domingo, 10 de junio de 2018

LA SILLA DE CAMILLE CLAUDEL



Ahí está ella, en la silla, tal y como la ha sentado Michéle Desbordes en su novela El vestido azul. Delante del pabellón, inmóvil y con las manos cruzadas sobre el regazo, Camille Claudel espera y espera y espera. Antes arrastró la silla hasta el jardín y se puso a mirar y mirar y mirar. De vez en cuando ve el paisaje en blanco y negro, muy negro, pero en la mayoría de las ocasiones inventa con su mirada diferentes colores y tonalidades.
Contempla el mundo girando alrededor de su silla. Fija la mirada en el horizonte e imagina la llegada de su hermano Paul, única visita que recibe en el psiquiátrico donde su familia la ha recluido en contra de su voluntad. En ese infierno pasará sus treinta años restantes de vida.

Sentada en la silla, cierra los ojos y ve llegar por el sendero de siempre a Paul, quien apenas la visita. Quizás, porque anda a menudo de viaje, escribiendo poemas y reuniéndose con artistas, o tal vez porque le aterrorice ver a su querida hermana consumiéndose en el pozo oscuro al que ha sido arrojada por iniciativa de la madre. Qué más da, habrá pensado su progenitora. Para estar encerrada en su taller, mejor meterla entre rejas. Contó también con la complicidad de Paul. ¿Se vería este incapaz de asistir a su tristeza y desesperación, a su reclusión permanente en el taller donde se dedicaba a esculpir sin descanso para terminar destruyendo su obra? Razones tenía, puesto que no solo sufrió la traición de Rodin, su maestro y amante durante quince años. Posó para él y esculpió sin firmar sus piezas, excelentes esculturas de las que se apropió su maestro. No se le permitió llevar a cabo su carrera artística de forma independiente a la de Rodin.

Ahí continúa, sentada en la silla, esperando y esperando. No se sabe si ahora desprecia el tiempo que aún le queda porque ya han matado sus sueños o si todavía sueña con poder adueñarse de sus días y convertirse en lo que nunca ha dejado de ser: Camille, mujer libre y artista de una obra excelsa. Única.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


domingo, 27 de mayo de 2018

DIGNIDAD




Nadie es tal vez tan esclavo como quien se considera libre sin serlo. El mismo nivel de servidumbre parece darse también, sin embargo, cuando un subordinado enaltece al amo, cree merecerse el ultraje y consiente la peor humillación. Eso pensé después de haber leído las palabras de Larsen, protagonista de El astillero, novela de Juan Carlos Onetti. Quiere hablar de dignidad a un sirviente joven y sumiso, acostumbrado a obedecer siempre a sus superiores.   Conoció a un muchacho que vendía violetas en la madrugada, le cuenta. Una noche llegó este con los ramitos de violeta a un cafetín frecuentado por gente de bien, atravesó el local lleno y entonces dos vigilantes, a la vista de todos, lo manosearon entre risas.

Algo así, piensa Larsen, es lo último que podría pasarle a un tipo, pero su relato no tiene en el joven oyente el efecto esperado. El sirviente no entiende qué ha querido decirle y continúa impasible con su labor de limpieza. Larsen no se da por vencido y sigue hablándole. El muchacho de las violetas, le aclara, sabía que los clientes del cafetín observaron los tocamientos y burlas de los vigilantes. Por tanto, no podía disimular ante los ojos de los demás que había sido agredido. Tampoco se atrevió a enfadarse porque creía deberle respeto a la autoridad por ser la autoridad. Consideraba, en consecuencia, normal sus atropellos contra las personas. Así que hizo la cosa más triste de este mundo, piensa Larsen. Mostró una sonrisa a los clientes del cafetín.

La anécdota de Larsen me recordó otra de una mujer. Empleada de una granja donde vivía por necesidades económicas junto al propietario, un déspota, cumplía con su duro trabajo. No solo se propuso abstenerse de establecer el menor lazo de simpatía entre los dos. Se acostumbró, además, a odiar al amo. Era su manera de obedecerle sin degradarse. Salvaguardó la propia dignidad con el odio. Sin embargo, el hombre interpretó la actitud distante de la empleada como una prueba de sometimiento a su mando.

FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.
       


lunes, 14 de mayo de 2018

'IMPÓN TU SUERTE', DE ENRIQUE VILA-MATAS


Mientras más me adentro en la obra de Enrique Vila-Matas, mayor es la sensación de grata oscuridad. Sumergirse en cualquier libro de este escritor es como navegar en alta mar sin nada a lo que aferrarse. Es descubrir que para la contemplación del vacío no se precisa ningún apoyo que engañe a la mirada. ¿De qué valdría estrechar los límites de la percepción para sentirse seguro en un mundo de naturaleza inexplicable? Con un estrechamiento de la capacidad perceptiva se encoge la conciencia y, por ende, se disipan las posibilidades de acercarse a otras formas de pensar.

Mientras más me adentro en la peculiar obra de Enrique Vila-Matas, más reconocible se vuelve ante mis ojos. A la vez me resulta inalcanzable, quizás porque está en permanente movimiento. Pretender abarcarla sería como proponerse ponerle cerco al océano en medio de alta mar. La obra de Vila-Matas se desborda por los lados y cuando crees haber arribado a algún área de confort, ya estás en un lugar diferente. Una zona de riesgo que te impulsa a seguir avanzando hacia adelante, brazada a brazada, sin descanso.

