Nadie es tal vez tan
esclavo como quien se considera libre sin serlo. El mismo nivel de servidumbre
parece darse también, sin embargo, cuando un subordinado enaltece al amo, cree
merecerse el ultraje y consiente la peor humillación. Eso pensé después de
haber leído las palabras de Larsen, protagonista de El astillero, novela de Juan Carlos Onetti. Quiere hablar de
dignidad a un sirviente joven y sumiso, acostumbrado a obedecer siempre a sus
superiores. Conoció a un muchacho que vendía violetas en
la madrugada, le cuenta. Una noche llegó este con los ramitos de violeta a un
cafetín frecuentado por gente de bien, atravesó el local lleno y entonces dos
vigilantes, a la vista de todos, lo manosearon entre risas.
Algo así, piensa Larsen, es lo último que podría pasarle a un tipo, pero su
relato no tiene en el joven oyente el efecto esperado. El sirviente no entiende
qué ha querido decirle y continúa impasible con su labor de limpieza. Larsen no
se da por vencido y sigue hablándole. El muchacho de las violetas, le aclara,
sabía que los clientes del cafetín observaron los tocamientos y burlas de los
vigilantes. Por tanto, no podía disimular ante los ojos de los demás que había
sido agredido. Tampoco se atrevió a enfadarse porque creía deberle respeto a la
autoridad por ser la autoridad. Consideraba, en consecuencia, normal sus
atropellos contra las personas. Así que hizo la cosa más triste de este mundo,
piensa Larsen. Mostró una sonrisa a los clientes del cafetín.
La anécdota de Larsen me recordó otra de una mujer. Empleada de una granja
donde vivía por necesidades económicas junto al propietario, un déspota,
cumplía con su duro trabajo. No solo se propuso abstenerse de establecer el
menor lazo de simpatía entre los dos. Se acostumbró, además, a odiar al amo.
Era su manera de obedecerle sin degradarse. Salvaguardó la propia dignidad con el
odio. Sin embargo, el hombre interpretó la actitud distante de la empleada como
una prueba de sometimiento a su mando.
Mientras más me adentro en la obra de Enrique Vila-Matas, mayor es la sensación de grata oscuridad. Sumergirse en cualquier libro de este escritor es como navegar en alta mar sin nada a lo que aferrarse. Es descubrir que para la contemplación del vacío no se precisa ningún apoyo que engañe a la mirada. ¿De qué valdría estrechar los límites de la percepción para sentirse seguro en un mundo de naturaleza inexplicable? Con un estrechamiento de la capacidad perceptiva se encoge la conciencia y, por ende, se disipan las posibilidades de acercarse a otras formas de pensar.
Mientras más me adentro en la peculiar obra de Enrique Vila-Matas, más reconocible se vuelve ante mis ojos. A la vez me resulta inalcanzable, quizás porque está en permanente movimiento. Pretender abarcarla sería como proponerse ponerle cerco al océano en medio de alta mar. La obra de Vila-Matas se desborda por los lados y cuando crees haber arribado a algún área de confort, ya estás en un lugar diferente. Una zona de riesgo que te impulsa a seguir avanzando hacia adelante, brazada a brazada, sin descanso.
En la literatura de Vila-Matas todo parece repetirse con infinidad de variantes que convierten cada uno de los libros en algo nuevo y también distinto. Es la impresión que he tenido leyendo Impón tu suerte, libro recién publicado por la editorial Círculo de Tiza. Consiste en una colección de artículos, conferencias y ensayos, vivero importante del que se alimentan las novelas de Vila-Matas. Característico de este escritor es el continuo trasvase del ensayo a la narrativa, y viceversa, cuyo resultado es una obra única, genuina e inclasificable.
En Impón tu suerte, cuyo bello título nació de un verso de René Char, Vila-Matas impone otra vez su suerte y abraza la felicidad dispuesto a exponerse al riesgo. Consigue, además, que los lectores respiren felizmente sus palabras en este libro: “Te sentirás a solas con los dioses, y cabalgarás la vida hasta la risa perfecta. Es la única batalla que cuenta.”