Se suele insistir en la urgencia de humanizar a
eso que se denomina homo sapiens. Pero ya va siendo hora, tal
vez, de que reclamemos una deshumanización del ser humano.
Supondría una buena manera de arrebatarle a este su heroísmo,
de bajarle del pedestal que se ha construido con la estúpida
pretensión de dominar el mundo -de naturaleza caótica y muda-
a su antojo.
Pobres nosotros, seres reflexivos que tenemos miedo del
silencio con el que la vida se hace. A todo se le da un nombre
y así creemos poder salvarnos. Bajo nuestra mirada las cosas adquieren
una forma, que nuestros ojos imponen para circunscribir el
caos. Le concedemos estructura a la sustancia amorfa de la
vida, la cual domesticamos para volverla familiar.
Nadie deja de ponerse la máscara humana con el fin de escapar
de esa materia neutra que nos resulta inexplicable.
Insufrible, por tanto. Al humanizarnos, quizás nos libremos
del desierto. Pero también lo perdemos. Se pierde con él,
además, un nuevo modo de nombrar la vida, anterior y más ancha
que la meramente humana. ¿Por qué no atrevernos entonces a ver
más allá de las estrechas rendijas de nuestras percepciones
arrogantes? Es lo que intenta la protagonista de La pasión según G.H.,
novela de Clarice Lispector que ha inspirado estas líneas.
Sola en su ático, se encuentra un día una enorme cucaracha. No
la aplasta. Se entrega a su contemplación y a las reflexiones
y sentimientos que le provoca.
Sabe que la realidad es inseparable de la voz humana que la
busca. Sin embargo, de esa búsqueda se regresa a menudo con
las manos vacías. “Mas regreso”, dice, “con lo indecible. Lo
indecible me será dado solamente a través del lenguaje. Solo
cuando falla la construcción, obtengo lo que esta no logró.”
Para conseguirlo hay que estar dispuestos, como ella lo está,
a comerse el propio miedo y abrirse a lo desconocido. También
a renunciar al sabor del poder. Quizá se descubra de pronto la
revelación que se esconde en toda renuncia. Imagen de Pedro Guerra. FUENTE: EL QUINQUÉ. LA PROVINCIA-DIARIO DE LAS PALMAS.
Sucede a menudo que llevamos con nosotros compañeros
invisibles cuando salimos de viaje. Recorremos entonces
lugares en los que esa invisibilidad se vuelve presencia casi
permanente. Me ocurrió semanas atrás con Imre Kertész durante
una breve estancia en Berlín. Días antes había leído su libro
La útima posada.
Rebosante de referencias literarias, fue concebido por este
escritor apátrida como su diario de la muerte. Escrito en su
vejez, contiene apuntes autobiográficos que Kertész convirtió
en una obra literaria abrumadoramente lúcida y de una
sinceridad aplastante.
El escritor amaba Berlín, donde vivió largas temporadas cerca
del Kurfürstendamm con su mujer Magdi. El piso se ubicaba en
la Meinekestrasse, paralela a la Fasanenstrasse, calle célebre
por albergar arte. Ahí se encuentra, entre otros, el museo de
la conmovedora artista Käthe Kollwitz. En lo alto de la
esquina se posaron mis ojos en una placa conmemorativa que da
cuenta de la estancia en la que Musil escribió El hombre sin atributos.
También entré en la Literaturhaus, frecuentada por tantos
escritores. Me senté a una mesa de la terraza del silencioso
jardín. La presencia de Kertész a mi lado parecía
intensificarse. No era la primera vez que visitaba ese espacio
de atmósfera literaria. Sin embargo, todo me hablaba con la
voz de Kertész, como si nunca antes hubiera estado yo allí.
No
se puede saber nada de la muerte, salvo cuando mueres, pero
entonces, ¿de qué vale ese saber? me decía él. En la juventud
mantenemos una relación dramática con la muerte, continuó
hablando. Luego, añadió, establecemos una relación filosófica
con ella y después, en la vejez, se convierte en una simple
cuestión práctica. Hay que llegar a viejo, pensé, para
experimentar sus palabras en carne propia. Me acordé de pronto
del cáncer con metástasis de Magdi y de cuando él,
sobrecogido, la oía respirar con dificultad en la cama. ¿Habrá
sobrevivido a su marido? Yo sabía que a él le pesaba menos
morirse que abandonarla. “Todo es más fácil para el que no
ama”, me soltó Kertész, como si hubiese leído mis
pensamientos.