En la literatura de Vila-Matas todo parece repetirse con infinidad de variantes que convierten cada uno de los libros en algo nuevo y también distinto. Es la impresión que he tenido leyendo Impón tu suerte, libro recién publicado por la editorial Círculo de Tiza. Consiste en una colección de artículos, conferencias y ensayos, vivero importante del que se alimentan las novelas de Vila-Matas. Característico de este escritor es el continuo trasvase del ensayo a la narrativa, y viceversa, cuyo resultado es una obra única, genuina e inclasificable.

En Impón tu suerte, cuyo bello título nació de un verso de René Char, Vila-Matas impone otra vez su suerte y abraza la felicidad dispuesto a exponerse al riesgo. Consigue, además, que los lectores respiren felizmente sus palabras en este libro: “Te sentirás a solas con los dioses, y cabalgarás la vida hasta la risa perfecta. Es la única batalla que cuenta.”


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

sábado, 28 de abril de 2018

LEYENDO ´IMPÓN TU SUERTE´, DE ENRIQUE VILA-MATAS



LEYENDO IMPÓN TU SUERTE...






Impón tu suerte, Enrique Vila-Matas.
Editorial Círculo de Tiza. Marzo 2018.-



EL LIMPIABOTAS DE PETER HANDKE



Vi de pronto, mientras paseaba, a un limpiabotas en el parque. Sentado sobre su viejo taburete de madera y de patas muy cortas, cepillaba los zapatos de un turista. Me detuve un rato a contemplarlo como quien se detiene a mirar una escena extinguida, propia de un tiempo pasado. La infancia se me echó enseguida encima y, por alguna asociación de ideas, me vino a la mente el maravilloso anciano limpiabotas de un cuento que escribió Peter Handke. La visión del hombre limpiando el calzado del extranjero me produjo el mismo efecto que ese relato cuando lo leí en el libro Una vez más para Ticídides.

Con cuánta meticulosidad limpiaba el limpiabotas del cuento los botines de su cliente. De forma lenta comenzó a desempolvarlos, uno a uno y parte a parte, manejando con suavidad y firmeza su cepillo curvo. Los pies, el empeine, las puntas de los dedos parecían agradecer el trabajo. Luego sacó un paño y embadurnó con betún, despacio y a fondo, tal y como procedía también el limpiabotas del parque, los botines. En su lata quedaba solo una pequeña masa negra, pero se las ingenió para que le alcanzase. Aplicó cada copo con extremo cuidado.
Cuando el limpiabotas del parque comenzó a sacarle brillo a los zapatos con un nuevo cepillo proseguí la caminata, todavía cautivada por el recuerdo de los botines que el limpiabotas del cuento dejó resplandecientes. Relucían como nunca antes, después de haberles pasado un cepillo de abrillantar y, finalmente, un paño. Era el único calzado que su dueño, radiante de felicidad, se pondría hasta desgastarlo. Entonces sentí estar viviendo una experiencia de sintonía con la raza humana. La lentitud, el esmero, la durabilidad y el amor en la demora adquirían significado. Regresé, gracias al limpiabotas y su arte, a momentos que en la actualidad se suponen carentes de acontecimientos. ¿O acaso vivir hoy no es casi siempre hacer que las horas pasen en lugar de prolongar el tiempo dando una vida insustituible a cada instante?


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS

jueves, 19 de abril de 2018

ESCRITORES JÓVENES


                                                    


 Para ser escritor no se precisa sacar un título. No hay puerta por donde se entre a la escritura, como no existe ninguna que dé entrada a la vida. Escribir no convierte, sin embargo, en escritor a la persona que escribe. Tampoco la práctica de la escritura, aunque se prolongase en el tiempo y obtuviera un reconocimiento público, concede al individuo un grado de veteranía ventajosa. Se sabe de escritores cuya obra es de pésima calidad y, no obstante, gozan de un éxito mediático solo explicable en el contexto del actual mercado.

 Hoy pierde valor la idea de la literatura como excelencia y prevalece el desprecio por la lectura literaria. No resulta extraño, puesto que el libro se considera un producto más de mero entretenimiento. Al alcance de todos, se socializa en igual medida en que se degrada. De ahí, entre otros factores, la necesidad de profundizar en el debate abierto sobre la banalización de la ficción literaria.

Concurre hoy una variante de ese debate que no es ajena a la literatura y, sin embargo, parece carecer de interlocutores claros en el ámbito literario. Afecta a un alto número de excelentes escritores jóvenes que no consiguen publicar. Incluso muchos escritores consagrados gracias a la grandeza de sus obras suelen intervenir poco o nada en el tema. El panorama no puede ser más desolador: la dificultad de encontrar una editorial, el ánimo de lucro encubierto de editoriales que publican manuscritos a precio de oro y ni siquiera colaboran en la posterior distribución de los libros, concursos literarios manipulados por camarillas, amiguismo y exclusiones sectarias, ausencia de promoción y uso de zancadillas, toma de decisiones por parte de personajes no pertenecientes al espacio literario y silencio
de los medios…

No vale decir que si una obra es buena termina viendo la luz. Mentira. Me parece, además, una impostura suponer que los escritores jóvenes que no logran publicar deben contentarse con el ejercicio de la escritura, casi tan sagrada para su vida como el hecho de respirar.


viernes, 30 de marzo de 2018

ADOCTRINAMIENTO



Asisto con horror al espectáculo protagonizado por quienes defienden la ideologización del arte y, en concreto, de la literatura. El alcance práctico de esta defensa incluye el adoctrinamiento de los lectores como cometido de la ficción literaria. Una idea descabellada que me ha recordado la lamentable anécdota que sufrió J.M. Coetzee tras haber visto la luz su novela Hombre lento. Se la contó a Paul Auster durante uno de los intercambios virtuales entre ambos en Aquí y ahora.

