loco. Pero este dispondrá de la libertad para entregarse a la invención de colores y revelar en su desnuda intimidad el secreto intransferible que se encierra en quienes nacen en la cárcel y se saben irremediablemente condenados a vivir entre barrotes. Es lo que hace el protagonista de La cárcel de Jackson Pollock, novela de Germán San Nicasio, editada en Eutelequia. Es un pintor que padece una serie de trastornos mentales, multiplicada por los psiquiatras y la gente de la calle, fieles guardianes de la normalidad.
Una vez que ha alcanzado la fama como pintor, cambia su nombre por el del célebre artista norteamericano Jackson Pollock.


Hombre alcohólico, ha sido presa de manicomios, la cárcel y las drogas. Bloqueada durante largo tiempo su capacidad creativa, decide a sus ochenta años pintar su último cuadro: la cárcel de Carabanchel, una de sus estancias en el pasado. No ignora que “las primeras pinceladas son las peores” para dar con ese cuadro que lleva imaginariamente pincelando desde hace varios años. Porque extiende el enorme lienzo blanco en el suelo, consigue trabajar desde cualquiera de sus lados e introducirse literalmente en él. Dentro del cuadro, en igual medida que va avanzando en sus pinceladas, deja hablar a sus diferentes personalidades y a las ya menguadas memorias que le tienen.

El conjunto se va revelando como "una tanda de pinceladas inconexas a simple vista pero que buscan adentrarse en las profundidades de su alzhéimer con toda la intención." El resultado es un recorrido tan inarticulado como fragmentario de la vida excéntrica de este pintor que comprende que “el prisionero no es prisionero por ser distinto a los demás hombres, sino que es distinto por ser prisionero”.

Sobre mucho más que todo esto habla La cárcel de Jackson Pollock, una novela escrita en un lenguaje delirante que combina la obscenidad, lo grotesco y la elegancia literaria. Un libro, en definitiva, que da voz a la locura y al genio, así como al arte y a la angustia de la creación artística, tantas veces asociada al desasimiento, cuando no a la autodestrucción.

domingo, 13 de mayo de 2012

ES EL ESPECTRO DE LA SOLIDEZ CUYA ÚLTIMA SUSTANCIA ES SOLO ARENA


Vida, muerte, vida, muerte... ¿Qué es primero?



Enrique Vila-Matas escribe en Dietario voluble que estemos donde estemos, hemos de vivir como si nunca hubiésemos de morir. Vivir, tal vez, conforme a la leyenda inscrita en un reloj de pared que aparece repetidamente en su libro Lejos de Veracruz:


Quien demasiado me mira pierde su tiempo.


Emily Dickinson escribe:


No sabemos el tiempo que perdemos.
El terrible momento está ahí
y fundamentalmente se afianza
entre las certidumbres.


Una firme apariencia da consistencia aún
al naipe, y a la suerte, y al amigo.
Es el espectro de la solidez
cuya última sustancia es solo arena.


Rescato de su poema la palabra aún y pienso que es cuestión, por tanto, de gozar de cada instante, aunque se sepa que el tiempo no se llama como nosotros. Como escribe Sergio Pitol en Trilogía de la memoria:


Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único.


¿Qué es, sin embargo, el tiempo?


John Banville dedica un pasaje de su libro Los infinitos a hablar de las palabras ambiguas que se asocian a medidas temporales con las que se convive a diario. Así escribe:


¿Qué es, por ejemplo, un instante? Horas, minutos, segundos, esos incluso resultan comprensibles, porque pueden medirse con el reloj, pero ¿qué quiere decir la gente cuando habla de un momento, un rato -un santiamén-, un abrir y cerrar de ojos? Solo son palabras, desde luego, pero rondan abismos silenciosos.


Vila-Matas escribe que, aunque nos queden unos minutos de vida, hay que seguir riendo con el último chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las últimas noticias de prensa. No obstante, no se distrae de la condición mortal cuando dice:


No nos engañemos. Se enfriará este mundo, una estrella entre las estrellas y, por otra parte, una de las más pequeñas del universo, es decir, una gota brilllante en el terciopelo azul. Se enfriará este mundo un día y se deslizará en la ciega tiniebla del infinito (...) como una nuez vacía. Creo que debemos tener en cuenta esto y amar al mundo en todo momento, amarlo tan conscientemente que podamos al final cada uno de nosotros decir: he vivido.


Julian Barnes suscribe, a su modo, en Nada que temer las palabras de Vila-Matas. Cree muy proporcionado su propio sentido de la muerte, que a algunos de sus amigos les resulta exagerado. Para él la muerte es el único hecho atroz que define la vida; sin una consciencia constante de este hecho no puede empezar a entender el sentido de la vida. Añade:


Si no sabes y sientes que los días de vino y rosas están contados, que el vino se agriará y las rosas se tornarán mustias en su agua hedionda antes de que las tiren para siempre, jarrón incluido, no hay contexto para los placeres y aficiones que surjan en tu camino hacia la tumba.


Como si Vila-Matas matizara las palabras de Barnes, escribe:


Se pueden pensar todo tipo de cosas sobre la muerte, pero es imposible que logremos aminorar el escándalo que su famosa guadaña arrastra consigo mismo: la obscenidad absoluta del sufrimiento humano.


De ahí esa frase que recorre su obra, desde los inicios hasta Aire de Dylan, pasando por Dublinesca:


Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien.


La muerte, aunque se la quiera esquivar, nos hace sentir solos, nos vuelve vulnerables. No obstante, también parece cierto que el secreto de la supervivencia está en la imaginación deficiente propia de la condición humana. Como escribe John Banville en Los infinitos:


La incapacidad de los mortales para imaginar las cosas tal y como son en realidad es lo que les permite vivir.


Así lo entiende C.S. Lewis, cuando habla del proceso de enfermedad y de la muerte de Helen, su mujer, en Una pena en observación. Escribe que nunca se encuentra uno precisamente con el Cáncer o la Guerra o la Infelicidad (ni tampoco con la Felicidad). Solamente se encuentra uno con cada hora o cada momento que llegan. Dice que no abarcamos nunca el impacto total de lo que llamamos "la cosa en sí misma".


Es, quizá, el estado de convalecencia el que propicia que la imaginación se acerque a la última verdad. Genera una sensación de extrañeza, según escribe Vila-Matas en Dietario voluble. Una sensación de no pertenencia sino de paso, con la que, por lo demás, afirma llevarse bien, pues la considera fundamental para esa forma de vivir que es escribir.