Sorprende
la fuerza arrolladora de la vida para imponerse en situaciones límite. La
realidad y la literatura dan cuenta de su empuje en múltiples escenarios. Es el
caso de las inolvidables escenas presentes en Vida y destino, novela de Vasili Grossman cuyo eje es la batalla de
Stalingrado.
Esta obra no se reduce a un alegato en defensa de la libertad contra el
totalitarismo. Ofrece también un testimonio del coraje de los seres humanos en
circunstancias terribles. Personas que sobrellevan la indignidad en silencio,
se debaten en la duda, sufren con la incertidumbre, temen las represalias, se
sienten turbadas y con miedo a morir.
A pesar de los brutales intentos que se
dan por suprimir toda expresión de humanidad, parece posible que brote la
piedad y se despierte el lado bondadoso del individuo. Una luz de esperanza,
que, a modo ilustrativo, se revela en un pasaje cuando una mujer rusa, rota por
el dolor que le han infligido los soldados alemanes, se abalanza sobre un
prisionero alemán con la intención de agredirlo. Acaba, sin embargo, entregándole
un trozo de pan.
Es la sorprendente llamada de la vida que siente asimismo un
oficial ruso, acusado de traición y sometido a un interrogatorio interminable.
Se niega a firmar una confesión falsa. Cuando el juez instructor le dice:
"Si el enemigo no se rinde, hay que aniquilarlo", él solo piensa que
quiere rascarse los pies desnudos, ponerlos en alto y luego dormir. Por su
parte, la judía Sofía Ósipovna agota la última gota de vida consumiendo su
inclinación maternal en la cámara de gas. Se abraza estrechamente a un niño
recién conocido y condenado también a morir asfixiado.
“Escribir es dejar de ser escritor”, escribió Enrique
Vila-Matas para referirse al duro y paciente oficio de la escritura. Un oficio
en el que, como él señaló en un memorable texto que lleva este epígrafe como
título, los escritores avanzan en tinieblas, jugándose la vida. Frente a
quienes consideran que lo importante es escribir y entregarse de lleno a su
trabajo se sitúan aquellos cuyo primer objetivo en la escritura es la búsqueda
de dinero y fama. Personas que se dedican a cultivar, por decirlo de alguna
manera, la dimensión horizontal de la literatura.
Me vino de nuevo a la mente la frase de Vila-Matas cuando leí una entrada del
primer diario de Ricardo Piglia. Ahí relata que a sus veintidós años ganó el
concurso de cuentos organizado por una revista de bastante peso entre los
jóvenes. Le divirtió haberse enterado del premio en una conferencia sobre
Salinger que una escritora consagrada dio en la Facultad donde él cursaba
estudios. Ella era miembro del jurado de ese concurso y en medio de la charla
comenzó a hablar de una revelación literaria, nombrando a Piglia. Elogió su
cuento sin saber que el joven, para ella desconocido, se encontraba entre el
público.
Él no se animó a decir una sola palabra. Prefirió seguir sentado,
anónimo. No se reconoció en el autor del cuento, una promesa seria de la joven
literatura argentina, según la escritora. “Un verdadero horror, demasiado real.
La literatura es mucho más misteriosa y más extraña que la simple presencia
física del así llamado autor”, escribió Piglia en su diario.
Parece haber tenido claro desde joven que lo suyo no era ir de escritor, sino
escribir. Su conducta me trae a la memoria la actuación de Ravel durante una
grabación de su cuarteto de cuerda. Al margen de que su comportamiento
respondiera a un fallo fatal de sus
facultades mentales, podría convertirse en guía de los artistas y, en concreto,
de los escritores. En la sala de control hizo sugerencias y correcciones a su
pieza musical. Al final, transcurrida la sesión, se volvió al productor, le
dijo que la obra era realmente muy buena y añadió: “Recuérdeme el nombre del
compositor.”