Coetzee recibió una carta ofensiva de una lectora inglesa muy enfadada. Ella lo critica duramente por insultos antisemitas gratuitos contenidos en dos páginas de la novela. “Su referencia a los judíos”, le escribe, “hecha de forma tan despectiva no añade nada valioso a la historia, y en mi opinión está de más.” No contenta con sus juicios, finaliza su carta diciendo que las injurias antisemitas invalidan toda la novela.

Coetzee ha escrito, dice Paul Auster, una novela y no un panfleto sobre comportamiento ético. Además, los comentarios desdeñosos sobre los judíos, por no hablar de antisemitismo declarado, forman parte del mundo que vivimos, añade. ¿Acaso tienen que coincidir el autor y los personajes en sus opiniones?

La mujer, de acuerdo con los partidarios de ideologizar la literatura, parece no saber que la ficción, como escribió hace poco Enrique Vila-Matas, es otra forma de pensar y que los escritores se olvidan a sí mismos cada vez que escriben una obra literaria. Porque dan voz imparcial a los diversos pensamientos y a las más antitéticas pasiones, su perspectiva intenta abarcar los trescientos sesenta grados. Ni se inmiscuyen en las creencias y sentimientos de los personajes, ni eligen ideológicamente entre voces encontradas.

Ficción es ficción, escribió Nabokov, para quien calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. ¿Cómo reaccionaría este escritor si pudiera levantarse de su tumba y escuchara los discursos moralistas y adoctrinadores en torno a su novela Lolita, obra maestra de la literatura?


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.




'LA FIESTA DEL TEDIO', ENTRE LAS NOVELAS FINALISTAS DEL IV PREMIO INTERNACIONAL DE NARRATIVA «NOVELAS EJEMPLARES»





 Mi novela La fiesta del tedio, un homenaje a Clarice Lispector, entre las finalistas del Premio.



FALLO DEL IV PREMIO INTERNACIONAL DE NARRATIVA "NOVELAS EJEMPLARES"  (Para ver todo pinchar en el enlace)




Un jurado compuesto por:

Alberto 
de Frutos Dávalos (Ganador del Premio Novelas Ejemplares 2017), Gema Areta Marigó (España), Ángela Poza Fresnillo (España), José Prats Sariol (Cuba), María Rubio Martín (en representación de la Facultad de Letras) y Luis Rafael(en representación de Ed. Verbum),


ha seleccionado, entre las 576 novelas recibidas de todo el ámbito iberoamericanolas siguientes finalistas:


 El señor Gro y la hija de la viuda Stern, de Javier Ramos


 El prestamista, de Gonzalo Calcedo


 La fiesta del tedio, de Elisa Rodríguez Court


 Protocolo48, de Gloria Macher


 Valdemar 71, de José Manuel Begines Hormigo



Y decide otorgar el IV Premio Internacional de Narrativa

“Novelas Ejemplares”- Facultad de Letras, 2018, en homenaje a Miguel de
Cervantes, a la obra:

El señor Gro y la hija de la viuda Stern, de Javier Ramos


La obra El señor Gro y la hija de la viuda Stern, de Javier Ramos, 

propone una notable degustación del lenguaje desde una conciencia
lingüística que es la que sostiene el relato. Las palabras sirven a la
acción: son palabras actantes. Novela de signos y señales, gracias
al adecuado empleo de la prosa lírica; acerca al lector a una 
iluminación poética que va perfilando a sus personajes con pinceladas
de sueño. Osado, reacio a las convenciones, el autor reinventa el mar,
el cielo, los libros o las rosas con un lenguaje rico en asociaciones y 
símbolos. Sus cinco partes son cinco actos de excelente ritmo.Tiene
algo del dibujante Tomm Moore y de la lírica inocencia de El principitoy
restituye a la literatura el poder de generar mitos.
El Jurado del Premio IV Premio Internacional de Narrativa
“Novelas Ejemplares”- Facultad de Letras, en homenaje a
Miguel de Cervantes, desea dejar constancia de que las obras
finalistas tienen, asimismo, calidad e interés, y recomienda
su publicación.

En Ciudad Real, a 28 de marzo de 2018.


sábado, 17 de marzo de 2018

VALOR Y MIEDO



Un amigo me habló de una joven que a sus dieciocho años se largó de su casa con lo puesto para emprender una nueva vida en otro país. No sabría decir, comentó, enterado del carácter violento del padre de la joven, si el valor motivó la marcha de la chica o fue el miedo. A raíz de su comentario, se reactivó en mi mente el recuerdo parcial de un cuento cuya fuente literaria he olvidado. Conservo en mi memoria solo el recuerdo de la primera escena: una mujer, que no acostumbra a salir de casa, se arrastra sin rumbo por la ciudad oscura sobre la que se cierne una tormenta implacable. ¿O se trata solo de una lluvia fuerte que, porque es de noche y las calles están casi vacías, la mujer aterrada convierte en una tempestad? No lo sé. Me interesa, sin embargo, la experiencia interior de la mujer. A veces basta sentirse frágil para hacer del paisaje un lugar desolador.

La mujer, empapada y con el pelo chorreante, se angustia viendo colarse el agua en los edificios y las tiendas cerradas a cal y canto. El agua embarrada le alcanza media pierna. Los coches se han detenido con sus motores apagados. Ni rastro de un taxi para regresar a casa, su nido de protección y bienestar. Camina y camina a toda prisa, desnortada.
 Fuera de su refugio se siente vulnerable, del todo desprotegida. Oye de repente la voz de alguien que, radiante bajo una marquesina, exclama: “¡Menudo valor, señora!”

A menudo se confunden coraje y miedo, concluyó el amigo que me habló de la joven fugada. No parece extraño que sus palabras despertaran en mí el recuerdo de la mujer del cuento abriéndose paso entre las tinieblas. Al fin y al cabo, los lectores activos nos hemos habituado a un trasvase del material de la realidad a la ficción, y viceversa. ¿Acaso la literatura no es una hipótesis de vida tan real como la que se vive fuera de los libros?


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.





domingo, 4 de marzo de 2018

LA LENGUA DEL SILENCIO



El silencio es una caja de sorpresas llena de sucesos, experiencias y sentimientos. Inalcanzables en gran parte, a menos que alguien les dé algún nombre. Es lo que debió de pensar el padre de Mark Strand después de haber leído el primer libro de poemas que le publicaron a su hijo. El año de la publicación del libro coincidió con el de la muerte de su mujer. Mark Strand cuenta haberse emocionado viendo a su progenitor sumergido en la lectura de los poemas. Nunca ha sido lector de poesía, dice. El padre quiere hablarle de los poemas, pero le cuesta. Cuando consigue arrancar, pide a su hijo una aclaración de algunos que cree confusos. Otros le parecen muy claros e intenta trasladarle cuánto significan para él. Sobre todo, los poemas que más le dicen porque dan voz a su sentimiento de pérdida, tras la muerte de su mujer. 

“Parecen expresar lo que él ya sabe, pero no logra decir”, escribe Mark Strand. “En pocas palabras le cuentan lo que él está sintiendo. Le ponen en contacto consigo mismo.”


También los lectores activos suelen descubrir durante la lectura cosas que no consiguen verbalizar. Todavía más, quizá encuentren en la literatura palabras para lo que ya saben y, sin embargo, desconocen que saben. Mientras leen se revela entre líneas aquello que ya sabían antes sin haber tenido consciencia de saberlo.

El conocimiento parece estar entonces más cerca del silencio que de la palabra. Si el padre de Mark Strand no hubiese llevado el dolor en su interior, no lo habría reconocido en los poemas de su hijo. Pero sin la palabra tampoco habría podido adueñarse de su pérdida. Al fin y al cabo, los sentimientos se consideran profundos solo porque se tienen por profundos los pensamientos que los acompañan. Y la literatura es capaz de darle forma y sentido al silencio que nos habita, haciendo visible lo oculto y lo desconocido.



FUENTE: LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS

sábado, 17 de febrero de 2018

ÉRASE UNA VEZ



                                                           
En un relato de Clarice Lispector, titulado Érase una vez, le preguntan a la protagonista qué es lo que realmente querría escribir. Tal vez le hicieran en alguna ocasión la misma pregunta a la escritora brasileña y ella escribió ese texto narrativo, ilustrador de sus ideas sobre la creación literaria. Ya se sabe, los escritores suelen inventar un autor a la medida de sus gustos. La protagonista de su relato contesta que le gustaría escribir, si fuese posible, una historia que comenzara así: “Érase una vez…” Los demás piensan en los niños como únicos destinatarios de su historia. Ella, sin embargo, comenta que la escribiría para los adultos.

No ha olvidado aquellos primeros relatos suyos, escritos a sus siete años, que empezaban todos con “Érase una vez.” Los remitía a una página infantil que publicaba semanalmente el periódico de una ciudad brasileña. Envió un buen número de historias, pero ninguna vio la luz. Es fácil saber, explica, por qué no fueron publicadas. No contaban exactamente una historia con los hechos que una historia requiere, dice, a mi parecer con cierta ironía. “Yo leía las que publicaban y todas contaban un acontecimiento”, añade. Sus relatos, sin embargo, no eran historias lineales al uso, con una secuencia argumental lógica. Se sobreentiende, si se ha leído la singular obra de Clarice Lispector. Una escritora que en su escritura luchó a brazo partido contra cualquier intento de encorsetar la realidad y cuestionó la pretensión de domesticar la vida para volverla familiar.

La protagonista del relato de Clarice Lispector es muy tozuda. Desde su infancia ha cambiado tanto, dice, que ya se cree capaz de escribir el verdadero “Érase una vez”. Decide entonces ponerse en marcha y se sienta a escribirlo. Siente que será simple. Lo empieza, pero nada más escribir la primera frase se da cuenta enseguida de que aún le es imposible. Ha escrito: “Érase una vez un pájaro, Dios mío.”


(Artículo inspirado en TIEMPO DE RETROCESO, Café Perec de Enrique
Vila-Matas en El País)









viernes, 9 de febrero de 2018

GARBANZOS NEGROS




La normalidad goza de una salud excelente. Campa a sus anchas y no necesita dotarse de argumentos para defender la permanencia en su reinado. Tampoco se ve obligada a justificar su manera de proceder en ningún momento y bajo ninguna circunstancia. Se mueve por doquier con total espontaneidad. Tiene tanto arraigo entre los habitantes que carece de miedo a ser destronada. Dispone de múltiples vías para expresarse libremente. Sin embargo, siente predilección por sus portavoces más campechanos: personas corrientes. Son ellas sus verdaderos guardianes. Se juntan, conversan, se divierten y se estremecen. Actúan de una manera muy natural, de acuerdo a la lógica aplastante de la normalidad: una lógica sustentada en sobrentendidos. Dan entonces por descontado que las cosas son como son y punto, porque sí.

Hablan de asuntos que conoce, así lo creen, el común de los mortales. Si un individuo relata cualquier suceso, otros contestan con uno similar relacionado con dicho acontecimiento. Emiten, mientras tanto, juicios indiscutibles, evidentes. Se da por supuesto que no hay que aclarar nada.  Cualquiera sabe, cómo no, de qué se habla. Junto a ellos reina, vestida con su manto dorado, la normalidad. Ella desconoce, sin embargo, que cuando la gente se reúne aparecen garbanzos negros entre los anaranjados. Nada sabe de los pensamientos que danzan en la trastienda de la cabeza. ¿O acaso no existen seres no normales como el narrador de Carta breve para un largo adiós, novela de Peter Handke? Harto de oír una y otra vez las mismas cosas, a este narrador le extrañó que nadie de su grupo se plantease la posibilidad de que él no estuviera de acuerdo con las ideas de los demás. “Me contaban siempre las historias más idiotas con tanta tranquilidad como si les resultara imposible imaginar que yo pudiera escucharlas de otra manera que no fuera en calidad de cómplice”, dice en el libro.




FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



sábado, 20 de enero de 2018

EL PERRO DE MARIO LEVRERO




Me preguntan de vez en cuando sobre mi lectura de algún libro. Ya se sabe, los lectores solemos buscarnos unos a otros para conversar de literatura. Se producen así intercambios literarios en Facebook, Twitter y presenciales. Espontáneos en la mayoría de las ocasiones, aunque nada fortuitos. O tal vez igual de casuales que un encuentro de personas fascinadas con una misma ocupación, para ellas esencial.

Cuando me preguntan de pronto sobre la lectura de un libro concreto, leído hace cierto tiempo, me resulta bastante difícil, si no imposible, recordar los argumentos y enredos en los que se ven envueltos los personajes. Tal vez, porque la trama me trae sin cuidado. Me viene antes a la memoria el recuerdo de citas textuales y fragmentos capaces de suscitar ideas, como el pasaje inolvidable del perro en una novela de Mario Levrero. Lo recordé mientras charlaba con un amigo sobre este escritor uruguayo.

Una tarde cálida, escribió Levrero, vio él a un perro oliendo con fruición una mata de pasto. Por los movimientos, la entrega a la fruición olfativa, la actitud, el ritmo y la posición corporal del perro dedujo que el animal le seguía la pista al rastro de una perra. Sin embargo, no daba la impresión de estar persiguiendo un rastro, se dio cuenta enseguida, sino que parecía estar ante el objeto mismo. Recordó entonces que el olfato es para el perro un sentido similar a la vista para los humanos. Aquel animal estaba viendo, por tanto, a la perra y no su rastro. “Como cuando yo veo venir a alguien a la distancia; de alguna manera ese alguien ya está aquí; no es futuro, sino presente”, escribió Levrero.

Son palabras que, a modo de destellos perdurables, subsisten en mi memoria. Forman ya parte de mis experiencias interiores en una mezcla indistinguible de literatura y vida. Por eso no sé con frecuencia si hablo del libro sobre el que alguien me pregunta o si invento otro. 




FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


jueves, 15 de junio de 2017

`SATURNO´, DE EDUARDO HALFON



La ausencia del padre cabe a veces en una breve frase: "El padre es un nombre." Son palabras que pronuncia el narrador de Saturno, libro del escritor Eduardo Halfon (Guatemala 1971), publicado por la editorial Jekyll & Jill. Una delikatesse para amantes de la literatura en la que el narrador ajusta cuentas, a través de una voz peculiar hecha de múltiples voces literarias, con su padre ausente.

La ausencia del progenitor suele remitir a la idea de su pérdida, bien por muerte o porque el padre decide marcharse y dejar a los hijos en la estacada. Eduardo Halfon no le da la espalda a esta clase de pérdida y la aborda en relación a escritores que han sufrido sus secuelas. Sin embargo, su empresa narrativa es mucho más vasta. La ausencia del padre se debe en el caso del narrador a un exceso de presencia paterna. Un padre autoritario, que, como el de Kafka, no le pone la mano encima, no lo maltrata físicamente, pero ejerce con crueldad el maltrato psíquico a base de insultos y humillaciones, venganza e indiferencia.

Es un tirano que acusa al hijo, mediante la violencia de gestos y palabras, de su propio comportamiento execrable. Se trata de un hombre egoísta, frío, calculador, distante y desagradecido. Proyecta, además, su fracaso personal sobre el narrador, al que culpabiliza y castiga sin piedad.

Eduardo Halfon narra con sutileza y maestría ese silencio que encubre odio, o total rechazo, y absoluta falta de amor. No es, pues, extraño, que la idea del suicidio recorra Saturno. Escritores que se han suicidado, la figura del padre ausente y la falta de amor en un sentido amplio se deslizan por las páginas de este libro, cuyo estilo sencillo y de alto vuelo literario atrapa a los lectores desde el comienzo.


Saturno, Eduardo Halfon. Editorial Jekyll & Jill. Zaragoza, 2017.-

sábado, 27 de mayo de 2017

`LA CALIGRAFÍA DE LOS ISÓPODOS´. EVELYN DE LEZCANO. TRES POEMAS.





                                                     TRES POEMAS:

La vieja foto,
un mar.
Puede arañarme el filo de sus olas

y dejar constancia de algo que es igual
a la contingencia del cuenco donde descansan las águilas.





No hay arrepentimiento
de la mano
que nunca colgó el cuadro:
el que no vi,
el del borrón en las columnas,
en la maqueta,
en el sueño del pequeño isópodo sin memoria.

LA CALIGRAFÍA DE LOS ISÓPODOS. EVELYN DE LEZCANO. EDITORIAL HUERGA Y FIERRO.  MADRID, 2017.-


lunes, 24 de abril de 2017

`EN EL CORAZÓN DEL CORAZÓN DEL PAÍS´, DE WILLIAM H. GASS




Tres fragmentos de El chico de Pedersen, primera narración larga -o nouvelle- del libro EN EL CORAZÓN DEL CORAZÓN DEL PAÍS.


"A Hans no le acababa de cuadrar. No quería creer al chico más que yo, pero si no lo hacía entonces el chico lo habría engañado. Y tampoco quería creer eso."



"Me miró de una forma tan horrible que olvidé que me era indiferente."



"Estaba solo ante lo que podía pasar. Empecé a preguntarme si los Pedersen tenían perro, si tal vez el chico de Pedersen tenía un perro o un gato y dónde estaba si es que tenían, y si yo sabría su nombre y si vendría si lo llamase. Intenté pensar en su nombre como si lo hubiera olvidado."




En el corazón del corazón del país. William H. Gass. Traducción y epílogo de Rebeca García Nieto. Editorial La Navaja Suiza. Madrid, 2016.



sábado, 11 de marzo de 2017

ENCUENTRO CON ENRIQUE VILA-MATAS A PROPÓSITO DE `MAC Y SU CONTRATIEMPO´





ENCUENTRO CON ENRIQUE VILA-MATAS A PROPÓSITO DE MAC Y SU CONTRATIEMPO. 

LA LITERATURA, ECO DE LA ORIGINALIDAD EXTINGUIDA

                            

                                   LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS

                   Leer aquí:  la entrevista en versión digital  


                               


sábado, 4 de febrero de 2017

`MAC Y SU CONTRATIEMPO´


A los lectores de Enrique Vila-Matas se nos han puesto los dientes largos: su nueva novela verá la luz el próximo 14 de febrero. Se titula Mac y su contratiempo. Muy poco conocemos todavía de su contenido. Sin embargo, Vila-Matas tiene el don de incitarnos a investigar sobre sus libros también antes de que lleguen a las librerías. Una breve sinopsis de la novela, escrita por el autor en su web, nos reafirma en la idea de que Vila-Matas es padre de una obra inacabada y necesariamente inacabable.

Él considera que la literatura ha de dar cuenta de la infinitud del mundo, caótico y múltiple. Por consiguiente, concibe la obra literaria como espacio que da cabida al reino de las infinitas posibilidades. En este sentido no resulta tal vez casual que Mac, el protagonista de su nueva novela, sea alguien que se dedica a leer y modificar todo cuanto lee. ¿Acaso las posibles modificaciones de un texto no son ilimitadas?

Mac, según se dice en la sinopsis del autor, se vale de su diario de principiante para proponerse mejorar en secreto la novela que un famoso vecino publicó hace muchos años. Es otro dato más que apunta a la multiplicación, en potencia inagotable, de textos. O a la idea, leída en una entrevista reciente que le hicieron a Vila-Matas, de la reescritura como creación infinita. Incluso repetir los textos, si fuese el caso, no tiene por qué suponer el retorno de lo mismo. Una repetición abre la puerta al surgimiento de una diferencia.

Parece significativo que Mac tenga como vaga referencia al Perec de 53 días, la última novela, inacabada, de este escritor. También Mac busca dejar inconcluso su diario y así conseguir una falsa “obra incompleta y póstuma”. Sus pretensiones sintonizan con la definición que hace Perec de la novela: “La novela es posibilidad.” Una afirmación que coincide con la escritura que defiende y practica Vila-Matas. 




Imagen de Pedro Guerra.




FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS. 






sábado, 21 de enero de 2017

EL GATO DE RICARDO PIGLIA



Ricardo Piglia
recogió de la calle un gato. Lo cuenta en una página de sus Diarios. Salió de compras y se tropezó con una mujer que hablaba con un gatito. El animal se había sentado en lo alto de un árbol. La mujer trató en vano de hacerlo bajar. El escritor pasó de vuelta por el mismo sitio, conquistó al gato con comida y se lo llevó a su casa.

El gato se adaptó rápido a su nueva vida. Escribe Piglia: “Inmediatamente se instaló en el patio y se dedicó a observar a los pájaros que sobrevuelan la enredadera.” El animal miraba el aire con fijeza, abstraído, como si captara lo que nadie puede ver. A esa manera de proceder del felino, que guarda parecido con el modo de operar de los escritores, la llamó “Investigaciones de un gato”.

Lejos del mundanal ruido, encontró el felino su espacio propio en el patio. Un lugar que se asemeja al cuarto en el que viajan los escritores para dejarse engatusar por lo que a simple vista no se ve. Difícil no imaginarse al gato también de noche en el patio, deslizándose como un barco en alta mar. De ese barco, capaz de guiarse en la oscuridad con el ojo helado de su radar a fin de descubrir lo que se esconde más allá de lo visible, habla Piglia en uno de sus libros.

Hay, sin embargo, una diferencia insalvable entre el escritor y el gato. El primero necesita hacer uso del lenguaje para pescar lo que no es palabra. El gato pesca sin mediación lingüística alguna lo que ve. No resulta entonces extraño que las investigaciones de su gato despertaran la curiosidad del maestro Ricardo Piglia. Preocupado por la falsa y manida dicotomía del arte y la vida, concebía toda propuesta de arte como una hipótesis de vida. Pensaba que el arte es la vida más intensa que puede existir. Sin embargo, no sabemos, añadía, lo que es la vida real. Por tanto, ningún sujeto puede vanagloriarse de haber penetrado en ella.

 

FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

sábado, 7 de enero de 2017

OBEDIENCIA CIEGA




Cuando cayó Jericó, llorar estaba permitido, escribe Elizabeth Smart en su novela Los pícaros y los canallas van al cielo. Y en Babilonia estaba de moda proferir memorables lamentos por las aguas separadas, añade. Hoy, sin embargo, la mayoría no expresa en público sus emociones. Priman la obediencia y la represión del desasosiego. Existe, en cierto modo, una relación directamente proporcional entre ambas. Cuanto menos desobedece la gente, más incapaz se vuelve de transmitir sus sentimientos de desazón.

En la actualidad toca no manifestar el descontento, pese a que sobran motivos para hacerlo. Escribe Elizabeth Smart: “Aquí debes ir a tu oficina, llena de vida, con una chispa en los ojos, aunque sea sintética. Porque quién se atreve a ponerse en pie y decir: ¡Qué cansados estamos! ¡Oh, Dios, qué cansados estamos!” En un fragmento tan breve de su libro consigue esta escritora de origen canadiense darle palabras al retraimiento emocional de los individuos hoy.

No es de extrañar, como consecuencia de esta inhibición, el desmesurado consumo de psicofármacos. Una manera, tal vez, de conjugar la convivencia en la normalidad y la insatisfacción interior. El problema se complica, sin embargo, cuando el malestar se agudiza ante la imposibilidad de transmitirlo a los demás. Como apunta David Foster Wallace en su relato “La persona deprimida”, cuya lectura asocié al fragmento de Elizabeth Smart, esa imposibilidad es en sí misma un componente del desasosiego, cuando no de la angustia, y un factor que contribuye a su horror esencial.

Cabe entonces preguntarse cuál es el volumen de ansiedad que podría soportar el ser humano. Mientras tanto, por qué no proponer una actuación de acuerdo con la propia conciencia. Flotan en el aire las palabras de Eduardo Galeano tras el derrumbe de las Torres Gemelas: “Los altavoces ordenaron a los trabajadores que se quedaran en sus puestos. Se salvaron los que desobedecieron.”


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


 

viernes, 16 de diciembre de 2016

MIEDO AL HOMBRE




En el paseo que a menudo realizo de noche con mis perros suelo atravesar un pasillo muy extraño. Debido a la desaparición momentánea de la acera, ocupada por la barriga cuadrada de un gran edificio, me veo obligada a desviarme del camino en línea recta. No llega ni tan siquiera a un minuto el tiempo que tardo en recorrer ese pasaje, flanqueado a un lado por la espalda del edificio y al otro por un largo muro. Sin embargo, durante esos interminables segundos me asalta un miedo terrible. 


El pasillo tiene algunos entrantes. Una persona podría ocultarse en uno de ellos para atacar de forma desprevenida a cualquiera. En verdad, es lo que mi imaginación inventa mientras lo atraviesa. Huele a meado, reina en él la suciedad y está desierto. Solo se ve a poca gente cruzándolo para alcanzar de nuevo la bulliciosa calle. ¿Por qué entonces esa inexplicable sensación de repentino miedo tan intenso?

Una amiga asoció el pasillo con la noche oscura y despoblada, en silencio. Pregúntale, dijo, a hombres y mujeres sobre su miedo cuando andan solos de madrugada por la calle y se tropiezan de pronto con un desconocido. ¿Piensas que responderán lo mismo? Los hombres, por lo general, podrán sentir miedo a un posible atraco o ataque violento. Las mujeres, sin embargo, temen antes sufrir una agresión sexual, una violación. Nosotras, que solemos buscar la ayuda de los hombres, le tenemos, paradójicamente, miedo a la figura masculina, al hombre. Es un miedo atávico, que debe de fraguarse desde muy temprano, en la infancia.

Eso pensé la última vez que recorrí el pasillo. Mientras avanzaba entre sus muros, mi mente me devolvía a un pasado común a muchísimas niñas: la vivencia antes de tiempo de la enmarañada naturaleza del soborno. En algún lugar, un hombre de sonrisa amable y cariñoso, nos regalaba chocolate o caramelos a cambio de meternos la mano debajo del vestido. Así comenzó todo, tal vez. Con el primer regalo de un depredador.


(Columna inspirada en la lectura de Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. Editorial Duomo.)



FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


domingo, 27 de noviembre de 2016

LA MUJER DE LAVA




La mujer de lava nació de las entrañas del océano, de un quejido de mar. Tal vez nació para convertirse en refugio nuestro, de sus hijos. Llegábamos hace siglos, de noche, hambrientos, y ella nos esperaba. Dispuesta a guarecernos y a dormirnos en sus brazos. Durante nuestro sueño nos arrullaba, cantando bajito, mientras secaba nuestros sudores e iba curando las heridas después de tan largo viaje. Su nacimiento, las múltiples maneras de mostrase y nuestra travesía en ella son motivos de un poemario del excelente poeta José Miguel Junco.

Se titula La mujer de lava y está contenido en su libro de poemas, publicado por La Discreta, que lleva el mismo nombre. Supone un homenaje a la Isla, madre nuestra y de nuestros ancestros y hermanos. “En ti fuimos origen, // en ti interrogación, // en ti rumor de espuma, // en ti nos bifurcamos // asidos a tu vientre.”

Islas te llaman, dice un poema que alude en seguida a sus lindas ropas, a un pañuelo de nube y al mar que le persigue la cintura. Antes, sin embargo, trepó la lava vientre arriba y la mujer de lava se levantó del océano en erupción. “Todo el dolor del mundo // en un cuerpo que rompe.” El dolor de aquel sacudimiento permanece en su memoria y en la dicha diaria de existir.

En medio del mar hostil se supo de lava con más de siete destinos. “De lava para ser faro, // para ser abrevadero, // germen, surco, valle, todo.” Pero también “para dar paso a una historia // de espigas que se resisten, // de soles y de sequías, // de pura imaginación // al borde de un mar confuso.”

En el origen estaba ya señalado su sino en una danza loca de pétalos y lluvia. Su paciencia se nutre del recuerdo de la lava que la curte. Mientras tanto, los isleños cantan con su acento y “alrededor del fuego // los ancianos // refieren a los niños // cómo es que empezó todo.” Del misterio de la noche brota la imagen de la mujer que, en su regazo de lava, se está naciendo.




Diseño de la portada del libro: Marta Junco Parrilla.


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.


domingo, 13 de noviembre de 2016

UN PASAJE DE `LAS SIETE VIDAS DEL CANGREJO´. REBECA GARCÍA NIETO.




«Como habrán deducido, somos una familia creyente, al menos yo lo soy, mi marido es otro cantar... Él es más de Cortázar, dice cada vez que sale el tema. De hecho, todo este invento de la rayuela es cosa suya. Dice que `Rayuela´ es su Biblia, que es una metáfora de la vida. (...) La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.»

                                                     

                   Rebeca García Nieto.-


(en Las Siete Vidas del Cangrejo. Edit. Alegoría)



sábado, 12 de noviembre de 2016

MOVER MONTAÑAS



Adoro la expresión “autobiografía disfrazada de autobiografía”. La leí en La última posada, que Imre Kertész considera su diario de muerte. Me cautivó de inmediato por la ironía que encierra. También porque el resultado de su libro es una muestra de la falsa disyuntiva entre ficción y eso que se conoce con el burdo término de “no ficción” cuando se habla de literatura.

Me vino de nuevo a la mente la expresión de Kertész mientras leía Noches insomnes, de Elizabeth Hardwick. En esta novela, destructora de géneros literarios, lo ficticio y lo vivido se permean entre sí de manera constante. Su narradora tiene rasgos notorios de Elizabeth Hardwick. Ambas comparten el mismo lugar de nacimiento y múltiples amigos, trayectorias vitales y experiencias. Pero todo se manifiesta en su novela como atisbo. Lo que se cuenta parece ideado para ir desviando a los lectores del rastro y revelar. Se hace uso de la propia vida, pero de un modo oblicuo. El yo que habla son los otros. Noches insomnes es, por tanto, una prueba más del carácter ilusorio de la distinción en literatura entre ficción y no ficción. Los escritores cuentan inventando e inventan contando. En cualquier caso, ¿acaso vivir no es también crear una ficción? Ninguna necesidad, entonces, de ocultar un mundo bajo el disfraz de otro distinto. Lo que vale es la calidad literaria. El estilo, capaz de mover montañas.

La narrativa o mueve montañas o es aburrida, dijo David Foster Wallace. Sus palabras se las inspiró el señor Shulman, un anciano de una residencia de mayores donde el escritor pasó un largo verano como voluntario. Allí le leía la Divina Comedia al señor Shulman. Un día le preguntó de dónde era y él respondió: “De justo al este de aquí, de las Rocosas.” El escritor quiso corregirle: “Señor Shulman, las Rocosas están al oeste de aquí”. El anciano hizo un voilá con las manos y dijo: “Muevo montañas.” Foster Wallace se quedó con esa expresión y si se le preguntaba sobre el posible contenido autobiográfico de su obra, sabía la respuesta: “La narrativa o mueve montañas o se sienta sobre su propio culo.”

 


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.

 

Imagen de Pedro Guerra.



 

lunes, 31 de octubre de 2016

ESCRITORES

Estar solos, recluidos en el propio cuarto, es el destino de los escritores. Así lo consideraba también August Strindberg. Pero en la soledad sentía a veces sobrecargarse su cabeza, amenazando con estallar. Los escritores deben por eso observarse, propuso en Solo, libro memorable donde aparece un pasaje sobre la tensión entre el ejercicio de la escritura y la lectura. Él procuraba, en cualquier caso, contrarrestar lo que salía y entraba en su mente.

“Tengo que hacer todos los días un esfuerzo de exteriorización, escribiendo; y una recepción de cosas nuevas, leyendo”, dijo. Cuando se pasaba el día entero sumergido en la escritura le acometía al atardecer un vacío indecible. Se quedaba agotado y con la impresión de no tener nada que decir. Y dedicar todo el tiempo a la lectura le hacía sentir tan lleno como si fuese a reventar.

El arduo intento de mantener un equilibrio entre lectura y creación literaria define, tal vez, el quehacer de los auténticos escritores. ¿Cómo considerar escritor a quien no lee y hace de la escritura un orinal de sus emociones?  “Soy un lector que escribe”, declaró en una entrevista Enrique Vila-Matas, prototipo del verdadero escritor. Parte del interés que despierta su obra, a juzgar por la recepción de sus libros, se atribuye a que invita al lector a participar en la búsqueda que este escritor emprendió en el momento de escribir. Escribe también, por tanto, para leer sobre lo que quiere hablar en la escritura.

Imagino a los escritores entregados a la creación de una nueva obra. Avanzan a tientas, pero firmes, de modo ininterrumpido. ¿No sufren, acaso, durante horas interminables por la llamada de otros libros que les reclaman desde la estantería ser leídos? Sufren, supongo, porque una vez dentro de la escritura, hasta el cuello. Mientras escriben su nuevo libro se ven obligados, es probable, a concentrarse en la exploración de un material que se relacione con su proyecto en marcha. ¿O tendrán la capacidad de suspender este para ajustarse a un horario previamente establecido?


FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.



Imagen de Pedro Guerra.